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No me moverán

Acreedocracia

Junio 20, 2011

Si la democracia es el gobierno del pueblo y la aristocracia el gobierno de las élites, la Acreedocracia es el gobierno de los acreedores. Grecia es su máxima expresión. Sus decisiones están dictadas por los intereses de los poseedores de bonos soberanos del país, de sus acreedores ¿Cómo se llega esta situación?

La Acreedocracia es el resultado de la mala administración de la democracia. En efecto, cuando un Gobierno gasta más de lo que ingresa una solución a la falta de liquidez es el recurso al endeudamiento, entonces se emite deuda soberana en el mercado financiero internacional. En las primeras emisiones el acreedor está tranquilo y confiado, los Estados gozan de la apariencia de solidez, los tipos de interés son bajos, nadie piensa que pueden quebrar.

Efecto de arrastre al sector privado

Pero, conforme sube el porcentaje de la deuda sobre el PIB los acreedores empiezan a ponerse nerviosos. El primer síntoma de ese nerviosismo es la subida del diferencial del tipo de interés de la deuda respecto a países más confiables. Actualmente, en Europa, la deuda de referencia es la alemana, por eso se mide la distancia entre su tipo de interés y el de la deuda de otros países. El segundo síntoma es la dificultad de colocación de las emisiones de deuda. El Estado endeudado tiene que ofrecer altos tipos de interés y recurrir a mecanismos de colocación forzados, entre ellos, el recurso a agencias Internacionales como el FMI o el Banco Central Europeo que actúan como tabla de salvación. Por último, la dificultad de colocación se traslada a la deuda de empresas privadas con cabecera ubicada en el país endeudado. Todo esto lo conocemos bien en España, donde la caída de la marca país arrastra en el mercado de la deuda a marcas de empresas privadas españolas.

La apelación a agencias internacionales o regionales europeas tiene una contrapartida: para asegurar el cobro de la deuda por parte de los acreedores, las agencias imponen políticas de ajuste duras como la reducción del gasto público, el aumento de impuestos, a la devaluación de la moneda o aumentos de los tipos de interés. Todas ellas complejas en su implantación política. De esta forma se pierde autonomía de Gobierno y la democracia deviene en Acreedocracia.

Entonces ¿No hay que endeudarse? Depende, si los ingresos por deuda se invierten en recursos productivos que hacen crecer el PIB es razonable que un Estado se endeude. Si la deuda es para gastos de consumo, suntuarios o populistas o, peor aún, para refinanciar deuda y pagar intereses, se está entrando en una dinámica preocupante.

Un fenómeno con proyección

En épocas de crisis económica los Gobiernos emiten deuda para suplir la falta de ingresos tributarios debido a la recesión económica. La decisión es adecuada si la crisis es pasajera; sin embargo, si no es así, y se alarga entrando en recesión, se emite más deuda para cubrir el déficit, pagar el interés y capital de la deuda viva y renovarla a su vencimiento. Es el proceso que se ha vivido en los países del sur de la eurozona (España, Portugal, Grecia) más Irlanda.

¿Qué soluciones hay para estos Estados? Puesto que en esos países no se puede unilateralmente devaluar la moneda, que es el euro, ni manejar el tipo de interés, que regula el Banco Central Europeo, sólo quedan dos: autocontrol del déficit público, difícil en épocas electorales, y el recurso a los prestamistas institucionales que acaba en Acredocracia. En estas estamos.

No obstante, el sur de la eurozona no es la única zona con peligro de Acreedocracia. Algunos países en desarrollo, como, por ejemplo, la República Dominicana, tienen este dilema en sus puertas. Estemos atentos.

Profesor del IESE, Titular de la Cátedra de Gobierno y Liderazgo en la Administración Pública.