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A renglón seguido

Algo sobre mi padre

Mayo 31, 2016
manos enfermos

En el reducido ámbito familiar directo del que formo parte, se ha producido un acontecimiento con categoría de episodio que ha quebrado el equilibrio natural de la relación y convivencia filio-parentales: la precipitada despedida del octogenario paterfamilias que a finales de los cincuenta decidió establecer relación marital con la fémina con la que de mutuo y voluntario consenso consumaron la siembra y germinación del que suscribe.

Toda desaparición, además de fragmentaria, resulta dolorosa. La de mi progenitor no deja de ser una de las prolijas y numerosas que tienen lugar a diario por doquier, pero sí tiene algo de particular: El señorío de la probidad ha perdido uno de sus notables siervos; como cabe sospechar, tampoco “tengo abuela”. Cada día se despiden decenas de padres, pero no todas las jornadas lo efectúan honestos ciudadanos con demostrada impoluta trayectoria: en todos los sentidos.

Pero no vengo a rememorar en este recordatorio: “Algunos hombres buenos” –entre los que se encontraba-; tampoco “¿Por quién doblan las campanas?” –repicaron el día de, paradójicamente, Santa María Auxiliadora en su burgalés pueblo de Gumiel de Hizán natal-. Si acaso, me situaré en la profundidad del “Mar adentro”, pero no lejos de “El río de la vida”, para describir algo sobre mi padre.

Lejos de ser la salud su mejor aliado en las últimas semanas, germinó la semilla de la decepción, del desencanto, y de la desesperación, que fueron anidando en el árbol de su interior fruto de la impresión de dudosa praxis del entorno médico-clínico que participó en la recuperación del equilibrio de vitalidad del que venía gozando. Quizá por manejarse bien con los números, alcanzó  a  verse  como un cero a  la izquierda, y  en ausencia del valor numérico emocional que le invadió, pasó de solicitar, a implorar ayuda para abandonarnos.

Cansadas, primero, su fuerza y esperanza y agotado el patrón de la pericia del cuerpo médico, se deposita al impaciente paciente en el hogareño aparcamiento: al albur del destino. “Gozamos”, como en tantos otros apartados, de un insalvable limbo entre la atención terapéutica del internamiento geriátrico y la contingencia del acogimiento en un centro residencial dirigido al segmento senil; por supuesto previa solicitud y posterior aprobación de la petición –plazo de entre seis a doce meses-. El laxo sistema permite la protocolaria desafección clínica, devolviéndote a tu domicilio fiscal en una especie de eutanasia pasiva.

Pero cuando el interesado entiende que se ve superado por la hojarasca de una insalvable decrepitud y un insuperable e indómito deterioro, intentando sortear lo que interpreta como una nuciente agonía, ¿Qué hacer ante la petición –bien aderezada con juramentos de alta categoría celestial ante el cuerpo médico (aprovechando que no estamos en franja horaria infantil): “Me cago en Dios, me quiero morir”- de intervención externa arropada con soporte del conocimiento técnico-medicinal o, subsidiariamente, la de sus deudos más próximos? La perversa solución reside en manos del sujeto agente. Y se denomina destrucción autoasistida: Si no recibo el apoyo buscado, renuncio a ingerir alimento alguno; ¡Y chúpate esa mandarina!

Somos rehenes de un sistema que secuestra, al menos, la voluntad del criterio personal y familiar, y no admite como trueque la moneda del cambio y la evolución de discutibles, inamovibles e involucionistas profesionales que se muestran persuadidos ¿? por un rancio encorsetamiento médico-moral, que sólo atiende a unos trasnochados códigos que piden a gritos ser revisados. Desdeñan la opinión pública y privada y conviven contaminados por las herrumbrosas consideraciones religiosas: la vida es sagrada, y sólo Dios alberga la facultad para darla y retirarla.

El derecho a una muerte digna

Sociedades más clarividentes y vanguardistas como la helvética, de la que formó parte en calidad de migrante, han interpretado que hay que atender la voluntad de los demandantes de un recorte en el calendario, apoyándolos a través del suicidio asistido. ¿Para cuándo una revisión de los pestilentes cánones civiles que nos oprimen y que cercenan el deseo de asear nuestra evolución?

Hay un tiempo para el lento marchitamiento (presenteimperfecto”) y otro para el cruento desenlace (futurointerfecto”), que sólo se ve frenado por la incertidumbre del instante de parada cardio-respiratoria. Estando ambos reñidos con los tiempos de conjugación verbal que marcan la ortodoxia en la sintaxis oficial, no obsta para que formen parte del léxico de este huérfano deudo.

Convendría avanzar en el ejercicio de la resucitación del padre de los galenos: Don Hipócrates, e inquirirle al respecto. Entre tanto, tendremos que seguir soportando la pesada losa del artículo 143 del Código Penal, que castiga con penas de prisión el suicidio asistido y la eutanasia activa. Si todos tenemos derecho a disfrutar de una vida digna, ¿Por qué no culminarla con un deceso a la par?

No sabrías adónde irías a dar, pero sí dónde no querías estar. Vacantes quedan nuestras vidas y tu alguacilía.

Yo presente/ y tú descalzo/ aquí te ensalzo/ padre ausente.

Paco de Domingo