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El último habitante de esta pequeña localidad pirenaica, Josep Montané, fue apaleado y estrangulado hasta la muerte hace ahora 19 años

Sangre sobre la nieve: los crímenes del pueblo maldito de Tor y las luchas fratricidas por la propiedad de la montaña

Julio 20, 2014

El minúsculo pueblo de Tor, en el Pirineo catalán, fronterizo con Andorra y antigua referencia estratégica para los contrabandistas, esconde los secretos de una serie de violentas muertes, siendo la más reciente y polémica, la de Josep Montané Baró, conocido como Sansa, asesinado en julio de 1995 cuando, a sus 70 años, era el último habitante que quedaba en Tor.

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Sin agua corriente, luz, ni teléfono, el pueblo disponía, a mediados del siglo pasado de una enorme riqueza forestal gracias a las 4.800 hectáreas de monte que lo circundan. En el lejano 1896, sus entonces trece vecinos habían constituido una Sociedad de Condueños de la Montaña, con vistas a su explotación. A mediados de los años 70 del siglo XX, una empresa andorrana propuso la creación de una urbanización turística con pista de esquí, y los vecinos se dividieron ante la oferta.

Uno de ellos, Jordi Riba, conocido como Palanca, encabezó la oposición al proyecto empresarial, y dos de sus trabajadores fueron asesinados en julio de 1980 por pistoleros a sueldo de la sociedad andorrana. Los asesinos, Dionisio Rodrigo y Ramón Miró, fueron detenidos y condenados, pero el ambiente en la población ya se había enrarecido hasta el extremo de obligar a intervenir algunas ocasiones a la Guardia Civil.

Las amenazas de los herederos y la muerte de Sansa

Tras una serie de demandas y litigios interminables, en febrero de 1995 un juzgado concedía la titularidad exclusiva de la montaña a Montané Sansa, quien inició los trabajos para construir una urbanización respetuosa con la naturaleza, inspirada en la estética hippie. Uno de los trabajadores que había contratado para ello, Boro Esteve, fue quien descubrió el cadáver del anciano, que murió apaleado y estrangulado con un cable eléctrico, y tenía el cráneo completamente aplastado. Era el 21 de julio de 1995.

Una nota encontrada junto al cuerpo llevó a la Guardia Civil al arresto de un joven, de 28 años, quien se declaró inocente. Explicó que había sido contratado meses antes por Sansa como guardaespaldas debido a las amenazas que éste recibía por parte de los herederos de los antiguos vecinos del pueblo, pero que abandonó el trabajo dos meses antes del crimen por el mal carácter del anciano. También dijo que el día en que se descubrió el cadáver, había regresado a Tor a recoger algunas pertenencias, y por eso apareció una nota manuscrita suya en el lugar del crimen. El juez le creyó y le puso en libertad.

Un litigio interminable

En octubre de 1995 eran arrestados en La Seu d’Urgell Josep Mont Guitart y la brasileña Merli Pinto Gomes, relacionados con el mundo del contrabando. Los agentes consideraban que habían matado a Montané por venganza, ya que éste había revocado ante notario un contrato que nombraba al detenido administrador de la finca con amplios poderes. Ambos detenidos se declararon inocentes y muy afectados por el fallecimiento del anciano, al que –dijeron- apreciaban. Como no aparecen pruebas concluyentes, la pareja queda en libertad tras dictar un tribunal su absolución.

Tras la muerte de Sansa, la Justicia dividió la propiedad de la montaña entre los herederos de sus 13 primeros propietarios, lo que no satisfizo a ninguno de ellos, que recurrieron la sentencia. El asesinato, mientras, sigue envuelto en el misterio de un pueblo minúsculo, casi deshabitado y perdido entre los barrancos del Pirineo leridano.

José Manuel Gabriel