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Otras opiniones

Asesinato a las cinco en punto

Septiembre 17, 2009

Va a morir el siguiente. La llegada del frío otoñal no va a cambiar que algunos sigan pensando en la mal llamada fiesta nacional. Para muchos, la matanza animal sigue formando parte de la tradición española, igual que lo son el vino y las sevillanas. El toreo es la forma más panderetera y folclórica de asesinar a un ser vivo. Matar con premeditación, alevosía y en ocasiones hasta con nocturnidad sólo por divertir y entretener. Un asesinato con saña y ferocidad en el que todo vale, incluso drogar hasta el límite a la víctima. Ver brotar la sangre de las múltiples heridas causada por las angulosas banderillas, estimula a una masa enfervorecida que menea el pañuelo blanco en señal de agradecimiento. Sentir como se introduce el estoque entre «el hoyo de las agujas» excita tanto como conseguir hacerlo a la primera. Y no por evitar mayor sufrimiento al cornúpeta, sino porque el prestigio del matador proviene de su sapiencia y desenvoltura en el momento de la estocada final.

Los que saben se vanaglorian al decir que es un arte: La tauromaquia. Estar tan cerca de un toro y sentir su aliento en la nuca mientras se ultima el tétrico plan. Una necedad, sobre todo por lo que representa moralmente terminar con la vida de alguien sin su consentimiento. No hablo de la eutanasia, libre opción con multitud de matizaciones y objeciones. Los vítores se multiplican cuando la cuadrilla saca a hombros al torero por la puerta grande, premiando una buena faena. Aquella en la que no ha sido necesario utilizar la puntilla o puñal para rematarlo. Es habitual que lo practiquen cuando el toro se resiste a caer y busca huir de semejante maltrato, quizás sabiendo que se acerca el final. Su final. Envuelto en sangre y con innegables mutilaciones en su cuerpo, el toro es arrastrado por la Plaza mientras el gentío mordisquea las pipas y los algarrobos, esperando para presenciar el segundo asesinato de la tarde. Quedan tres.

Saul Ortiz es periodista y escritor