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Con la asistencia de los príncipes de Asturias, doña Letizia no pareció sentirse nunca excesivamente cómoda

Tiaras, diamantes y corrección en la boda real de Luxemburgo

Octubre 21, 2012
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El gran duque heredero Guillermo de Luxemburgo y la condesa Stéphanie de Lannoy se casaron el sábado pasado en la mayor ortodoxia de la realeza de otros tiempos. Una boda sobria, solemne, en pequeño formato como lo es ese gran ducado, pera amparada en la presencia de todo el Gotha europeo, en presencia de toda la sangre más histórica de Europa. Una boda cuidada, medida, puntualmente ordenada, en la línea del hacer habitual de la familia gran ducal, que siempre da un espacio para un cierto boato, pero acaso carente de esa magnificencia estética de las grandes bodas reales de las monarquías escandinavas. No faltaron sin embargo las grandes firmas de la alta costura internacional (Chanel, Dior, Valentino, Ralph Laurent), presentes ya en la recepción matinal del viernes en el Grand Theatre local y en la posterior boda civil, que fue seguida con notable interés por la población local.
 
Mucho más suntuosa y exclusiva fue la cena de gala de esa misma noche, celebrada en el palacio gran ducal, en la que hubo profusión de tiaras y de importantes joyas históricas que contribuyeron a dar un aire absolutamente regio a un evento en el que no faltaba nadie de los importantes. La novia con tiara de hojas de diamantes en un magnífico traje de Elie Saab (lanzada a la fama por la reina Rania de Jordania); su tía la princesa Sibila de Luxemburgo con el histórico aderezo de aguamarinas y diamantes de su bisabuela la reina Victoria Eugenia de España; una radiante Carolina de Mónaco profusamente enjoyada; Marie Chantal de Grecia y Victoria de Suecia con sendas tiaras familiares de agujas de diamantes; Lalla Salma de Marruecos singularmente elegante en su caftán; Máxima de Holanda (notablemente gruesa), con aderezo de rubíes y diamantes; Matilde de Bélgica con tiara de hojas de diamantes; Sonia de Noruega con tiara de perlas y diamantes, y hasta una viejísima y muy maquillada reina Fabiola de Bélgica llegando en silla de ruedas, o los ubicuos condes de Wessex representantes de la reina de Inglaterra. Una glamorosa reunión de la Europa regia entre cuyas filas la princesa de Asturias no parece sentirse nunca excesivamente cómoda.
 
Una ceremonia muy católica
 
Y en contraste con el glamour de la noche anterior, en la mañana del sábado la boda real fue una ceremonia marcada por la corrección en la catedral de Notre Dame, a donde fueron llegando, entre muchos otros, los soberanos y las consortes de Noruega, Suecia, Dinamarca, Holanda, Bélgica, Liechtenstein y Marruecos, y los destronados reyes de Grecia y de Bulgaria, seguidos por una legión de príncipes de todas las grandes familias de Europa entre quienes se contaban hasta los príncipes del Brasil, parientes de los contrayentes.
 
El novio llegó del brazo de su madre, la gran duquesa Maria Teresa, vestida de un rojo vistoso y con un valioso prendedor de diamantes. La novia llegó en un Daimler entrando en el templo del brazo de su hermano, portando una pequeña tiara de diamantes con la que se han casado todas las mujeres de la familia Lannoy y vestida con traje de encaje color marfil bordado con hilo de plata y velo de tul de seda de color marfil bordado en hilo de oro, también de Elie Saab. Un acto religioso oficiado fundamentalmente en francés, teñido de ese aire sobrio propio de los muy católicos luxemburgueses, y en el que se apreciaba cierto envaramiento, con músicas bellamente elegidas pero carente de emoción a pesar del reciente fallecimiento de la madre de la novia.
 
Una boda para recordar
 
Allí estaban don Felipe y doña Letizia que, poco expansiva en este tipo de encuentros, llevaba pamela e iba vestida de Felipe Varela, ubicados entre los príncipes herederos de Bélgica y el príncipe Naruhito del Japón y obligados a coincidir con Carlos Javier de Borbón-Parma, pretendiente carlista a la corona de España. Vimos a una novia natural, suelta, segura de si misma y de su papel, de quien se destacan la desenvoltura en un acto tan protocolario, el porte, y su familiaridad con las formas regias; a una condesa de Lannoy ahora convertida en gran duquesa heredera que hizo gala de ese breeding del que tanto carecen muchas de las futuras reinas consortes de Europa y que es muy valorado en muchos foros.
 
Tras la ceremonia, un corto paseo a pie por las calles del gran ducado donde se alineaba la población local, sin grandes multitudes, que manifestaba un tibio alborozo que aumentó en calidez con la salida de los novios al balcón, tras lo cual siguió el banquete de bodas. En suma, una boda que muchos recordarán por mucho tiempo por estar protagonizada por una pareja que, todavía en estos tiempos, intenta reproducir el viejo formato del príncipe heredero que se casa con la aristócrata conveniente para el bien de la continuidad de la dinastía, de los usos regios y de la tradición.
 
Ricardo Mateos