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Los puntos cardinales

Barack H. Obama, con hache de hispano

Enero 29, 2013

Una de las cosas que más me gusta de Estados Unidos es que, al carecer de historia en términos comparables a la de las naciones europeas, asimila lo que llega del exterior con absoluta normalidad. Lo hizo desde el siglo XVII con los inmigrantes británicos y lo potenció durante el XIX. Más tarde, a principios del siglo XX, la Isla de Ellis, frente a la Costa Sur de Manhattan, era un hervidero de gentes que buscaban fortuna en la nueva tierra de las oportunidades tras semanas de navegación hacinados en camarotes. Griegos, rusos, irlandeses, italianos, todos acudían a construir el nuevo país.

En el mismo hemisferio americano, donde en su día se levantaron colonias y misiones de la Corona española, arraigaron núcleos como la ciudad de Nuestra Señora de los Ángeles, San Antonio o la Florida. La cultura hispánica se ha ido extendiendo a lo largo de todo el país, hasta el punto de que más cincuenta millones de personas hablan nuestra lengua en la primera potencia del mundo. Lo hispano es una realidad incontestable, forma parte de la vida cotidiana de cualquier rincón y ha logrado configurar una comunidad cuyo poder adquisitivo es muy superior al producto interior bruto de España. El 73% de los latinos documentados con derecho a voto fueron conscientes de que sólo Barack Obama podría ofrecerles un marco legal estable, teniendo en cuenta algunas consideraciones que en su momento hizo Mitt Romney sobre la cuestión migratoria.

Ciudadanos de pleno derecho

El presidente norteamericano mostró sus cartas durante el discurso de toma de posesión, y en él las políticas sociales cobraron un especial relieve. Ha sido, precisamente, el “dossier hispano” el que ha hecho posible que demócratas y republicanos firmasen temporalmente la pipa de la paz en el Senado para resolver un asunto que sociológica y demográficamente tiene cada vez más peso. Fruto de ese entendimiento, alrededor de once millones de personas indocumentadas podrán salir de las tinieblas de la clandestinidad y de la explotación por horas y ser ciudadanos estadounidenses de pleno derecho. No obstante, el trámite requiere que los aspirantes demuestren el tiempo que llevan en el país y actualicen las cuentas no pagadas al fisco. La nueva legislación exige también acreditar conocimientos idiomáticos e históricos. Serán estas las medidas que se adopten para los que ya están en el país porque, de fronteras para fuera, se reforzarán los controles en previsión de que este acuerdo ejerza un tentador efecto llamada.

Obama sabe que su Administración tenía una deuda con los que comparten el origen de quienes añoran ser ciudadanos de pleno derecho. Se paga, pues, para solucionar las esperanzas de aquellos que han estado recogiendo naranjas a escondidas en los campos de California o fregando coches a hurtadillas en cualquier garaje de Illinois. El empuje económico y cultural de los hispanos es imparable. Sólo fijándonos en los títulos de crédito de cualquier película se tiene constancia de la cantidad de nombres y apellidos españoles que desfilan ante nuestros ojos. Además, la Administración demócrata podrá poner el acento en la integración de ese sector de la población que más crece y que, en muchas ocasiones, ha simbolizado una realidad encasillada en actividades al margen de la ley.

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe Internacional de Onda Cero.