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Sindicatos minoritarios, el berrinche como bandera

Noviembre 5, 2012
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Llámenme antiguo pero todavía albergo muy serias dudas sobre si las redes sociales han venido para quedarse y si eso será para bien o para mal. Como retrataba magistralmente El Roto en El País hace unos días, las redes está claro cuáles son, ahora falta decidir quiénes son las arañas. Y quiénes las moscas.
Por lo pronto, lo que queda claro es que sirven para amplificar los detalles, para convertir en noticia lo que no lo es y para hacer de altavoz de causas perdidas, colectivos no escuchados o empeños absurdos de cuatro amigos. Lo que antes no hubiera pasado de perreta ahora puede convertirse en   información,   sobre todo porque el periodismo convencional bebe peligrosamente de Twitter. En fin, como todo, pasará.
Viene esta reflexión a cuento porque gracias a las famosas redes sociales acabo de saber que esta semana, un grupo de trabajadores de Barcelona comienzan una huelga de hambre en un presunto gesto de solidaridad con un compañero que fue despedido hace unos meses. Tienen un completo plan de acción que incluye desde charlas, manifestaciones y ruedas de prensa hasta una paella popular, para que no se diga que no utilizan bien todas las armas de la comunicación a su alcance, las digitales y las analógicas.
Bueno, todas menos la que hubiera sido la razonable: recurrir la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña que calificaba el despido como improcedente pero obligaba a la compañía, que si no recuerdo mal era Telefónica, a pagar una multa, no a readmitir al empleado. La sentencia tiene más de cuatro meses y no ha habido recurso alguno. Bueno, todas menos la que hubiera sido la razonable: recurrir la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña que calificaba el despido como improcedente pero obligaba a la compañía, que si no recuerdo mal era Telefónica, a pagar una multa, no a readmitir al empleado. La sentencia tiene más de cuatro meses y no ha habido recurso alguno. Bien al contrario, el trabajador despedido –de forma improcedente, sí, pero en un proceso que ha cumplido los parámetros legales para ello-, de nombre Marcos Andrés Armenteros, se guardó convenientemente su indemnización, que ascendió a casi 118.000 euros, que naturalmente no tiene intención alguna de devolver, y es ahora cuando monta el lío. Mediático, claro. Armenteros es un experto en la materia de la revolución social, sobre todo de la revolución social-media. Si metes su nombre en Google te salen un millón ochocientos mil resultados en tres segundos.

Atando cabos
Un lío mediático que mezcla asuntos particulares con otros generales, y que nace al calor de los diversos fuegos en los que estamos inmersos, a tres semanas de las elecciones catalanas más controvertidas de nuestra historia reciente y a quince días de la segunda huelga general de este año, el próximo día 14 de noviembre, fecha que figura como fin de fiesta en el programa de festejos de los huelguistas.
El empleado, técnico de planta y afiliado a un sindicato minoritario y particularmente   guerrero,   fue   despedido simplemente porque faltaba reiteradamente al trabajo, siempre alegando enfermedades. La compañía, no olvidemos que con todo su derecho, decidió que su absentismo laboral, reiterado y cíclico, no era justificable, aunque el trabajador presentaba bajas médicas. En un ámbito reducido como una oficina, no es difícil atar cabos. Y los cabos hablaban claramente de que este individuo tenía una segunda profesión que le exigía ensayos y preparaciones, que coincidían exactamente con las fechas en las que no aparecía por la oficina.
En un país civilizado y sano no vale todo. Pero si hay un momento en que eso aplica más que nunca, es éste. Parece increíble, pero ocurre. Profesionales con un buen trabajo que se la juegan, al calor del sindicato, creyendo que lo del contrato eterno todavía existe. Y sindicatos erráticos, que han hecho del berrinche su bandera y que lejos de aportar nada a las empresas, a los trabajadores o al tejido económico, se prestan a pantomimas dinamitando más todavía nuestro maltrecho sistema.
Los trabajadores que aún quedamos en activo merecemos que alguien serio vele por nuestros derechos, pero también es responsabilidad de las empresas no consentir abusos ni desviaciones. Cuando clamamos por la tan cacareada productividad, también estamos hablando de esto.

Goyo