Menú Portada
Los cuerpos de Joseba Ziliaurren e Idoia Ortuondo aparecieron semienterrados en una zona boscosa de la Sierra Ganguren

Se cumplen 24 años del crimen de los novios de Galdakao sin la más mínima pista sobre los asesinos

Abril 13, 2014
pq_928_galdakao3.jpg

Joseba Ziliaurren Pérez, de 25 años, y su novia, Idoia Ortuondo Atutxa, de 23, salieron a dar una vuelta en la tarde del Viernes Santo de 1990. Él vivía en Galdakao, en Vizcaya, y ella en la vecina localidad de Aránzazu. Dos días después una patrulla de la Ertzaintza descubrió el vehículo de la pareja, un Ford Fiesta XR2, en un terreno abrupto cercano al Parque de Atracciones de Bilbao, y poco más tarde hallaba los cuerpos de los jóvenes cosidos a puñaladas y semienterrados en una ladera del monte Padrola, junto al Alto del Gallo, en la Sierra Ganguren (Bilbao).

Joseba trabajaba en Bermeo, en una plataforma marítima de extracción de gas. No se le conocían enemigos y sus compañeros le consideraban una buena persona. Los asesinos le asestaron 9 puñaladas, le cortaron la garganta hasta prácticamente seccionar la cabeza del tronco y luego echaron tierra sobre él. Su cadáver fue el primero en aparecer, ya que una de sus manos sobresalía de su improvisada tumba. Dos horas después, los agentes descubrían a escasos metros el cuerpo sin vida de Idoia, estudiante de informática. Había recibido seis puñaladas y estaba semioculta bajo unos helechos.
 
La autopsia reveló que no había señales de lucha, que los cadáveres conservaban todas sus ropas y que no presentaban muestras de haber sufrido una agresión sexual. Pero los asesinos se habían ensañado con la pareja. Los jóvenes tenían las caras vendadas con esparadrapo, las bocas tapadas con trapos y las manos y los pies atados con sogas a la espalda. Los ertzainas que les encontraron -e incluso, el propio juez que asumió la investigación del caso, Alfonso González Gija– quedaron impresionados por la brutalidad que reflejaban las heridas infligidas con un arma blanca de grandes dimensiones.

Sectas y drogas: en busca del móvil

La zona en la que aparecieron los cuerpos, la ladera de uno de los montes que componen la Sierra Ganguren, en Galdakao, había sido escenario años antes de una cadena de asaltos y agresiones a parejas que acudían al lugar por la noche en sus vehículos. Pero la policía desechó rápidamente esta hipótesis, como también quedó descartada la posibilidad de que los crímenes los hubiese cometido algún tipo de secta. Los investigadores se toparon con la ausencia de móvil. No existía, aparentemente, ningún motivo para haber cometido el asesinato de una pareja de jóvenes absolutamente normal, sin enemistades ni problemas.
La ausencia de señales de lucha hizo sospechar que Idoia y Joseba conocían a sus agresores. El Juzgado de Instrucción número 8 de Bilbao, que instruyó el sumario, barajó como principal hipótesis que el doble crimen hubiese sido perpetrado por narcotraficantes. Pudiera ser que cerca del lugar de los asesinatos había droga escondida y que, al faltar cierta cantidad, los asesinos pudieran haber echado la culpa a la pareja; o también que los novios se topasen con los traficantes de droga cuando éstos se encontraban en plena actividad delictiva.
Sin sospechosos, sin pistas
 
En octubre de 1990, la Ertzaintza llegó a arrestar a cinco individuos por su presunta vinculación con los hechos, todos ellos con antecedentes penales por narcotráfico, pero quedaban en libertad poco después por falta de pruebas. Un mes más tarde, en noviembre, la Policía Autónoma Vasca arrestaba a otros dos jóvenes con un largo historial de delitos relacionados con la venta de drogas y asaltos a mano armada, pero igualmente quedaron libres. También se investigó si Joseba había sido testigo de la comisión de un delito grave desde su trabajo en la plataforma gasística. Todo conjeturas, ninguna pista fiable. Veinticuatro años después, el caso del doble crimen de los novios de Galdakao sigue clamando Justicia.
José Manuel Gabriel