Menú Portada
Se sospecha de un ajuste de cuentas por narcotráfico

Se cumplen 22 años del doble crimen de Meis, sin pistas sólidas para condenar a los autores

Diciembre 10, 2014

Las dos víctimas fueron descuartizadas y enterradas en cal viva en el foso de un taller mecánico

pq_929_crimen_meis.jpg

A finales de 1992 tuvo lugar el llamado “doble crimen de Meis”. La Policía halló los restos de Luis Otero Villar y Eugenio Manuel Simón Pedreiro en el interior de una fosa séptica a la que se había arrojado una gran cantidad de cal viva. Los cadáveres habían sido descuartizados, y la fosa se encontraba en el interior de un taller de reparación de automóviles de Meis, en Pontevedra. Los investigadores pensaron que estaban ante un nuevo ajuste de cuentas derivado del tráfico de drogas.

Poco después se dictaba auto de detención de tres sospechosos: Antonio Silvestro, propietario del taller; Jean Baptiste Alvarez, alias El Francés, y Juan Carlos Paredes, conocido como El Cicatrices, quien se encontraba en paradero desconocido. A los dos últimos se les consideraba autores materiales del doble asesinato. También se procesaba a Fernando Subarís, socio de Antonio Silvestro en el taller, acusado de encubrimiento. 

Una venta fallida de coca

Silvestro tenía contraída una deuda de siete millones de las antiguas pesetas por la compra de dos kilos de cocaína a Luis Otero y Eugenio Simón, conocidos camellos de la zona de Cangas de Morrazo. Comoquiera que éstos comenzaran a presionar al empresario para que les pagase, éste decidió urdir un plan para deshacerse de ambos. Para ello contactó con Alvarez y Paredes, ambos con numerosos antecedentes policiales, y les contrató como matones a sueldo.

Continuando con la tesis de la Fiscalía, Silvestro citó a Otero y Simón, los dos camellos, en su taller de Meis asegurándoles que iba a saldar la deuda. Era el 13 de diciembre de 1992. Los narcotraficantes acudieron confiados en un vehículo que aparecería días después abandonado en el aeropuerto de Vigo. Nada más entrar en el taller, los matones dispararon a la cabeza de las dos víctimas, cobraron medio kilo de coca como pago a su trabajo, y abandonaron la escena del crimen. Una vez a solas con los cadáveres, Antonio Silvestro llamó a su socio, Fernando Subarís, para que le ayudara a descuartizar los cuerpos. Luego, arrojaron los restos a la fosa séptica del taller y los cubrieron de cal viva. 

La pista de las armas

En 1994, casi por casualidad, la Guardia Civil encontró una pista para desentrañar el doble crimen. La Benemérita investigaba una serie de atracos violentos en Valladolid y logró detener a uno de los autores, Rolando Cancela Veiga. Éste declaró durante su interrogatorio que las armas empleadas en los atracos habían servido para matar a dos personas en un taller de Meis. El juez de Cambados que llevaba el caso ordenaba, el 21 de febrero de 1994, el registro del local de reparación de vehículos. Al vaciar la fosa séptica, los guardias civiles hallaron piezas dentales, uñas, fragmentos óseos, mechones de pelo y un proyectil de bala del mismo calibre que el arma intervenida en Valladolid. La prueba de ADN confirmó la identidad de una de las víctimas.

En el juicio, el fiscal pidió 70 años de cárcel para los tres principales imputados, y estos declararon no tener nada que ver con el doble crimen. Silvestro declaró conocer a uno de los fallecidos, con el que pretendía realizar una operación de contrabando de tabaco que finalmente no se llevó a cabo. Sí admitió haber echado cal viva a la fosa porque –según dijo- se había atascado con los cadáveres de dos perros que había metido allí porque no sabía dónde enterrarlos. También explicó que los restos humanos que aparecieron fueron puestos por alguien con la intención de perjudicarle.

Una absolución y muchas incógnitas

Finalmente, el 13 de febrero de 1997, la Audiencia Provincial de Pontevedra absolvía a los sospechosos por falta de pruebas. La sentencia afirmaba que todos los restos humanos encontrados pertenecían a Luis Otero, por lo que no hay pruebas de que Eugenio Simón hubiese sido asesinado, como tampoco las había de la implicación en los hechos de los detenidos. El juez explicaba que los datos expuestos por la fiscalía carecían del más mínimo soporte probatorio, ya que se basaban en conjeturas y suposiciones no acreditadas. A día de hoy sigue sin saberse ciencia cierta quién mato a Otero como igualmente se desconoce el paradero de Eugenio Simón

José Manuel Gabriel