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Junto al cuerpo se encontró una pequeña caja de caudales vacía

Se cumplen 26 años del crimen del Teatro Arriaga, sin que haya sido descubierto el asesino

Octubre 28, 2014

La víctima, un vigilante nocturno, falleció desangrado tras recibir un fuerte golpe en la cabeza durante una de sus rondas.

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El cadáver de Javier Martín Uriarte Olarte, de 25 años, vigilante nocturno de seguridad del Teatro Arriaga de Bilbao, fue descubierto en el vestíbulo de la sala en la mañana del 27 de octubre de 1988. Cuando el compañero de Javier llegó a las instalaciones, a las 6:30, para darle el relevo, se encontró con la puerta cerrada y con que nadie atendía a sus insistentes llamadas.

Finalmente, una patrulla de la Policía Municipal de Bilbao lograba acceder al teatro donde descubría el cadáver del vigilante sobre un charco de sangre. Junto al cuerpo se encontraba una pequeña caja de caudales vacía, por lo que se sospechó que el móvil del crimen había sido el robo, o tal vez fuese sólo una pista falsa dejada por el asesino para despistar a los investigadores.

Solo y desarmado
 
La autopsia reveló que Javier Martín había sido golpeado violentamente en la cabeza con una barra de mecanotubo de un andamio cercano al edificio del teatro, lo que le ocasionó una gran pérdida de sangre y, a la postre, el fallecimiento. El vigilante asesinado, que estudiaba para maestro, carecía de autorización para portar armas de fuego; sólo disponía de un intercomunicador para hablar con la central de su empresa de seguridad, a todas luces inútil puesto que las oficinas de la compañía cerraban por la noche.
 

Un mes después del crimen, la Policía detenía a un excompañero de trabajo de la víctima por su presunta relación con el asesinato. Según las conclusiones presentadas por el fiscal en el juicio, el sospechoso, Marcelino S.T., casado y padre de dos hijos, estaba en paro, tenía cuantiosas deudas de juego y sus acreedores no le daban tregua.

Deudas de juego

El Ministerio Público consideraba que, tras matar al vigilante, el sospechoso forzó la pequeña caja de caudales, pero ésta no tenía dinero en su interior; sólo había un manojo de llaves. Luego, supuestamente, se dio a la fuga dejando cerrada la puerta del teatro. El fiscal pidió para él 28 años de cárcel.

La defensa, por su parte, reveló la existencia de otra caja de caudales en el teatro, que el acusado conocía por haber trabajado allí. Según los abogados, en esa caja había dinero y armas, y su defendido no habría tenido problemas para llevarse el botín. Si no lo hizo fue sencillamente porque él no cometió el asesinato ni se encontraba en la escena del crimen aquella noche. Fue ésta la tesis que se impuso y, pocos días después de concluir el juicio, el tribunal absolvía al procesado por falta de pruebas concluyentes.

 
José Manuel Gabriel