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Otras opiniones

13 años

Octubre 28, 2012

“Una niña de 13 años puede mantener relaciones sexuales con un adulto porque el Código Penal no lo prohíbe”. Esta es la lectura que se hace del asunto. Así de simple. Toda la vida huyendo del intervencionismo penal y resulta que la ciudadanía lo que quiere es que sea el Derecho penal el que regule sus vidas, deseos y pasiones. El que eduque a sus hijos, el que evite que un señor de 40 años se obsesione con una niña de 13, sin que nadie se haya llevado las manos a la cabeza cuando su madre, la que le educó a él, manifiesta con asombrosa naturalidad que “eran felices”. El que evite que una niña de 13, fruto de la desestructuración familiar se enamore de ese señor, sin que nadie haya dicho que es falso que su madre denunciase la situación cuando ella tenía 12 años.
Centrándose en lo fácil
 
De las familias, los colegios, las ayudas sociales nos olvidamos. Es prevención primaria, es costosa, sus resultados son a medio-largo plazo y no nos enteramos demasiado bien de cómo llevarla a cabo. Aplaudimos a los ineptos políticos que nos representan, cuando, mientras dejan que nos hundamos económicamente tapándose ojos y oídos ante las dramáticas situaciones de los 500 desahuciados diarios, por ejemplo, convierten esta nueva demanda popular en una importantísima cuestión de Estado que hay que resolver ya, anunciando la subida de la edad para mantener relaciones sexuales. Esto es, abren esos ojos y esos oídos “en lo fácil”, en aquello en lo que nos pueden manipular “un poquito”. Ya estamos “un poquito” más contentos, y en este punto me voy a remitir al primer artículo que publiqué en este periódico sobre el proyecto de reforma del Código Penal y las demandas populares, en el que hablaba de las perversiones de aquella pescadilla que se mordía la cola.
 
EL siguiente “total” vociferado con cara de crispación por unos y por otras es: “Los menores no pueden comprar tabaco ni alcohol, no pueden conducir y no pueden votar… pero ¡¡¡pueden mantener relaciones sexuales!!!” (en esta última parte las manos ya gesticulan por encima de la cabeza y los ojos se salen de sus órbitas). Perdónenme, es mediocre. Es demagógico. Es tramposo. Obtiene el aplauso del público. Pero lo peor es que quien lo dice quizá esté convencido/a de que ha dado el argumento de su vida. Sin embargo, déjenme que les haga pensar. El dueño de un estanco que vende tabaco a un niño de 13 años que quiere comprar, ¿va a la cárcel? El adulto que deja que un niño de 13 años, que se empeña en hacerlo, conduzca ¿va a la cárcel? La respuesta es no, porque son ámbitos ajenos al Derecho Penal. Entonces ¿por qué juntamos churras con merinas para tener algo que decir cuando nos preguntan las razones por las que subiríamos la edad del Código Penal en materia de consentimiento sexual? Pues sencillamente porque ignoramos  –y ya que hablaba de trampas, les diré que acudo al plural mayestático con la mezquina intención de dulcificar mínimamente mi crítica- qué es y para qué sirve el Derecho Penal. Ignoramos que se trata de la última “ratio”. Ignoramos que su intervención es mínima y para casos de extrema necesidad. Ignoramos que ni es el catecismo ni es un manual de buenas costumbres, prácticas adecuadas y comportamientos respetables. Sólo es un catálogo de determinadas conductas (unas cuantas) llamadas delitos y faltas, que por su gravedad llevan consigo una pena. Obviamente, un “librito” como este no abarca todo. Porque no fue concebido para abarcarlo todo. La educación de nuestros hijos está en nuestras manos, como no puede ser de otra manera en un Estado democrático o que pretende serlo, que huye (últimamente lo dudo) del paternalismo estatal.   
 
Dicho esto, les diré que me parece aberrante que una niña de 13 años mantenga relaciones sexuales. Sencillamente, porque no tiene la suficiente capacidad para comprender su significado ni la suficiente madurez para llevarlas a cabo de una manera responsable. Pero que además estas sean con un señor de 40 lo creo antinatural, sí. Y les diré también que me parece igual de aberrante que un señor decida tener este tipo de relaciones con una niña de 13 años. Pero aquí hay matices porque estamos dando por hecho que la construcción psicosocial de este señor es la que corresponde a un tipo medio de 40 años, sin entrar en ningún tipo de anomalía en su personalidad, afectividad, mentalidad, o incluso en ocasiones salud mental. Y para comprender -que no entender, ya que entender significa “tender hacia”- esta “aberración” hay que sumergirse en la mente del sujeto, mirar al abismo, como dijo Nietzsche, que no Ressler, por cierto, procurando –eso sí- que el abismo no te devuelva la mirada.  Y esto no es Derecho Penal.
 
¿Es cuestión de límites?
 
El siguiente planteamiento sería elegir la edad que ha de figurar en el Código Penal: ¿14, 15, 16? ¿Es menos aberrante que una niña de 15 años y un señor de 40 mantengan relaciones sexuales? Personalmente estimo que la situación es idéntica. Igual de antinatural por los mismos motivos ¿Y qué hacemos si ahora es un hombre de 50 el que se enamora de una chica de 18 años y cuando ella le rechaza la mata? ¿Subimos a 19? ¿Y si en la actualidad la edad para consentir fuese 14 años y, por tanto, Juan Carlos Alfaro hubiese cometido un delito de abusos sexuales por su relación con Almudena, creen ustedes que no la hubiese matado? En este caso, en vez de ser Almudena quien le rechazase hubiese sido un Juez quien se lo prohibiese, ¿en qué hubiese cambiado el desenlace? ¿No respetó la decisión de Almudena de acabar la relación con él pero sí hubiese respetado el Código Penal? Y dirán Ustedes: no, pero habría estado en la cárcel y no la hubiese podido matar. Y yo les contesto: No, en un delito de abusos sexuales de este tipo casi nunca se dicta prisión provisional. Hubiese ido a la cárcel, poco tiempo, pero dentro de mucho tiempo.
 
Bárbara Royo