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Los responsables del centro, especializado en patologías mentales, aseguran que la menor se escapó de madrugada cuando la desataron para ir al baño

Se cumplen 21 años de la misteriosa desaparición de la niña Gloria Martínez de una clínica de Alfaz del Pí (I)

Octubre 27, 2013
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Exponemos esta semana otro extraño suceso de desaparición, en los días en que se cumplen exactamente 21 años sin noticias de Gloria Martínez, al tratarse de un suceso en el que la familia siempre ha defendido que existen indicios no sólo de comportamiento negligente –e incluso criminal- por parte de los responsables y empleados de la clínica psiquiátrica donde estaba internada la chica, de 17 años, sino también porque en todo este tiempo no se ha obtenido ni una sola pista fiable que lleve a su localización o la de sus restos.

El caso de Gloria Martínez Ruiz y lo que sucedió en el centro médico Torres de San Luis la noche del 29 al 30 de octubre de 1992 también le ha quitado el sueño –así nos lo aseguran- a un buen número de agentes y mandos policiales de Alicante y Madrid, que garantizan que no olvidan esta desaparición y seguirán trabajando hasta que consigan algún dato que alivie el dolor de la familia de la pequeña.

Cura de reposo

En 1992, Gloria Martínez Ruiz era una estudiante de 17 años que residía con sus padres y su hermana menor en el barrio Florida-Portazgo de Alicante capital. Era bastante nerviosa, hasta el punto que había llegado a desarrollar un cuadro psicótico agudo con episodios de ansiedad, insomnio y pérdida de apetito, por lo que sus padres la llevaron a la consulta privada de la psicóloga María Victoria Soler. Tras unas semanas de tratamiento, y en vista de que el estado de salud general de Gloria no mejoraba, la doctora Soler recomendó a la familia el ingreso de la menor en la clínica Torres de San Luis, una casa de reposo ubicada en medio del campo, en el término municipal de Alfaz del Pí, donde se trataban pacientes con estrés y depresiones.

Los padres de Gloria Martínez tuvieron claro que, si aquello era lo mejor para la salud su hija, había que internarla a pesar de las 40.000 pesetas diarias de la época que costaba el tratamiento en Torres de San Luis y de los sacrificios que aquello iba a suponer para una familia de clase media. En la mañana del 29 de octubre de 1992 llegaron a la clínica con Gloria en lo que iba a ser la última vez que la viesen. Más que una clínica o una residencia, Torres de San Luis era un verdadero complejo formado por varias construcciones.

El edificio principal albergaba las consultas, cocina, cafetería, comedor y dependencias administrativas; en una serie bungalows anexos -dotados de dormitorio, cuarto de baño y sala de estar-, se alojaban los pacientes; una piscina y amplios jardines completaban el lujoso y bucólico escenario de nuestro caso abierto de hoy. Los jardines estaban salpicados con muretes de medio metro, y todo el recinto rodeado de una valla de entre dos y cuatro metros de altura, según fuese la orografía del terreno.

Fuertemente sedada

El día del ingreso de Gloria, el personal del centro se componía de cuatro personas: dos enfermeras -una de ellas titulada como ATS y la otra como auxiliar-, y un matrimonio de trabajadores rumanos que vivían en uno de los bungalows y se encargaban de la jardinería, la limpieza y las comidas. La reconstrucción de lo que pasó en las horas siguientes proviene necesariamente de los datos aportados a la causa por estos cuatro testigos, independientemente del grado de credibilidad que cada uno quiera conceder a sus palabras.

Según los responsables de la clínica, el nerviosismo de la menor aumentó considerablemente al marcharse sus padres y encontrarse sola en un entorno desconocido, por lo que procedieron a sedarla con cuatro dosis de 75 miligramos de Haloperidol, Largactil y Sinogal. Como los calmantes no hacían suficiente efecto, decidieron atar a Gloria a su cama de pies y manos, situación en la que permaneció hasta la una y media de la madrugada, cuando pidió a una de las enfermeras que la desatara para poder ir al baño. Siempre según la versión de la clínica, cuando la pequeña se vio libre de sus ataduras propinó un fuerte empujón a la enfermera, se lanzó por una ventana baja desprovista de rejas, cruzó el jardín, saltó la valla y se dio a la fuga.

Las lagunas de la versión oficial

Este relato, como veremos a continuación, contiene elementos difíciles de creer. De entrada, Gloria tenía una miopía de 8 dioptrías en cada ojo, y no resulta creíble que la niña huyese sin sus gafas ni sus lentillas, que aparecieron en la mesilla junto a la cama. En plena noche cerrada, viendo sólo sombras y colores borrosos, y fuertemente sedada, la pequeña tuvo que esquivar los muretes del jardín a la carrera antes de saltar una valla de unos dos metros de altura y continuar a campo abierto a toda velocidad.

Además, los responsables de la clínica tardaron varias horas en avisar a la Guardia Civil, que recibió la primera llamada alertando de la desaparición de la paciente a las ocho y media de la mañana, siete horas después de los hechos. Los agentes que acudieron al complejo no encontraron vestigios de la fuga en el lugar indicado por las enfermeras: no había huellas en el jardín, ni en la valla, ni manchas de tierra, ni siquiera rastros del salto de una persona desde gran altura en el lado exterior de la verja.