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Así se iban sumando los días en que no podía verla

Noviembre 6, 2014

Sus días agonizaban mientras que las noches en vela, la recordaban lo lejos que se encontraba de ella

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HEREJES

Así se iban sumando los días en que no podía verla. Y empezaba a estallarle el corazón. Sus días agonizaban mientras que las noches en vela, la recordaban lo lejos que se encontraba de ella. Eran ya casi seis meses los que no se acercaba a orar a la figura de su amada virgen Guadalupe. La estampita de su bolso estaba desgastada de tanto uso. Tan devoto siempre, ahora sentía que estaba lejos de la fe que lo había movido. En tierras bárbaras, erradicando el mal del pagano. Así se confesaba el evangelizador en tierras incas en plena invasión española al Perú. Y poco a poco, la cultura cristiana se fue mezclando con las costumbres andinas hasta gestar un cuadro de la Última Cena con un cuy como alimento principal presidiendo la mesa. Porque la cultura incaica era demasiado poderosa para ser ignorada.

 
CIUDAD SAGRADA

El policía se acercó a ellos. Justo cuando estaban a punto de hacer una ofrenda a la Madre Tierra. El hombre les indicó que estaban sentados en el muro que contiene las terrazas de cultivo del complejo arquitectónico. Debían levantarse. Con mucha gracia, le pidieron si le importaría sacarles una foto. Y con garbo, éste accedió a ello. La instantánea recogió el momento, y en las manos de ella, aún puede verse el puñado de hojas de coca que iba a ser arrojado a la Tierra. Ésta, sabedora de sus intenciones, les galardonó con el protagonismo en una foto con el fondo del monte Huainapichu. Y les recompensó con la energía necesaria para coronar su cumbre. La Tierra responde a nuestras ofrendas. Demostremos nuestro respeto.

 
IDIOMAS

       ¡Detente! – le indicó asertivamente, en medio de una loca carrera por adelantar.

En su garganta había una película de polvo y sus pulmones estaban llenos de él. Llevaba respirando demasiado tiempo la atmósfera arenosa que levantaba el autobús que llevaban delante. El camino de tierra recorría sinuoso los páramos áridos del paisaje montañoso. El conductor detuvo la marcha y dejaron pasar unos segundos hasta que la nube atenuó su intensidad. Su compañera le miró inquisitivamente, a lo que él contestó:

       Se está comportando como un animal de carga, y sólo entiende so y arre.

A veces nos obsesionamos con algo y respondemos únicamente a algunos vocablos elementales que nos saquen de nuestro enconamiento.

 
CUSCO

Hacía unos instantes que se había levantado. Tardó un poco en darse cuenta. La luz entraba cálida por las ventanas enormes. Descorrió las cortinas y pudo observar la magnificencia de las vistas que tenía enfrente. La ciudad contenida entre laderas de montañas. Los tejados en arcilla daban aspecto de cobertura homogénea al valle, solamente despuntada por las cúpulas de los edificios emblemáticos. Respiró la tranquilidad del entorno en que se encontraba, con la urbe a sus pies, desde las almenas. Había pasado tiempo desde que tuviera una sensación tan placentera desde la habitación de un hotel. Se debía al distanciamiento que sentía respecto al mundo unido a los firmes rayos de sol que caldeaban la estancia aportando el abastecimiento mínimo de esencia vital. Pensó por un momento en detener el mundo. Pero éste siguió su curso ajeno a sus intenciones y pronto se vio atendiendo al sobrio desayuno en una habitación fría y austeramente decorada.

La vida se presenta como una sucesión de escenarios que nos hacen renacer a cada instante.

 
GUÍA

       Son cuarenta y cinco minutos de visita guiada – les indicó el hombre.

Algo le llamó la atención en él. Eran ya varias las experiencias desastrosas que había tenido anteriormente. Pero la intuición jugó su papel y acordaron contratar sus servicios. No se arrepintió ni un ápice. El hombre les explicó con detalle apasionado las curiosidades e historias de cada protagonista de la catedral. Cuadros, esculturas, arquitectura, retablos y muebles pasaron por sus escrupulosos vocablos en un itinerario que no dejó nada del lado del azar. Las piezas tomaban vida a su paso. Las columnas se iluminaban lustrosas como antaño fueron concebidas. El órgano entonaba melodías. Y nosotros éramos fruto de esa magia al encontrarnos simbólicamente subidos en la carreta de la procesión del Corpus por la Plaza de Armas.

Cuarenta y cinco minutos más tarde, eran personas distintas, repletas de vivencias ajenas del pasado.

© Javier González Cantarell