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Los puntos cardinales

Bashar El Asad altera el sismógrafo de Oriente Medio

Noviembre 1, 2011

Me sorprende que un periódico que presume de ofrecer la mejor información internacional del país haya resuelto en sólo media columna la advertencia que el domingo hizo el presidente sirio, Bashar El Asad, en una entrevista el británico Sunday Telegraph. El Asad es un hombre poderoso pero mesurado en sus palabras y alejado del vocerío tradicional de Oriente Medio, gracias a su formación académica en el Reino Unido. No suele, pues, acostumbrarnos a bravuconadas o amenazas fruto de ningún calentón como su amigo el iraní Mahmud Ahmadinejad, por ejemplo. Por eso, si el presidente sirio define lo que puede ocurrir en la región si Occidente interviniese en su país para frenar la represión en términos de un terremoto que provocaría diez veces la situación en Afganistán, no habría que echarlo en saco roto.

Acabamos de presenciar en directo el derrumbe del régimen de Muamar El Gadafi, al que naciones que mantuvieron una relación de amor-odio con él se apresuraron en tumbar. Su silencio postmortem, por cierto, tranquilizará bastante a más de uno. Sin embargo, nada se ha hecho contra el régimen de Damasco, responsable de la muerte de tres mil personas sólo en el tiempo transcurrido desde que comenzaron las revueltas en marzo pasado, según datos del Comité de Derechos Humanos de la ONU. Tampoco hay medios de comunicación internacionales acreditados en territorio sirio, por lo cual contrastar la información es casi imposible. Ante el pleno del Parlamento sirio, Bashar El Asad denunció al inicio de los disturbios que elementos extranjeros estaban detrás de lo que para él era un complot, aunque para el resto de las naciones europeas y Estados Unidos se trataba simplemente de un levantamiento contra una forma de poder omnímoda y absoluta. Tanto desde Bruselas como desde Washington se insiste en que El Asad no tiene ninguna legitimidad para seguir gobernando, lo que hace que nos preguntemos si las potencias admiten que alguna vez la tuvo.

En la entrevista con el dominical británico, El Asad asegura sin ningún rubor que a los seis días de iniciarse las protestas puso en marcha un programa de reformas que, dicho sea de paso, nadie conoce. Y se vanagloria de continuar la obra de su padre, que desde los años cincuenta se dedicó a extirpar todo foco de islamismo.

El deterioro y la crisis han llevado a Siria a un punto de aislamiento total, e incluso China y Rusia, que siempre han lavado la cara a Damasco en las organizaciones internacionales, concluyen ya que la situación no puede continuar por más tiempo. Como ejemplo, el enviado de Pekín a la región llegaba a modificar el discurso oficial y reconocía que las autoridades tienen que respetar las legítimas demandas del pueblo. La verdad es que hay que tener muy poca vergüenza para defender las exigencias democráticas de otro país siendo miembro de la nomenclatura de China. La Liga Árabe también se ha sumado a los llamamientos, con nula respuesta siria por el momento.


La Casa Blanca sabe lo que está en juego y los riesgos que supondría cualquier paso adelante. A un año de las Presidenciales, Barack Obama no puede arriesgarse a que se quiebre el tablero de Oriente Medio en un dominó de consecuencias impredecibles, en una carambola indeseada que haría entrar en juego a Irán y, por definición, a Israel, además de a las milicias de Hizbullah en Líbano. No olvidemos a la isla del Hierro, pero desde luego no dejemos tampoco de prevenir los riesgos sismológicos que provocaría un puñetazo de Bashaar El Asad sobre el mapa de la zona.

 

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe Internacional de Onda Cero.