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Otras opiniones

Adictos a la dependencia

Julio 4, 2010

¿Cuántas veces nos hemos encontrado siendo partícipes de una relación en la que no somos felices? Pero no somos felices nosotros, ni hacemos feliz al otro. Sin embargo tu mejor amigo, tu psicólogo, tu madre, el vecino, y el de más allá afirman objetivamente: Déjalo ya, te estás perjudicando.
 
Pero no señor, nos mantenemos ahí, firmes. Soy un desgraciado pero me agarro a ello, y lo dejamos estar pensando que tal vez en unos días, unos meses…incluso años, todo se arregle un buen día, suceda un milagro y todos tan contentos.
 
¿Por qué ese afán de no soltar la cuerda que nos ahoga? Nos hallamos en un agujero que no tiene otro límite que el de seguir cayendo. Y tenemos en mente de modo permanente aquella frase que dice así: “si yo le/la quiero…”
 
Y sí, todos nos podemos querer mucho, pero en una relación de pareja hace falta mucho más. El enamoramiento es maravilloso, pero un ratito. Deja de ser la nube de la que no queremos bajar cuando sale a escena la incompatibilidad de caracteres, por poner un ejemplo. Ya no es “la vie en rose”, se ha convertido en una cadena que llevamos arrastrando.
 
Las agujas del reloj empiezan a girar cada vez más deprisa, primer aniversario, décima discusión. Tercer aniversario, perdemos la cuenta. Y cada vez que nos toca responder a la pregunta aquella de: ¿qué tal con…? Agachamos la cabeza y decimos: hemos discutido (otra vez).
 
Parece evidente que algo está fallando. ¿Existirá algún componente en las relaciones que se asemeje a la nicotina? Todo parece apuntar que sí, es un enganche que nos oprime el pecho, nos mantiene en tensión y nos marca las otras facetas de la vida.
 
Empezamos a llegar al trabajo de extraño humor, con una expresión en la cara que no invita precisamente al acercamiento. Ese malestar eclipsa los campos en los cuales nos movemos hasta el punto de tener la sensación similar a llevar una maleta en la espalda.Y lo más curioso es que cuanto peor estamos, menos pensamos en dejarlo. ¿Es algún tipo de masoquismo? ¿Dónde está el antídoto para esta adición?
 
En los tiempos que corren la mayoría de las relaciones ya no están impuestas, y dado que somos nosotros los que elegimos a esa persona, no tiene mucho sentido estar a disgusto.
 
Tenemos pues dos opciones, esperar a que inventen parches o chicles para controlar el síndrome de abstinencia y superar esa dependencia de la persona que no nos hace feliz, o bien tomar las riendas de nuestra vida que hoy por hoy parece ser lo más factible.
 

Antonio Damasio, conocido médico y neurólogo ha sugerido una terapia muy interesante: “la mejor manera de precipitar el final de una emoción negativa es generando otra emoción de la misma intensidad pero de signo contrario”.

¿Difícil? puede… es ni más ni menos que la vida.