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Otras opiniones

Atracción fatal

Enero 11, 2011

No tenía ánimo para levantarme. Las 06:30 horas que marcaba en verde el despertador, en ese momento sólo eran el preludio de una jornada demasiado larga… No, no me apetecía ponerme en pie y no lo iba a hacer.

Encendí la luz de la mesilla para retrasar hora y media el momento de salir… “a la vida”. Como si la vida no fuera también eso, el buscar el condenado “por qué” que no hace sino encorajinarme conmigo misma.

Otro príncipe azul desteñido. No ha soportado ni un centrifugado, le ha bastado con un chorro de realidad para perder todo su porte inicial.

Me giré hacia el otro lado de la cama, huyendo de los números verdes que me gritaban que hoy había roto uno de mis propósitos más saludables: nadar una hora diaria. Para ellos sólo había una preocupación esencial: dar sus pitidos insistentes a tiempo y tener asegurado el suministro eléctrico.

Mi abuela lo decía: “El que es muy listo para el binomio, es tonto para el recado”. Éste había limitado su inteligencia para el campo científico y su talante para estar al frente de un alto cargo del Estado zapateril. Podía empapelar una habitación con todos sus reconocimientos, galardones, títulos y publicaciones. Para el resto de su vida todo eran inseguridades que no acertaba a asumir con madurez: los años que necesitaba restar para no imaginarse como el viejo verde al que se critica en cualquier reunión social; el divorcio, que necesitaba gritar a los cuatro vientos porque era incapaz de susurrárselo a su esposa; el defecto físico evidente que intentaba camuflar con bajo la falsa excusa de un accidente casero…

Falta de testosterona

El eminente inmunólogo era conocedor de que mis defensas se encontraban demasiado bajas cuando me conoció y que era la ocasión perfecta para que, al igual que un potente y dañino virus, meterse en mi vida y atacar mi corazón. Lástima que en sus fórmulas de laboratorio hubiese dejado de lado que para experimentar con una cobaya de 1,75 m y un cien de pecho se necesita un exceso de testosterona que él no hubiese alcanzado ni en el mejor de sus sueños. Sí, he dicho bien, exceso de testosterona, pero no para marcarse el numerito del salto del tigre desde el armario sino para enfrentarse a la vida y a mi amor con la verdad  por delante y sin titubear.

En los albores del siglo XXI la medida de de un macho no se mide en el número de asaltos colchoneros, sino por la capacidad de ser honesto y respetuoso con la mujer que tienes a tu lado y que ha elegido quererte y amarte por encima de todo. A esta clase de tipos habría que marginarlos de la sociedad para que no sigan rompiendo la esperanza e ilusiones de las mujeres sinceras y honestas que a ellos se entregan.

Jamás podré perdonar la mentira de aquellos que, burlándose de los sentimientos ajenos, se erigen en víctimas para conseguir el propósito de llevarse al catre al caramelito de turno. Y todo, ¿para qué? ¿Para tener algo más de lo que presumir en los postres de aquellas somnolientas comidas y cenas compartidas con patéticos  escuchantes de estos Dominguines de tres al cuarto?

La detective que desenmascaró al depredador emocional

Esta vez hice bien en ponerle un detective. Para eso mi amiga Marga es la mejor. Dos días fueron suficientes para conocer hasta los mínimos vestigios de sus huellas dactilares. Ni siquiera el benzoato de denatonio puede ser más amargo que el sentimiento de descubrir que la persona de la que te habías enamorado es un depredador emocional que ha necesitado inventar una vida para que, sin pagar impuesto de lujo, una mujer como yo le pudiese mirar a la cara.

Hay personas que deberían ir acompañadas de un prospecto dónde se explicara su composición, principios activos, las dosis adecuadas en que tomarles y sus contraindicaciones.

El “Gran Profesor” de todas las sociedades mundiales de Investigación ni siquiera supo decirme como un cobarde lo que nunca fue capaz de decirme como un hombre. Hubiese bastado un mail o un SMS donde escuetamente desvelase su estado civil y haber hecho mutis por el foro… Este tipo de chusma sólo puede estar con mujeres o bien pagando o bien mintiendo y aún siento la rabia sorda de tener que enmarcar mi sufrimiento en el de mujer engañada y apaleada. El muy cabrón, a sabiendas del daño que me estaba infligiendo, decidió proseguir dolosamente en su plan criminal con un único propósito: acabar conmigo y dejarme sumergida en una depresión sin retorno al mundo de las sonrisas.

La esposa, sin saber nada

Por eso hice bien en telefonear a su esposa e informarle de todos los pormenores de aquel tipejo que me aseguró mil veces vivir separado de ella hacía ya nueve años. Este tipo de consortes, metidas de lleno en un status quo social y familiar, sólo son víctimas en contadas ocasiones, pues en la mayoría de los casos son cómplices silenciosas e indignas de esas manchas de carmín, restos de perfume, comportamientos distantes….

Una vez que lo saben y deciden continuar con ellos y vivir de las sobras de sus besos, tienen la responsabilidad de aislarlos del resto de las mujeres para que no vuelvan a las “andadas”. Deberían ir con una bolsita de plástico para ir recogiendo las caquitas de sus canes y ponerles una correa cada vez que salen a la calle.

         Sra.  ¿su marido muerde o es inofensivo?

         No, no te preocupes este es un chucho mezcla de salchicha y chigua gua. No muerde.

         Pero Señora, póngale un bozal, es demasiado baboso. No para de lamerme. Qué asco de perro, haga usted el favor de responsabilizarse de él o de lo contrario tendrá problemas.

Bah!

Sacudí el edredón hacia un lado y me levanté con energía. No, un ser tan deplorable no me iba a restar más que el mínimo imprescindible de mi vitalidad. Subí la persiana… pero aún era demasiado pronto para que la luz del día me alentara, así que busqué sostén en mis cápsulas de café Nespresso.

Uummmmm…. Eso, es. Empezaba a cambiar la perspectiva inicial de mi inacabable día. Miré a través de los cristales de la ventana de la cocina. El día empezaba a perder su timidez y la luz del sol parecía querer darme los buenos días.

         Parece que va a hacer un bonito día. Frío, pero soleado.

Me lo dije en voz alta. Me gustó mi propio tono. En general me gusto casi todos los días y no necesito ser diferente de lo que soy. Me gusta mi familia, mis compañeros de despacho, mis amistades, mi trabajo…

Cogí la bolsa de deporte con ánimo. Un nuevo día comenzaba y por mi parte, pondría lo mejor en este conglomerado de Universo del que formo parte…

 

Teresa Bueyes