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El cadáver de la joven apareció en el jardín de un centro religioso de Portugalete (Vizcaya), semidesnudo y con una puñalada en el cuello.

Veintitrés años después, el misterio sigue envolviendo el atroz asesinato de Olga Casas, de 19 años

Noviembre 3, 2013
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Olga Casas Rodríguez, orensana de 19 años recién cumplidos y residente en Portugalete, fue asesinada en esa localidad vizcaína la noche del 4 de noviembre de 1990, hace ahora 23 años. Cuando regresaba de una fiesta, la joven fue abordada por una o varias personas que la estrangularon primero y aseguraron su muerte después con una puñalada que le atravesó la yugular.

Hija de gallegos emigrados al País Vasco, a Olga nunca se le había dado bien el colegio, por lo que había abandonado los estudios y trabajaba como empleada doméstica. Las horas previas a su asesinato, la muchacha había estado celebrando una fiesta en casa de una amiga hasta aproximadamente las dos de la madrugada. A esa hora abandonó la vivienda junto con otros jóvenes y luego todos se separaron para regresar a sus casas. El cadáver de Olga fue descubierto poco después de las 10 de la mañana siguiente en el jardín de un colegio religioso cercano a su domicilio.

El jardín de las Javieranas

La voz de alarma la dio el jardinero del secretariado de la orden de las Javieranas de Portugalete, que observó unos setos dañados y, al acercarse, se encontró con una escena dantesca: el cuerpo de Olga Casas estaba cubierto de sangre y barro y tenía la cara reventada a golpes. Sólo llevaba puestos los zapatos y los pantalones, si bien éstos estaban bajados a la altura de los tobillos. Alrededor del cadáver aparecieron desperdigadas varias prendas de ropa, así como la cartera de la joven sin su documentación pero con el dinero, seis pulseras de plata, los pendientes y una chapa que solía llevar al cuello. La ropa interior, la camiseta y el suéter de Olga nunca han aparecido.

Puñalada en la yugular

La autopsia indicó que la muerte se debió a “asfixia mecánica por estrangulación a lazo”, que a Olga le seccionaron la yugular con una puñalada en el lado izquierdo de su cuello cuando ya estaba muerta, y que no había habido agresión sexual. Los forenses determinaron también que la hora del fallecimiento se situaba entre las dos y las seis de la madrugada, y que la mujer fue asesinada en un lugar distinto a donde apareció el cadáver.

Tras descartar la violación o el robo como posibles móviles del crimen, la Policía investigó si podía tratarse de un ajuste de cuentas relacionado con la droga. Olga solía frecuentar bares y pubs donde se consumían estupefacientes, si bien todo apunta a que ella no se drogaba. De hecho, un mes antes de su asesinato, la Policía llevó a cabo una redada en un local frecuentado por camellos donde Olga se encontraba con una amiga. Ambas chicas fueron cacheadas, junto con el resto de clientes, pero los agentes no las encontraron nada sospechoso y las dejaron marchar.

El insondable misterio de la escena del crimen

Al margen del móvil del crimen, existía un elemento en la investigación que había dejado desconcertados a los policías: el lugar donde apareció el cuerpo sin vida de Olga Casas. Los jardines del colegio de las Javieranas había permanecido cerrados con llave la noche del asesinato, la cerradura no había sido forzada, y la única llave estaba en poder del jardinero que encontró el cuerpo, quien fue interrogado quedando fuera de toda sospecha.

La Policía Científica descartó que el cuerpo hubiese sido arrojado por encima de la elevada tapia que separaba el jardín de la calle, por lo que sólo quedaba la posibilidad de que los asesinos se hubiesen hecho con una copia de la llave y hubiesen entrado cargando con el cadáver para depositarlo donde apareció. Sin embargo, el jardinero insistió en que tal cosa era prácticamente imposible: nadie podía haber entrado en su casa, coger esa llave concreta, hacer una copia y devolver la original sin dejar ningún rastro o despertar alguna sospecha. Las monjas que residían en el centro dijeron, por su parte, que no habían escuchado ningún ruido extraño durante la noche.

El Señor-T, testigo protegido

En diciembre de 1992, el juzgado de Instrucción número 2 de Barakaldo acordaba el archivo provisional del caso por falta de autor conocido. Así, en el olvido, permaneció durante más de 2 años, hasta que entró en escena el Señor-T. Era este el nombre en clave que la Policía había dado a un testigo que, primero de manera anónima y después abiertamente, había facilitado a los investigadores algunos datos que podían llevar al arresto de los asesinos de Olga Casas. En febrero de 1995, el Señor-T explicó que los autores del crimen eran tres individuos a quienes había escuchado hablando del asesinato con profusión de detalles. El informante también sugirió que los sospechosos podrían estar, igualmente, detrás de la violación y muerte de Leticia Temiño, otra joven vizcaína, de 18 años, cuyo cadáver había aparecido en enero de 1995 en un pueblo de Cantabria tras ser secuestrada horas antes en Portugalete.

Los tres hombres fueron detenidos inmediatamente. Se trataba de delincuentes de mediana edad, residentes en distintos pueblos de Vizcaya y con abundantes historiales delictivos. Sin embargo, las primeras comprobaciones policiales dieron al traste con la teoría del Señor-T: uno de los detenidos estaba preso en París cuando fue asesinada Olga Casas y no había disfrutado de ningún permiso carcelario; a los otros dos les exculparon los análisis de ADN. Los investigadores pensaban que el Señor-T o bien había mentido o bien había malinterpretado la conversación que escuchó.

Mal lugar, peor momento

Tras este revés, el caso quedó definitivamente arrinconado. Sin pistas nuevas de las que tirar, los investigadores están convencidos de que el asesinato de Olga Casas Rodríguez sólo se resolverá merced a un golpe de suerte. El testigo protegido conocido como Señor-T abandonó el País Vasco hace muchos años por miedo a represalias después de que se divulgase su verdadera identidad. La madre de Olga, Sara Rodríguez, piensa que la chica fue asesinada porque escuchó algo que no debía o fue testigo accidental de un hecho que selló su destino: “estuvo en un mal sitio en el momento menos adecuado”, reflexiona. La familia de la joven, humildes trabajadores, tiene un plus de dolor añadido: viven a escasos 50 metros de distancia de donde apareció el cadáver de Olga, y tienen que pasar todos los días por delante.

José Manuel Gabriel