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Otras opiniones

Amina

Junio 16, 2010

Amina es una joven marroquí de impactantes ojos almendrados, tez morena y ondulados cabellos oscuros. Pese a que prefiere mostrarse distante, fría e incluso insensible con los que la rodean, su profunda mirada habla más de lo que lo hacen sus acciones, quizás porque hacer frente a grandes tragedias cuando ni siquiera levantaba un palmo del suelo le hizo madurar antes de tiempo. Es una joven responsable, de no más de diecisiete años, que lucha diariamente por mantener a cuatro de sus hermanos pequeños, dos de ellos enfermos desde que nacieron. Su vida en Ben M’sick es asfixiante. Y no porque malvivir en uno de los barrios de chabolas más grande de Marruecos le produzca desasosiego o intranquilidad, pues no aspira a tener una vida mucho más lujosa, sino porque combate incansablemente contra la insufrible monotonía. Sabe que no puede distraerse en pensamientos banales, ilusiones imposibles o deseos irracionales que nunca, ni el mejor de sus sueños, se llegarán a cumplir. “Amina, ponte a trabajar y deja de imaginar” le repite incansablemente su madre, aquejada de un problema reumático desde hace varios años. Es curioso, pero a Amina no le atormenta su pasado, ni siquiera lo que puede depararle la vida, puede que porque a ninguno de los chavales de su edad se les caracteriza por su ambición desmedida.

 

Amina sólo piensa en conseguir vender, en un pequeño mercadillo de barrio, la chatarra que durante trece horas al día recoge en varios sitios cercanos a su casa. Sus agrietadas manos, machacadas por los cantos afilados de las chapas metálicas que se acumulan en los descampados, rebuscan entre la inmundicia desde que amanece hasta que el sol se esconde en el horizonte. Pese a que no sabe ni leer ni escribir, a veces se queda asombrada cuando se topa con los llamativos letreros con los que las empresas anuncian sus productos. Coge la chapa, la mira atentamente e intenta descifrar su significado: “Es inútil”- pronuncia con voz aterciopelada mientras acaricia su rostro. En una de sus maratonianas jornadas de trabajo conoció a Fuad, un veinteañero de complexión atlética a quien cariñosamente se refiere como “ilusionista”, puede que porque es capaz de hacerle reír como nadie lo consigue. Y, aunque a veces discuten por los metales que se encuentran entre escombros, Amina siente que se está enamorando locamente. No se lo ha dicho a sus padres, quizás porque teme que no entiendan que se haya fijado en un hombre que tiene dos hijos y una mujer. No sabe si él le corresponde, pero es verdad que sus gestos le desconciertan enormemente, pues hay veces en que le acompaña hasta su casa, una especie de chamizo de hojalata y cartón que parece tan frágil como una lámina de cristal.   

 

Saúl Ortiz es periodista y novelista