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Nadie pudo dar ninguna explicación sobre el hecho de que se hubiesen esfumado

Se cumplen 26 años de la desaparición de los hermanos Orrit Pires del Hospital Sant Joan de Deus de Manresa

Septiembre 2, 2014

Dolores acudía casi todos los días al centro médico donde su hermano Isidro convalecía de una infección, hasta que una noche ambos menores desaparecieron sin dejar rastro.

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Los hermanos Dolores e Isidro Orrit Pires -17 años ella, 6 años él- desaparecieron misteriosamente la noche del 4 al 5 de septiembre de 1988 del hospital Sant Joan de Deus de Manresa, en el que estaba ingresado el pequeño. Los niños habían perdido a su padre hacía una par de meses y la madre, María, con 14 hijos, se vio obligada a ampliar su jornada laboral con distintos trabajos para garantizar el sustento de toda la familia. La noche de la desaparición, María pidió a su hija Dolores que fuese al centro hospitalario para pasar la noche con Isidro, que estaba ingresado con una infección en la boca y la garganta y debía pasar por el quirófano al día siguiente. El personal del centro asegura que vio a los dos menores por última vez a las once de la noche, y que a eso de las seis de la mañana se apercibieron de su ausencia.

A la mañana siguiente, la Policía se presentaba en el humilde piso de la familia Orrit, una infravivienda ubicada en una fábrica abandonada del barrio de Sant Pau, a las afueras de Manresa, para indagar por el paradero de Isidro, ya que el personal del hospital no daba con él y estaba programada su intervención quirúrgica para esa misma mañana. Cuando María, la madre, acudió alarmada al hospital, nadie le pudo dar ninguna explicación sobre el hecho de que sus dos hijos se hubiesen esfumado durante la noche y nadie viese ni escuchase nada extraño. Los responsables del centro le dijeron que aquello no era una cárcel para controlar quien salía o entraba, y lo cierto es que nunca más se ha vuelto a saber nada de Dolores e Isidro Orrit.

Tras la correspondiente denuncia en comisaría, este caso fue calificado inicialmente por la Policía como “de riesgo”, al igual que los de otros miles de menores esfumados sin dejar ni rastro en España en los últimos años, muchos de ellos sin encontrar eco en los medios de comunicación. Se trata de una presunción policial para el inicio de pesquisas en las que se parte de los supuestos de desaparición involuntaria del pequeño, ausencia de antecedentes por fugas y carencia, asimismo, de problemas personales o familiares. Es decir, los agentes encargados del caso Orrit comenzaban a buscar a los hermanos teniendo en mente la posibilidad de un secuestro así como la existencia de riesgo para la integridad física de ambos. Todo ello con la lógica inquietud que conllevaba que los desaparecidos fuesen menores de edad.

De este modo, los agentes peinaron todos el centro hospitalario, habitación por habitación, y recorrieron cada palmo de las calles adyacentes. También interrogaron a médicos, enfermeras y personal administrativo, sin dar con la más mínima pista para poder resolver la desaparición de Dolores e Isidro. Acudieron a Valencia para atender la llamada de una mujer que aseguraba haber visto a los menores en la capital del Turia, pero regresaron con las manos vacías. Tampoco sacaron nada en claro tras investigar una serie de llamadas misteriosas recibidas por la madre, María, a lo largo de todo un día, en las que el interlocutor guardaba silencio durante un rato antes de colgar el teléfono.

Llamando a todas las puertas: policías, detectives y videntes
 
La familia está convencida de que alguien secuestró a los pequeños, quizás una persona próxima a la familia, y justifica su falta de noticias por la escasa escolarización de ambos, que apenas sabían leer y escribir cuando desaparecieron. Pero tampoco saben quién pudo habérselos llevado: no tenían conocidos fuera de la familia y tampoco dinero ni enemigos. Una de las primeras hipótesis con la que trabajó la Policía pasaba por que la joven, Dolores, tuviese algún amigo con el que había planeado fugarse, y decidió llevarse con ella a su hermano Isidro, porque le tenía un gran afecto y habitualmente cuidaba de él. Tampoco era una teoría muy consistente y, además, las gafas de ver de la menor aparecieron sobre la mesilla de noche de la habitación del hospital, junto con las mudas de ropa que había llevado a Isidro, y Dolores casi no podía ver sin las gafas para corregir su astigmatismo. La impresión de los policías fue que la habitación estaba ligeramente revuelta, como si la marcha de ambos hubiese sido forzada y apresurada. Poco más, toda vez que en 1988 el Hospital Sant Joan de Deus no disponía de fichas de control de entradas y salidas ni de cámaras de seguridad.
 
La Guardia Civil y la Policía Local de Manresa también se implicaron a fondo en el caso, y las hipótesis de trabajo policial se multiplicaban con el mismo ritmo que se iban descartando. Fueron interrogados compañeros de colegio y amigos de los pequeños y se llegó a seguir alguna pista relacionada con el tráfico de órganos, pero todo fue en balde. En un último intento de dar con su paradero, los investigadores avanzan la posibilidad de que algún miembro de la familia Orrit hubiese decidido llevarse a los pequeños para ofrecerles una vida mejor que la que disfrutaban hacinados en su pequeño piso, con muy escasos recursos. Se supo que los menores tenían parientes adinerados en Portugal, y varios agentes se desplazaron al país vecino, concretamente a la freguesía de Silvares, para concluir como empezaron: no encontraron nada. El juzgado decidió entonces archivar el caso.

Más de 20 años después, todas las gestiones realizadas por la Policía y por un detective privado que se ofreció a indagar el caso de manera gratuita han resultado infructuosas. Nadie vio nada y no se ha podido hallar ni una pista sólida que conduzca al paradero de los hermanos Orrit. María, la madre, dice que hace mucho tiempo que los investigadores dejaron de interesarse por este caso y ha realizado varios llamamientos desesperados a diversas instituciones catalanas para que le ayuden a saber qué ha sido de sus hijos. La mujer, desesperada, ha llegado a visitar a videntes, agarrándose a lo que sea para poder localizar a sus hijos, que hoy tendrían 43 (ella) y 31 (él) años de edad. Una vidente le aseguró que seguían vivos, y a ello se aferra la familia para seguir luchando sin desmayo contra el tiempo, el olvido y el misterio.José Manuel Gabriel