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Otras opiniones

Baltasar Garzón, el juez campeador

Enero 31, 2012

El 11 de septiembre de 2001, el día fatídico del atentado al Pentágono y a las Torres Gemelas de Nueva York, el juez Baltasar Garzón estaba en México dando conferencias sobre los Derechos Humanos. Inmediatamente se trasladó a España y ordenó reabrir un sumario que conectó artificialmente con las Torres Gemelas, pese a que los autores materiales de los atentados de EE.UU. eran saudíes y los vigilados en España sirios, de la región de El Alepo, a los que venía persiguiendo por medio de una serie de sumarios concatenados desde 1994. 
Tras la conexión por medio de un terrorista llamado Abu Dhadah, procesó a más de cincuenta presuntos activistas de los Hermanos Musulmanes y a Osama Ben Laden, faltaría más. Todos ellos fueron juzgados como colaboradores necesarios para realizar el atentado de las Torres Gemelas pero la vista oral determinó que no existía tal relación. La mayoría de los imputados quedaron en libertad y el resto fue condenado a penas muy leves. Los 233.222 años de cárcel que se pedían quedaron reducidos a 152. Para salvar la cara al juez el ponente del tribunal llegó a “inventarse” el delito de conspiración (que prácticamente se aplica a militares) al no poderse demostrar la “cooperación necesaria”. Este “delito creativo” fue archivado meses después por el Supremo por lo que la pena a Abu Dhadah se redujo a apenas unos meses de cárcel. Pero Garzón salió en la foto.

Pinochet 
Otra aparición estelar fue en el caso Pinochet. Cuando el dictador chileno cayó políticamente en su país, un grupo de la Unión Progresistas de Fiscales de España, urdió una trama para traerle a España, juzgarle y encarcelarle. Para ello se contó, además con la colaboración del abogado valenciano Joan Garcés, funcionario de la UNESCO en Chile durante el golpe de Estado y enemigo declarado del dictador.
El sumario en contra de Pinochet lo instruía el juez Manuel García Castellón, quien pidió su extradición a España. 

Pero como no lograba resultados inmediatos, Garzón abrió otro sumario, el de la Operación Cóndor. Un viernes por la tarde, cuando ya no había nadie en la Audiencia, redactó un auto de extradición y, sin comunicarlo al Ministerio Fiscal, lo cursó, sabiendo que había funcionarios de izquierda que iban a concederle la extradición del viejo sátrapa. La intervención de Margaret Thatcher impidió que fuera deportado a España. Sin embargo, a partir de entonces Garzón consigue la fama internacional de juez implacable contra las dictaduras del mundo, cuando la verdad es que el único juez que sienta dos veces en el banquillo a Pinochet, el admirador de Franco (en cuyo entierro estuvo), fue otro juez más modesto, Juan Guzmán Tapia, que encarceló además a todos sus generales e hizo justicia en Chile sin tanto espectáculo.


Salto a la fama
El siguió erre que erre hacia la fama. Cuando saltaba un caso a la opinión pública, se lo pedía a quien le correspondiera la instrucción o trataba de quitárselo. En el caso de que no accediera se volvía contra su compañero, como ocurrió con el “caso Sogecable”, de Gómez de Liaño, al que echó de la judicatura tras un tormentoso proceso, llevado en el Tribunal Supremo. 

Garzón
era instructor del juzgado central 5 e instructor sustituto del central 1 (cuando su compañero del 1 estaba de permiso o de vacaciones). Pues muchos de los sumarios del 1 han acabado en el 5 y no a la inversa, que se sepa. Por ejemplo, a Carlos Bueren, cuando era titular de ese juzgado trató de arrancarle el sumario de Lasa y Zabala (dos jóvenes de Tolosa asesinados por los GAL), luego volvió a intentarlo con Javier Gómez de Liaño (cuando éste se hizo cargo del juzgado 1 al pedir Bueren el cese), más tarde le quitó el sumario sobre la liberación de José Antonio Ortega Lara, pese a que las actuaciones se llevaban en el 1 (Garzón se escudó en que el día de la liberación él estaba de guardia) y, por último, se vio que cuando se inició la causa 18/98 con el registro del diario Egin, este sumario que se había instruido años antes, sin éxito , en el Central 1, saltó incomprensiblemente al juzgado de Garzón. Todo esperpéntico, inaudito y alucinante.

