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Pese a la presencia de la Infanta Cristina, se echó de menos una mayor representación de la Casa Real español

Toda Europa despide con gran solemnidad a Otto de Habsburgo en Viena

Julio 17, 2011
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Tras toda una semana de sentidos funerales en Munich y en el santuario austriaco de Mariazell, el sábado pasado toda Viena asistía a la gran misa de réquiem por el alma del archiduque Otto de Austria, hijo del último Emperador, en medio de un protocolo excepcional de regusto imperial con bella música de Haydn,pues el Gobierno austriaco, en un alarde de público reconocimiento, no ha escatimado ningún honor al que podría haber sido Emperadoren presencia de toda una cohorte de príncipes de esa Europa por la que el finado trabajó con tanto ahínco.

A las tres de la tarde una multitud de altezas imperiales, reales y serenísimas se apiñaba en la Catedral vienesa de San Esteban, donde los asistentes ofrecieron su último homenaje a Otto de Habsburgo antes del comienzo de una ceremonia de casi dos horas en la que no faltaron todos los elementos de la más rica y vistosa liturgia de la Iglesia católica tan cercana a los Habsburgo. En primera fila los reyes Carlos Gustavo y Silvia de Suecia, los príncipes Hans Adam y María de Liechtenstein, el gran duque Enrique de Luxemburgo, los presidentes de Austria y de Hungría, y el Gran Maestre de la Orden de Malta, tras quienes tomaron asiento la infanta doña Cristina (con mantilla y el broche de diamantes que tocaba la mantilla de doña Sofía en la boda de los príncipes de Asturias); el príncipe Hassan de Jordania, el presidente de la República de Georgia, los reyes Simeón de Bulgaria y Miguel de Rumania, la princesa Astrid de Bélgica y su esposo el archiduque Lorenzo, los príncipes Miguel y María Cristina de Kent, el príncipe Jorge Federico de Prusia y su prometida la princesa Sofía de Isenburg, el duque de Braganza, el duque de Parma (en compañía de su hermano Jaime y de su tía María Teresa), el príncipe Nicolás de Montenegro, la princesa María Pía de Saboya y su esposo el príncipe Miguel de Parma, la margravina María Valeria de Baden, los príncipes Federico y María de Wurttemberg, el príncipe Alexander de Schaumburg-Lippe, el príncipe Karel Schwarzenberg (ministro de Asuntos Exteriores de la república Checa) y un largo etcétera.

El protocolo funcionó a la perfección

Tampoco faltaron personalidades de distintas confesiones religiosas como el gran rabino de Munich, o el gran mufti de Bosnia-Herzegovina y, por supuesto, del ámbito político como numerosos ministros de Austria, o el presidente del Parlamento Europeo que a su llegada al templo recordaba el sueño europeísta de Otto de Habsburgo resumiéndolo en ese “es mucho más lo que nos une que lo que nos separa”.

El ambiente invitaba a la grandeza, la trascendencia y el recogimiento, en medio de coloristas representaciones de todos los confines del viejo imperio austro-húngaro que portaban banderas y estandartes del Tirol, de Carintia, de Calizia, de Estiria, de Bohemia, de Carniola, de Trieste y de tantas otras tierras del antiguo imperio danubiano. Ofició el cardenal conde Christoph Schönborn; los siete hijos del finado hicieron pequeñas lecturas, una muy sobria y compungida Francesca Thyssen lucía un traje excesivamente largo de riguroso luto; su hijo Fernando, el futuro jefe de la Casa Imperial, portaba su pequeña insignia de la orden del Toisón de Oro mientras declamaba con inusual tranquilidad su lectura; y la infanta Cristina departía con agrado sosteniendo la mano de la princesa María de Liechtenstein.

Escasa representación de la Casa Real española

El protocolo -el mismo utilizado para el entierro de la emperatriz Zita-, funcionó a la perfección en su enorme complejidad, con una impresionante salida del templo que configuró un extensísimo cortejo que recorrió a pie, en la más clásica tradición imperial, los más de dos kilómetros que separan la Catedral de la cripta de los Capuchinos, atravesando los lugares más emblemáticos de la Viena imperial. Acompañados por representantes de incontables regimientos históricos vestidos de acuerdo a sus propias tradiciones, seis caballeros del Toisón de Oro con sus largos collares flanqueaban el féretro cubierto con la bandera que portaba el doble escudo de Austria y Hungría. Los dos primeros, el príncipe Aloys de Löwenstein-Wertheim-Rosenberg y el príncipe Mariano Hugo de Windisch-Graetz, seguidos de una multitud de agotados archiduques y archiduquesas de Austria, y de condes y condesas de Habsburgo (se habla de 200 miembros de la familia) que llevaban a sus espaldas toda una semana de actos luctuosos, tras quienes seguían los más de mil invitados.

En la cripta esperaba al difunto el féretro de su esposa, la princesa Regina de Sajonia-Meiningen, siendo los restos de ambos entregados a la comunidad religiosa siguiendo una tradición centenaria. Toda Viena refulgía con la grandiosidad de este revival de su pasado imperial en el que no faltó el estruendo de los cañones, y atrás queda ahora la figura señera de Otto de Habsburgo cuya impecable trayectoria vital ha sido ejemplo para tantos. Ahora es su hijo quien recoge el estandarte, pero Carlos de Austria, aunque ojeroso, parecía estar preparado para tomar el relevo de la continuidad arropado por representaciones de toda esa Europa de la que en el siglo XVI fue señor su antepasado Carlos V.

Por eso mismo, algunos han echado de menos una mayor representación de la Familia Real española, tan íntimamente ligada a los Habsburgo durante los últimos cinco siglos. Pero, comprensiblemente, no debe de ser nada grato para don Juan Carlos el tener que hacer coincidir a los príncipes de Asturias con el duque de Parma, Carlos Javier, que tras el fallecimiento de su padre Carlos Hugo ha continuado con sus pretensiones a la corona de España como representante del prácticamente inexistente carlismo español.

Entre tanto, en la brumosa Inglaterra la reina Isabel daba su último adiós a su primo hermano Lord George Lascelles, conde de Harewood, fallecido en su mansión Harewood House el pasado día 11. Hijo primogénito de la princesa Mary de Inglaterra, hija de Jorge V, el conde de Harewood fue el primer miembro de la familia real británica que se atrevió a divorciarse en tiempos en los que ello era anatema para los Windsor, y fue tristemente relegado a un ostracismo un tanto injusto que le ha perseguido hasta el final de sus días. En sus últimos años se había retirado mucho de la vida social, no estuvo presente el pasado abril en la boda de los duques de Cambridge, y en su funeral, celebrado el día 15 en un lugar cercano a la ciudad de Leeds, sólo estuvo presente un único miembro de la familia real, el príncipe Miguel de Kent, que ostentó la representación de su prima la reina.

Ricardo Mateos