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La menor fue violada y estrangulada a pocos metros de su casa, en Blanes

Se cumplen 26 años sin pistas del asesinato de Silvia Cobo, de 17 años

Octubre 6, 2013

En la madrugada del 10 al 11 de octubre de 1987 tuvo lugar uno de los asesinatos más espantosos que se recuerdan en la localidad gerundense de Blanes, y del que esta semana se cumplen 26 años sin que nadie haya sido sentenciado por la salvaje violación y asesinato de la niña de 17 años Silvia Cobo Ruano.

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Aquella noche, Silvia había salido a tomar algo con un par de amigas a la discoteca El Cortijo, en Blanes, y hacia las dos de la madrugada decidieron volver a casa. Al llegar a la avenida de Los Pavos, a pocas calles del domicilio de la menor, las amigas se separaron. A las 10 de la mañana, los padres de Silvia acudieron al cuartelillo de la Guardia Civil a presentar una denuncia por desaparición, ya que su hija no había regresado a casa y sus amigas decían que no habían vuelto a saber de ella desde el momento en que se separaron. A la misma hora, una vecina de la avenida Los Pavos observaba un bulto extraño tras unos arbustos, en el fondo de un desnivel de arena ubicado en un descampado cercano. Acababa de encontrar el cadáver de Silvia Cobo.

El cuerpo tenía los pantalones bajados y signos evidentes de violación. En la garganta de la niña se apreciaban todavía nítidamente las marcas de los dedos de su asesino. Al reconocer la zona, los guardias civiles encontraron el bolso de Silvia en un contenedor de basura. El informe forense determinará que el corazón de la chica dejó de latir entre las 4 y las 5 de la madrugada.

El entorno sospechoso

Los investigadores pensaron que el asesino era alguien del entorno cercano a la víctima, que sabía que la joven llegaría sola a su casa, de noche, y decidió esperarla en las proximidades del inmueble. Tras secuestrarla, la habría llevado al descampado para violarla y estrangularla. El criminal se amparó en la ausencia de alumbrado público de la zona, un hecho que había sido objeto de numerosas denuncias por parte de los vecinos y que había permitido, en el pasado, algún intento de violación. Esta circunstancia fue recordada por algunos de los tres mil asistentes a la manifestación de dolor y rechazo de la violencia que recorrió las calles de Blanes el 12 de octubre de 1987.

Con la hipótesis del asesino-conocido-de-la-víctima como primer planteamiento de trabajo, la Guardia Civil indagó en la vida de Silvia Cobo en busca de pistas. A la chica, hija única, no se le conocían enemigos, compaginaba sus estudios de tercero de BUP en el instituto Sa Palomera con un trabajo a tiempo parcial en el camping Solmar. Los sábados por la noche solía tomarse un respiro e iba con sus amigas a la discoteca a bailar y divertirse antes de volver a casa de sus padres, que regentaban un bar a las afueras de Blanes.

Los inicios de la genética forense

En 1987 las técnicas policiales relacionadas con la genética forense estaban todavía en mantillas. Por eso, la Policía de Barcelona decidió contactar con Scotland Yard al conocer que el forense inglés Alec Jeffreys estaba desarrollando un método –también bastante incipiente- de identificación de delincuentes a partir de restos genéticos de ADN: la “huella dactilar genética”. Los investigadores del caso de Silvia Cobo sospechaban de un conocido de la víctima, al que habían interrogado durante horas sin resultados, por lo que enviaron una muestra de material genético del sospechoso a Londres junto con unas manchas encontradas en la ropa de la mujer. Se trataba de un individuo que la molestaba últimamente y que tenía perturbadas sus facultades mentales. Los estudios científicos de Jeffreys determinaron que no había relación entre esa persona y quien había violado y estrangulado a la joven.

Una vez descartado el perturbado como sospechoso, los guardias civiles centraron las pesquisas en la identificación de tres individuos, ocupantes de un turismo que fue visto cerca del lugar de los hechos. Además, intuían que una de estas personas, un hombre de unos 30 años, podría ser la misma persona que días antes del crimen había intentado agredir sexualmente a una amiga de Silvia. El 15 de octubre, cuatro días después del asesinato, el Instituto Armado anunciaba la detención de Juan Antonio G.T., mecánico de automóviles de Blanes, de 22 años, por su supuesta relación con los hechos.

Sospechoso por descarte

Antes de su arresto, Juan Antonio había sido interrogado hasta en dos ocasiones, como tantos otros vecinos de la víctima. Los investigadores detectaron que las respuestas que había ofrecido en sus dos comparecencias en dependencias policiales diferían en algunos puntos, por lo que dedujeron que trataba de ocultar algo, y el juez encargado del caso decretó su libertad condicional con cargos a la espera de juicio. En diciembre de 1991, y sin ningún avance en las investigaciones, el mismo juzgado ordenaba su ingreso en prisión, fijando la fecha del juicio para seis meses después. La fiscalía pedía 32 años de cárcel y la acusación popular, 40. Finalmente, el 20 de junio de 1992, la Audiencia Provincial de Gerona absolvía a Juan Antonio de todos los cargos, al estimar que no existían ni pruebas ni indicios que permitiesen vincular al procesado con los delitos que se le imputaban, por lo que prevalecía la presunción de inocencia. Desde entonces, la violación y el asesinato de Silvia Cobo Ruano permanecen instalados en el ominoso espacio de los crímenes impunes.

José Manuel Gabriel