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LA MEMORIA HISTÓRICA (Y XI)
Serrano Súñer y Espinosa de los Monteros estuvieron con Franco en el encuentro con Hitler

Muchos aristócratas se sumaron al Régimen en busca de beneficios personales

Septiembre 18, 2008

A Ramón Serrano Súñer la muerte le sorprendió -a su edad es un decir- a pocas semanas de la presentación de una querella criminal, por delitos de genocidio, en un tribunal de París, impulsada por un grupo de ex deportados en campos de concentración nazi y sus familiares. Una querella, asimismo, ampliada a sus estrechos colaboradores todavía vivos, como Luis Alvarez Estrada, Barón de Torres.
“BOE núm. 193 Sábado 12 agosto 2000 28885. 15387 ORDEN de 17 de julio de 2000 por la que manda expedir, sin perjuicio de tercero de mejor derecho, Real Carta de Sucesión en el título de Barón del Castillo de Burjasenia, a favor de don Luis Álvarez de Estrada y Despujol.
De conformidad con lo prevenido en el Real Decreto de 27 de mayo de 1912. Este Ministerio, en nombre de S. M. el Rey (q. D. g.), ha tenido a bien disponer que, previo pago del impuesto correspondiente, se expida, sin perjuicio de tercero de mejor derecho, Real Carta de Sucesión en el títulode Barón del Castillo de Burjasenia, a favor de don Luis Álvarez de Estrada y Despujol, por fallecimiento de su tío don Eulogio Despujol y Reynoso. Lo que digo a V. I. para su conocimiento y demás efectos. Madrid, 17 de julio de 2000. ACEBES PANIAGUA. Ilmo. Sr. Subsecretario de Justicia”.

A pesar de los pesares hagas lo que hagas, aquellos que durante la Guerra Civil Española realizaron actos de genocidio, se le concede al personaje por sucesión el título de Barón del Castillo de Burjasenia. Volvamos al que fuera su “jefecillo”.
A nadie le gusta enjuiciar a un anciano centenario, pero la falta de arrepentimiento, personal, colectivo e institucional, ante las responsabilidades políticas y morales de la represión franquista, motivaban esta acción judicial. Representaba, por otra parte, un toque de atención a nuestros jueces, y concretamente al juez de la Audiencia Nacional Baltasar Garzón, empeñados, con razón, en la persecución de los criminales chilenos y argentinos, mientras ignoraban a los responsables del genocidio franquista.
No se trata tanto de pedir responsabilidades penales, exoneradas por la Ley de Amnistía de octubre de 1977, sino simplemente de que el Gobierno ponga los medios para reparar el dolor y la dignidad de las víctimas -la más acuciante, la identidad de los sepultados en las fosas comunes-, tal como perseguía la resolución aprobada por unanimidad en el Congreso de los Diputados en noviembre del año pasado. Pero, en pocas palabras, mientras el Gobierno multa a los antifranquistas, continúa subvencionando generosamente a la Fundación Nacional Francisco Franco.

<strong>Ramón Serrano Súñer, el “cuñadísimo”

