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Patricia Rato empieza a recuperarse

Octubre 10, 2010

Patricia es una mujer normal. Llena de tristeza por el enfrentamiento que mantiene con el que fue el hombre de su vida. Se desmorona cuando habla de él. Cuando recuerda los tiempos de vino y rosa. Sobre todo porque resguardar a sus tres hijos del aguacero le está costando. Ella es la única que se ocupa y preocupa de la estabilidad física y emocional de los pequeños. Todas las semanas viene a Madrid para dar apoyo a su hija mayor que este año ha empezado sus estudios superiores en la Universidad. Compaginar su lucha personal y el cuidado de sus hijos no es tarea fácil.

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Patricia Rato se ha convertido en la protagonista involuntaria de una fábula que se ha escrito muy a su pesar. Tras su cacareada separación de Espartaco, se la pinta como una mujer tocada por la maldición. Dicen de ella que tiene la mirada triste. La dibujan como una mujer apenada, lloricona, víctima de la anorexia y de la depresión. Hablan de su ocaso personal. Insisten en que no ha conseguido superar su fracaso sentimental, quizás porque, cuentan, es simpatizante del Opus Dei. Falsedad. Sobre ella pesan todo tipo de especulaciones. La culpan del descalabro que sufrió su matrimonio, de que su hija mayor sea perseguida por los fotógrafos y, sobre todo, de manipular a la prensa. Hay mar de fondo. Se percibe cierto interés en desacreditarla, en señalarla como una malhechora. Lejos de la realidad, Patricia vive un auténtico calvario. Presa de acusaciones que llegan intoxicadas a la prensa. No todos son tan malos, ni todos tan buenos.
Patricia es una mujer normal. Llena de tristeza por el enfrentamiento que mantiene con el que fue el hombre de su vida. Se desmorona cuando habla de él. Cuando recuerda los tiempos de vino y rosa. Sobre todo porque resguardar a sus tres hijos del aguacero le está costando. Ella es la única que se ocupa y preocupa de la estabilidad física y emocional de los pequeños. Todas las semanas viene a Madrid para dar apoyo a su hija mayor que este año ha empezado sus estudios superiores en la Universidad. Compaginar su lucha personal y el cuidado de sus hijos no es tarea fácil. Suerte que Patricia cuenta con la ayuda de su familia, que sigue perpleja ante los desplantes del torero al que nunca aceptaron. Por algo sería. Juan Antonio no se ha portado bien con ella. Ahora la culpabiliza de todo cuanto ocurre. Esgrime en su comunicado que ella no es la víctima que parece. Más bien la cualifica de verdugo. Algo desternillante, teniendo en cuenta la nobleza que ha demostrado Patricia en los últimos tiempos. Siempre afable, es una mujer por descubrir que lo dio todo y se quedó sin nada. Suerte que ahora está consiguiendo salir del pozo en el que se encontraba. Poco a poco, con la compañía de quienes la quieren y respetan, Rato conseguirá ser la que era. Y, sobre todo, devolverá a su mirada la brillantez que la caracterizaba.