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Contraste entre el nuevo premio Príncipe de Asturias y la mayoría de los atletas enviados a Pekín

Rafa Nadal, un ejemplo difícil de seguir para los deportistas españoles

Septiembre 3, 2008

Rafa Nadal, en el mejor año de su vida deportiva, fue elegido ayer premio Príncipe de Asturias de los Deportes. Después de muchos años con polémica, la elección del tenista manacorí no ha causado la sorpresa ni la indignación entre nadie, como por ejemplo cuando hace dos años se otorgó la distinción a Fernando Alonso. La selección de fútbol, campeona de Europa, acabó en tercera posición entre los candidatos y el americano Michael Phelps, el mejor olímpico de la historia moderna fue segundo para el jurado. Tampoco hubiera sido un mal ganador, todo lo contrario, cosa que no hubiéramos podido decir si los ganadores hubiesen sido los futbolistas.

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Con la tradición impuesta por el jurado de los premios Príncipe de Asturias, cuando la selección española de fútbol quedó entre los tres finalistas del galardón, nos temimos lo peor. Nuevamente el premio más importante del deporte español podía recaer en una simple gesta, en un único esfuerzo, frente al mérito que supone el esfuerzo continuado de una carrera entera, de años de sacrificio y preparación para alcanzar la gloria, y no el simple éxito por generación espontánea que significa ganar un torneo de futbol. Uno se sigue preguntando por qué no lo tienen Angel Nieto o Manolo Santana, y sí Sito Pons, Fernando Alonso o la selección de baloncesto. En fin, cosas de jurados.
Pero aprovechando el galardón a Rafa Nadal -que cuando lean este artículo es más que posible que esté en semifinales del Open USA, un Grand Slam que sólo Manuel Santana y Manuel Orantes han logrado para España- he encontrado la excusa perfecta para escribir unas líneas sobre los pasados Juegos Olímpicos de Pekín. Las 18 medallas conquistadas por la delegación española -286 deportistas y otros tantos técnicos, jueces, médicos, fisios, ayudantes y vividores- nos supieron a poco. No digo a fracaso porque no lo fue, teniendo en cuenta que es la segunda mejor cosecha de toda la historia tras las 22 preseas de Baercelona’92. No, no hubo fracaso colectivo, lo hubo por deportes.
Fracaso rotundo en el estadio, en el atletismo, el deporte olímpico por excelencia. Unos Juegos pueden vivir sin fútbol pero nunca sin atletismo, la esencia misma del olimpismo. En el estadio es donde más medallas se ponen en juego y tras veinte años logrando alguna medalla en este deporte, España se vino de vacío. ¿Por qué, si además era con mucho el grueso de la expedición? ¿Por qué si algunos de los nuestros eran los favoritos en sus modalidades por su nivel en los ránking mundiales? Nadie va a responder a esta pregunta, aunque el dedo señala claramente hacia el responsable de esa federación, que parece feliz con llevar cada vez a más atletas a los grandes eventos, Juegos y Mundiales.
Los que siguieran las retransmisiones por TVE –el 50 por ciento de las veces en diferido, aunque ustedes no lo supieran- tuvieron la oportunidad de oír a todos los atletas españoles justificar sus fracasos. Ya hemos llegado al techo de no tener ni que justificarse, ya vale hasta el admitir que “he estado mal y punto y la próxima vez corres tú que eres tan listo”. Y yo pregunto: ¿Cuánto le costó a las arcas del Estado la presencia de cada atleta español en Pekín? ¿Cuántos de los 286 deportistas justificaron su presencia y cuántos realmente debieron estar?

Consejos al secretario de Estado

Escuchaba la otra mañana al secretario de Estado reconocer en una emisora que los resultados no fueron lo esperado. Lo más sensato que ha dicho en los últimos seis meses. Y al mismo tiempo añadía que si alguien tenía ideas para mejorar la cosa que se las mandasen. Buena iniciativa. ¿Quiere alguna para el atletismo? Muy fácil: no basta con lograr las mínimas, hay que ratificarlas diez días antes de las competiciones. Y durante las competiciones, control absoluto de los atletas en las concentraciones, nada de manga ancha y como a unos Juegos se va una vez en la vida, a disfrutarlos. Que disfruten tras las competiciones, no antes. ¿Ejemplos? En los pasados mundiales de Atletismo Suecia fue con media docena de atletas y se llevó cuatro medallas. A imitarlos, que vayan diez si no hay más, pero ya está bien de los mismos nombres de hace ocho años o más paseándose de turismo.
Lo mismo reza para la natación, otro deporte que salvo la sincronizada ha hecho el ridículo, con un único finalista en toda la delegación. ¿De qué valen las mínimas –durísimas, por cierto-, tres meses antes? Para llegar muertos y sin opciones de hacer ni tan siquiera sus mejores marcas.
Rafa Nadal es el ejemplo. La vida deportiva dura diez años como mucho. Entregarse a ella en cuerpo y mente es vital para estar entre los mejores. Eso hace Nadal. Otros, en su mismo deporte, puede que sean incluso mejores que Rafa, pero prefieren la dolce vita. De ellos no escribirá la historia.