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Otras opiniones

Bergen, cálida y fría

Julio 2, 2012

Llegar a la ciudad por excelencia del oeste de Noruega, Bergen, es trasladarse al tiempo de los vikingos, de los barcos de madera coronados por sus cabezas gigantes de animales mitológicos, de las proas que asomaban en el horizonte del Mar del Norte avisando de la inminente invasión. Bergen se ha hecho así misma poco a poco, desde su zona más alta donde se domina toda la ciudad y a la que se accede por un funicular, de vertiginosa pendiente que traslada al visitante, en pocos minutos, desde el nivel del mar a la cima; hasta las crestas de la suavizadas montañas cercanas que la rodean, entre entrantes y salientes de ese mismo mar al que está ligada la ciudad.

El puerto, por allá abajo, sucumbe a mis pies. La forma de la ensenada rectangular, abierta por uno de sus lados, abraza las embarcaciones fondeadas mientras la gente, diminuta desde donde las avisto, se sientan en grupos a tomar los frutos que el agua salada arroja y que los puestos de las mujeres de los pescadores comercian. El aroma de las deliciosas gambas frescas llega hasta aquí arriba mezclándose en el aire junto al perfume de la madera que se usa para las construcciones de la vieja ciudad pesquera, hoy reconstruidas tras el incendio de 1702, a semejanza de las de principio del milenio. Su arquitectura, casi efímera, subyuga al resto de las modernas edificaciones que trepan por las colinas circundantes manteniendo el aspecto diseminado de poblado medieval.

Ciudad alegre, inalterable al paso del tiempo

No existe mejor sensación que la de dominar un territorio con los cinco sentidos y usar el sexto sentido, que todos tenemos por cierto, para admirar la belleza que la naturaleza nos muestra en aquél lugar. Una de esas cosas, que en su contexto se torna más bella aún, es el atardecer   -con mayúsculas-, de cualquier día del corto verano noruego junto a alguien al que aprecias, y al que no veías desde mucho tiempo atrás. Cogerse de la mano sentados al lado, sintiendo la fuerza de la sólida amistad consolidada por los años transcurridos, y ofrecer a la vez nuestras miradas a tan increíble paraíso terreno y sobrecogedor a la vez, dejando que nos envuelva su grandiosidad y cegadora luz, no es tarea complicada si uno sabe quién es, dónde se encuentra y hacia dónde quiere remar en la vida.

Otra vez abajo, entre las calles aún empedradas de adoquines claros y grises, fachadas de listones de madera coloreados, horizontales y solapados unos con otros para huir de la lluvia, el paseo se hace cada vez más acogedor. Ciudad alegre, inalterable al paso del tiempo, milenaria y repleta de vidas que se entrelazan junto al mar, de costumbres heredadas a través de siglos, que pasan de padres a hijos y de madres a hijas, es un privilegio olvidarse por un momento del reloj cuando el día vence en verano a las claras y cortas noches.

Bergen es una puerta a un nuevo mundo, una invitación al despertar de los sentidos repleto de experiencias únicas que todos deberíamos disfrutar, al menos una vez en la vida, antes de convertirnos en parte del polvo del que hemos salimos.

Pese a la gran distancia que nos separa, tanto en nuestras costumbres como en nuestra latitud geográfica, la amistad preservada a través de tantos años no conoce de kilometraje porque resulta infinita, inagotable y siempre un brindis por la vida y la belleza.

Antonio Lambea escalada, Arquitecto y Perito Colegiado COAM 14758