Salir en la foto
Dicen que Garzón es capaz de perder el oremus por salir en la foto. Ahora, está en primer plano por tres procesos en el Tribunal Supremo por otros tantos supuestos delitos graves: grabar las conversaciones de unos detenidos, incoar una causa sobre el franquismo a sabiendas que no le correspondía y llevarse el dinero de entidades, como el Banco de Santander, archivando causas en la Audiencia Nacional contra este banco. Si quería fotos, no le van a faltar.
El núcleo duro del Clan de la Zeja –los que apoyaron a Zapatero hasta la extenuación ridícula en 2008 como garante de la alegría y el pleno empleo–, se ha echado a la calle montando un número de manipulación y mentira en apoyo del juez que lucha contra Franco y sus hazañas, el juez campeador, el enemigo de todos los malos que, según sus defensores, están linchando los jueces franquistas. A Garzón no se le juzga por investigar los crímenes del franquismo, sino porque él sabía que no era competente para hacerlo y, a sabiendas, lo hizo. Desgañitados por el sectarismo ciego, por ahí se ha visto a los de siempre: José Sacristán, Pilar Bardem, Juan José Millás, Marisa Paredes, Luis García Montero… y hasta Cándido Méndez e Ignacio Fernández Toxo, secretarios generales de UGT y CC.OO., respectivamente, como si no hubiera otras razones para echarse a la calle a gritar, que se lo pregunten a los cinco millones y medio de parados. Faltaron los abuelotes Sabina y Serrat – estaban en espíritu–, los que cantaban a la alegría zapatera. Los dos empiezan una gira de canciones con la crisis, que también es esperpéntico, con la que está cayendo.

Ficción y realidad
La Zeja y las hagiografías entusiasmadas de Garzón dicen que veía amanecer trabajando, se le presenta como una persona esforzada, que ha llegado a lo más alto en la judicatura partiendo casi desde cero: era un niño de origen humilde nacido en Torres, un pueblo agrícola de Jaén, situado en la Sierra Mágina. La realidad es muy distinta: fue un estudiante mediocre que dejó el seminario ─iba para cura─ porque no dominaba la oratoria, estudió Derecho porque era una carrera fácil para un chico de escasa cultura como él y, luego, se ha buscado una vida cómoda como juez para vivir eternamente de la teta del Estado.
  
Ha seguido en la teta del Estado y siempre zascandileando con la izquierda, no hay que olvidar que fue segundo en las listas del PSOE detrás de Felipe González. Y con muchas sombras en su actuación. “La más grave – me decía su biógrafo, José Díaz Herrera, autor de “Garzón, juez o parte” ( La Esfera de los Libros)–, fue el hecho de excarcelar a Michel Domínguez cuando ya había decidido pasarse a la política, sin dar cuenta de ello al juez de Vigilancia Penitenciaria, haciéndole entrar en la Audiencia Nacional por un garaje para no dejar huellas de ello y mandándole a la cárcel de Guadalajara, tras sostener una “charla amigable” con él, de la que no levantó el correspondiente atestado judicial, con la presencia del ministerio Fiscal y su abogado. Todo ello pese a que hablaron del secuestro de Segundo Marey y las implicaciones de la cúpula de Interior en este asunto.
Acto seguido, según el ex condenado José Amedo, llamó a Felipe González para informarle. Al día siguiente, según el periodista Miguel Ángel de la Cruz, fue a verle a La Moncloa y llevó consigo una maleta de papeles sobre los GAL supuestamente para convencer al dirigente del PSOE que podía dormir tranquilo. Tras su fracaso en la política, Garzón regresa a la judicatura y esa maleta de documentos se convirtió en la tumba política del dirigente socialista y estuvo a punto de llevarle a la cárcel en dos ocasiones”.
Sobre las trasnochadas de Garzón, trabajando hasta el alba, también hay apreciaciones: “Sí, se le representa como un trabajador infatigable—dice su biógrafo– al que no le bastan las horas del día y tiene que recurrir a las de la noche para acabar sus «complejos asuntos». El «caso Amedo» o el del “Acido bórico”, por ejemplo, demuestran lo contrario. Abusó reiteradamente de los interrogatorios nocturnos para arrancar confesiones por la fuerza, en los momentos en que sus víctimas tenían mermadas sus facultades psíquicas y físicas.

A Amedo, incluso, según el propio policía y su abogado Jorge Manrique cuentan, lo citaba previamente en su despacho y le decía a esas altas de la noche lo que tenía que contar, amenazando con meter a su mujer en la cárcel. Si durante el interrogatorio, con todas las partes presentes, no le gustaba, ordenaba un receso de dos o tres horas para irse a cenar y lo reanudada después de tres o cuatro horas, tras leerle de nuevo la cartilla en privado. De esta manera, al igual que algunos antiguos interrogadores nazis o chequistas, hubo muchos días que Garzón vio amanecer en el juzgado”.

En la gloria y en al desgracia, fotos por aquí, fotos por allá. Decía un poeta francés que la vanidad no es más que una exhibición de amor propio. Garzón debe adorarse.

Sebastián Moreno