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Otras opiniones

A propósito de Newtown, enfermos del alma

Diciembre 18, 2012

¿Por qué? Esa es la pregunta que en los últimos días se hacen miles y miles de personas. ¿Por qué un joven quiere matar de esa manera a unos niños indefensos? La respuesta no es: porque tenía las armas. No, eso sólo responde a la siguiente pregunta: ¿podía hacerlo? Más allá del debate acerca de las armas, de la seguridad, de la oportunidad, yo llevo días pensando en la motivación. En las raíces, en este caso en las raíces del mal.

Divagando acerca ya no de ese niño que fue Adam Lanza -dicen retraído, asocial, ausente, con problemas-, sino de esos padres del niño retraído, asocial, ausente, con problemas. De esos y de todos aquellos padres que conocen perfectamente a sus hijos y saben, muy dentro de si, y muy secretamente, que sus hijos se están convirtiendo en enfermos del alma, enfermos de la emoción. Pero no quieren creerlo, no quieren pensarlo, no quieren decirlo, no quieren calificarlo.

Perderse en palabras

Reconozco que a mí tampoco me gusta hacerlo. ¿Para qué? Hasta el DSM IV lo evita, suena mal, es un término condenado, criminalizado, a veces ciertamente sin razón pues en muchas ocasiones no se relaciona con delito alguno. Pero algo tendrá el término para que nos produzca tanto horror. Y sí, lo tiene. Es cierto que no todos los que son calificados como tales son asesinos, la mayoría ni siquiera delinquen ni entran en contacto con el derecho penal. También es cierto que hay muchas clases de ellos y no todos con la misma sintomatología. Pero el distanciamiento emocional, la incapacidad para sentir empatía, la frialdad afectiva, la manipulación y la mentira son características que están presentes en todo diagnóstico al respecto. Cuando digo llana y sencillamente: “es una forma de ser”, para evitar la confusión con la enfermedad mental, me llaman simple.

Intento explicar las cosas de la manera más sencilla. También suelo decir al respecto algo tan sencillo como que hay personas capaces de pasar por encima del cadáver de su madre sin sentir ningún tipo de emoción interna. Es fácil de entender y describe al personaje. Sin embargo, siempre hay quien prefiere perderse en palabras y explicaciones rimbombantes, peliculeras incluso, huyendo de mensajes simplificadores.

Padres ciegos

Pero volvamos a esos padres que quieren creer que su niño gritón, mentiroso, agresivo, egoísta, insensible, plano emocionalmente, que pega a sus hermanos y compañeros, que se frustra si no consigue lo que quiere, va a cambiar con la edad. Esos padres que pretenden que la falta de atención y la hiperactividad de su hijo sea una característica normal de la niñez.

 

Padres que observan que cuando el niño va creciendo se va aislando, no se relaciona bien con sus iguales, su ira aumenta, su frustración ante las adversidades se acentúa y dicen: es la edad. Esos padres que por su incapacidad para actuar, por su cobardía al asumir la realidad, están creando uno de esos que todavía no hemos calificado.

Dañadas sus facultades afectivas

Todos nacemos con un sustrato de personalidad determinado. Nuestro temperamento, nuestro disco duro. Y algunos son defectuosos desde el principio, otros se vuelven defectuosos con el tiempo, por diversas causas (los científicos hablan de disfunciones pre frontales,  sistema límbico…etc). ¿Determinista? No, no lo soy. Precisamente abogo por neutralizar y no creo en la predeterminación y menos en la positivista. Pero hasta la corriente más sociológica de la criminología acepta la confluencia de factores, aunque dándole más importancia, en coherencia con sus tesis, a los factores ambientales y sociales.

Lo que pretendo decir es que por muy defectuoso que sea nuestro disco duro, si metemos programas de socialización, esos rasgos antisociales de temperamento no se convertirán en trastornos. La confluencia de factores biológicos y ambientales es un hecho. Por ello es tan sumamente importante el ambiente, el entorno, la socialización. Por ello es tan importante que a la más mínima señal de alarma, los padres, los profesores, llamen a las cosas por su nombre y busquen ayuda. Ahora sí, los psicópatas existen, y los pequeños psicópatas en potencia también.

Y, como ya le dije, puede que no maten, ni siquiera delincan, pero a un ser descrito tal y como lo hizo el Doctor Philippe Pinel (1745-1826) no se le debe menospreciar: “….y no me causó poca admiración el ver muchos locos que en ningún tiempo presentaban lesión alguna del entendimiento, y que estaban dominados por una especie distinta de furor, como si únicamente estuvieran dañadas sus facultades afectivas”.

Bárbara Royo