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¡Qué fuerte!

Benicia

Marzo 18, 2016
manos

A tres meses de cumplir 97, hoy hace una semana que se fue. Parecía que nunca iba a llegar el momento porque la creíamos invencible e inmortal, pero llegó su hora. Todo el mundo dice que es ley de vida pero eso no quita la pena y el dolor que se siente cuando se pierde a un ser querido que ha marcado tu vida y la de toda una familia. Desde hace unas cuantas Navidades, cada Nochevieja se repetía el mismo ritual a la hora de felicitar el año, con lágrimas en los ojos, siempre decía: “a ver si el año que viene estoy”. Ese era su objetivo: llegar a una Navidad más para ver juntos entorno a ella a las 45 personas que más quería en el mundo: sus hijos, nietos y bisnietos. Su casa era el lugar de reunión de todos y para todos tenía una silla, cada una de una manera, pero todos teníamos nuestro asiento. ¡Jamás he visto una casa con tantas sillas!

Mi infancia es ella y mi vida no se concibe sin ella y sin su patio al que íbamos a arrancar las hierbas que salían entre las piedras. Un patio rebosante de flores que poco a poco tuvo que ir quitando, -con mucho dolor-, porque se hacía mayor y no podía atenderlas como al principio. Ahora ese patio está ya vacío, igual de vacío que nosotros sin ella. Ahí había una parra de deliciosas uvas negras que arrancábamos para comernos en verano a escondidas para evitar que nos regañara. Siempre pendiente de que no nos acercáramos al pozo y de no tocar sus cosas para no cambiarlas de sitio, gruñía, pero aguantándose la risa feliz de tenernos alrededor. Verano… esas tardes que pasábamos enteras allí, preparando nuestros “festivales”, disfrazándonos como artistas, cantando y bailando bajo su atenta mirada y sonrisa cómplice. Porque le encantaba un sarao y una fiesta y cualquier ocasión era buena para disfrazarse. Una falda de volantes rosa con lunares blancos, una peluca, un sombrero y unos collares… ¡Cuánto nos ha hecho reír y, sobre todo, cuánto se ha reído! Así es como la quiero y la voy a recordar, riendo, siempre riendo… Y también cogiéndome las manos cada vez que subía a verla.

El espejo en que mirarnos

Ahora se acerca Semana Santa y tampoco la olvidaré envuelta en harina, huevos, azúcar y canela haciendo esos rosquillos tan perfectos y tan ricos. Después llegará mayo y acudirá a mi mente rezando en su Cruz, llena de vírgenes, flores, rosarios y los dieciocho niños Jesús que le llegué a contar.

Se quedó viuda con 39 años, con cinco hijos y una panadería a su cargo. Luchó por sacar adelante a sus hijos y su negocio. Y lo hizo, lo consiguió porque era una mujer  fuerte, con genio, luchadora y muy grande. Era el centro en torno a lo que nosotros girábamos y el espejo en el que mirarnos.

Ahora ya no hay que subir a verla en cada viaje. Ahora esa casa con tantas sillas está vacía y fría pero ella sigue viva entre nosotros. Un poco cabezona, mandantona, gruñona… Todos los suyos nos quedamos con el recuerdo de eso, pero también con la vitalidad, la alegría, la risa, la fuerza, la bondad y la valentía de la gran mujer que fue. Me pude despedir de ella, consciente hasta el final. Me llevo esos últimos besos que pudo darme, su mano apretando la mía y sus últimas palabras casi sin aliento. Pude decirle muchas veces que la quería y ella a mí. Sin olvidarse de nadie, en sus últimas horas también se ocupó de recordarnos lo que nos quería a todos. Por todo esto y más me siento orgullosa de ella y de haber tenido como abuela a la mejor abuela del mundo, mi abuela Benicia. D.E.P.

Rosana Güiza

rosana@rosanaguiza.com