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Otras opiniones

Ante la polémica ¿Monarquía o República?, la teoría económica del “mono”

Abril 16, 2013

Voy a empezar por el final: aunque soy de izquierdas, ácrata y librepensador, en el debate sobre República y Monarquía, aquí y ahora, me inclino por esta última. ¿Por qué?:

Muchos de ustedes habrán oído hablar de la conocida teoría económica del “mono”, denominada así porque en una Universidad norteamericana hicieron que varios chimpancés eligieran cada uno una cartera de valores bursátiles y, al cabo de un año, compararon su evolución con el de las carteras recomendadas por los principales expertos en bolsa del país, siendo el resultado sustancialmente favorable a las carteras escogidas por los simios; este experimento, utilizando otros métodos que igualmente comparaban carteras escogidas, por diversos métodos, al azar, con las carteras de los expertos, fue repetido por otras universidades e instituciones y los resultados fueron casi siempre favorables al azar.

El gobierno de los peores

Pues bien, algo parecido es lo que ocurre en política: como son los menos indicados los que, normalmente, se dedican a ella, resultaría preferible la designación de los gobernantes al azar entre todos los ciudadanos que por elección entre los políticos; la actual democracia de partidos no garantiza nada, salvo el gobierno de los peores, porque el problema está en el origen: da igual el partido al que se vote porque en cabeza de sus listas y, si ganan, en los puestos de responsabilidad, estarán quienes menos deberían estar.

Una persona “normal” no está dispuesta a pasar por los abyectos comportamientos que resultan imprescindibles para medrar en un partido político y, salvo excepciones, solo los que poseen una combinación de mediocridad profesional (que les impide brillar en otras actividades), ansia de poder, aptitud para la adulación, ausencia de principios y disposición a apoyar lo que les digan, buen paladar para degustar los sapos y, sobre todo, oculta pero despiadada capacidad de intriga para destruir adversarios y sumar adhesiones interesadas, son los políticos de los diferentes partidos entre los que hemos de decidir los ciudadanos quienes nos van a gobernar (existe en política un adagio que reza “hay enemigos, enemigos acérrimos y compañeros de partido en época de confección de listas”).

El azar de la Monarquía

Partiendo de dichas premisas creo que la Monarquía, que de alguna manera representa al azar, resulta preferible a que el Jefe del Estado sea un político. Los reyes lo son por el azar de ser hijos de su padre y, a diferencia de los políticos, no necesitan mentir, engañar, traicionar, corromper y carecer de principios y de escrúpulos para llegar a su puesto y mantenerse en él. Pueden tener estas características, pero no les son consustanciales.

Como los reyes y sus familias suelen ser muy ricos por casa (el nuestro es una excepción) y, además, tienen la eternidad por delante, normalmente no tienen la misma predisposición y urgencia que los políticos en sacar  provecho de su posición y de su poder; por supuesto que lo sacarán, ya que ello es inherente a la naturaleza humana (y nuestro rey es un ejemplo paradigmático), pero, normalmente, con menos prisas e intensidad y con el lastre de saber que, por su falta de legitimación democrática, la ciudadanía los observa y los juzga con mucho mayor rigor  que a los políticos, a los que los ciudadanos se sienten inclinados a perdonarles todo ya que, al hacerlo, se perdonan a sí mismos por haberlos elegido. Un presidente de la República constatadamente corrupto y ladrón no pone en peligro la forma de Estado republicana e, incluso, como la experiencia demuestra, puede ser reelegido; el mismo comportamiento de un rey, probablemente acabaría con la Monarquía.

Entre reyes y políticos

A los reyes les han educado desde niños sobre el convencimiento de que su sangre azul les hace diferentes y superiores, y no necesitan reforzar su ego; en cambio, los políticos, que normalmente  no eran precisamente los más listos de la clase, cuando se ven triunfadores e investidos de poder, suelen padecer un síndrome de megalomanía, traducido en tratar de dejar su huella imperecedera (y, además, de manera rápida porque su mandato es corto), que tiene sobre la sociedad efectos más devastadores que los de su rapiña dirigida al enriquecimiento personal: es inconcebible un ministro de Educación que no trate de cambiar el modelo educativo ¿para qué, si no, ha llegado a ministro?, ni un ministro de Fomento que no haga AVES a su pueblo, ni un alcalde que no acometa (otra cosa es que las concluya o que sirvan para algo), “inversiones” dirigidas a que su ciudad le recuerde, ni un presidente del Gobierno que no trate de cambiarlo todo y tome sus decisiones sobre la base de haber sido ungido para ello por la divinidad o el destino que no permitirán que se equivoque (y la prueba es que esas fuerzas superiores han decidido que él, a quienes todos tenían por un niño y un joven mediocre, llegara a presidente). 

En España nunca pasa nada

Los reyes, por supuesto, pueden salirnos tontos y malos pero, como la historia demuestra, ello responde al azar (unos han sido mejores y otros peores) y no se dan en ellos las circunstancias estructurales que propician las características que hemos reseñado como comunes en la mayoría de los que pretenden y consiguen mandar en política.

Debo insistir en que las anteriores consideraciones están realizadas en el contexto existente aquí y ahora. Si Somalia fuera Suecia no pensaría que para los somalíes el mejor régimen sería una dictadura militar fuerte que acabara con los señores de la guerra, con Al Qaeda y con los piratas, y si España fuera Estados Unidos este artículo no se hubiera escrito; claro que ¿qué hubiera pasado allí en el inimaginable escenario de que todos tuvieran el fundado convencimiento de que Obama y gran parte de su Gobierno y de la cúpula de su partido habían estado recibiendo durante años sobresueldos ilegales que no declaraban al fisco y de que el partido demócrata, y muy probablemente el republicano, se habían financiado sistemáticamente mediante comisiones cobradas por amañar la adjudicación de contratos públicos? En España, absolutamente nada.

Adolfo Barrio