Serrano Suñer fue noticia por su incriminación en un tribunal de París. Quizá se hubiese ahorrado el mal trago judicial por motivos de salud, como le sucedió al general chileno Augusto Pinochet en Londres. No obstante, seguro que le afectó la decisión del Ayuntamiento de Gandesa, el pueblo de donde era originaria su madre, de rebautizar con el nombre tradicional de Miravet la calle que hasta el 1 de abril de este mismo año ostentaba su nombre. Curiosamente, la decisión de poner su nombre a una calle de la población no procedía del franquismo sino del primer consistorio elegido democráticamente en abril de 1979, presidido por un convergente y aprobado por unanimidad.
Curiosamente, también, la decisión de cancelar su nombre, impulsada por el alcalde Miquel Aub, independiente y que no optaba a la reelección, se tomó no sin tensiones, con el voto contrario del Partido Popular y la abstención de los nacionalistas de CiU.
Ramón Serrano Súñer nació en Cartagena en 1901, se licenció en Derecho y ejerció de abogado del Estado. A pesar de su ascendencia catalana se impregnaría hasta la médula de la cultura castellana y fue un devoto de la España imperial del siglo XVI. En su fervor castellanizante, no tuvo reparos en cambiar el acento agudo por el llano en su apellido materno.
En febrero de 1931 se casó en Oviedo con Zita Polo, la hermosa hermana de Carmen Polo, esposa del general Franco. Este fue el padrino de la novia y José Antonio Primo de Rivera, el padrino del novio. De esta manera, a la amistad con el futuro fundador de Falange Española e hijo del dictador Miguel Primo de Rivera, los lazos familiares le aproximaron a la figura del general. Serrano Súñer jugó el papel de puente y de intermediario entre estas dos figuras antitéticas durante la II República.
Franco no le perdonó a José Antonio Primo de Rivera su oposición a optar a un escaño parlamentario. Días antes de las elecciones de febrero de 1936, Serrano Súñer consiguió que el general Franco y el fundador de Falange se entrevistaran en el domicilio paterno de Madrid. Ante la petición del político de que Franco se sumara a un golpe militar en el caso de un triunfo del Frente Popular, éste respondió con frialdad y evasivas. Franco nunca perdonó la altivez, el carácter aristocrático y carismático de Primo de Rivera y, por ello, no movió un dedo para salvarlo. Franco prefirió convertirlo en un mártir, el ausente, que compartió con él el liderazgo político.
Serrano Súñer consiguió un acta de diputado por la coalición derechista CEDA, dirigida por Gil Robles, en 1933, y la mantuvo hasta 1936. Al inicio de la sublevación militar fue detenido en Madrid. Más tarde aprovechó su estancia en un hospital para fugarse y pasarse a la zona rebelde. Desde el año 1937 ejerció como secretario político de Franco y se convirtió en su principal consejero. De aquí los apodos de “valido” o, simplemente, “cuñadísimo”.
Serrano Súñer será recordado por su intervención decisiva en el traslado y la muerte de miles de republicanos españoles en los campos de concentración nazis. Ante la pregunta del ministro de Asuntos Exteriores alemán, Von Ribbentropp, sobre qué debían hacer con los republicanos españoles, el ministro español le contestó que los republicanos no eran españoles, que no tenían patria. Por consiguiente, fueron tratados como apátridas y enemigos del Estado alemán. Seis mil hombres y mujeres, ancianos y niños, no vivieron para contarlo. Todavía en el año 1977, ante la periodista Montserrat Roig, Serrano Súñer expresaba su admiración por el Tercer Reich y su repugnancia por la democracia liberal.
Serrano Suñer fue asimismo responsable de la captura y traslado a España del presidente de la Generalitat catalana Lluís Companys, el sindicalista Joan Peiró y el director de El Socialista, Julián Zugazagoitia, posteriormente fusilados.

El encuentro de Hendaya

Francisco Javier Espinosa de los Monteros y Herreros de Tejada, Marqués de Salvatierra, estuvo presente junto a Serrano Súñer y el Barón de Torres en el encuentro que mantuvo Franco y Hitler en Hendaya.
A las siete menos veinte de la tarde terminó la entrevista. Serrano Súñer acompañó a Franco a su vagón y luego el ministro español regresó al tren alemán para reunirse con Von Ribbentrop. Hablando directamente en francés, Serrano Súñer dijo a su colega alemán que “en lo que concernía a las peticiones territoriales de España, las declaraciones de Hitler habían sido muy vagas y no constituían una garantía suficiente para nosotros”.
A las siete de la tarde se dio a la prensa un comunicado en alemán y en español, que decía escuetamente: “El Führer ha tenido hoy con el Jefe del Estado español, Generalísimo Franco, una entrevista en la frontera hispano-francesa. La conferencia se ha celebrado en el ambiente de camaradería y cordialidad existentes entre ambas naciones. Tomaron parte en la conversación los Ministros de Asuntos Exteriores del Reich y de España, Von Ribbentrop y Serrano Súñer, respectivamente”.
Después, Serrano Súñer permaneció cerca de dos horas con Franco, hasta el momento de asistir a la cena ofrecida por Hitler en el coche-restaurante de su tren. Según Schmidt, el Caudillo estuvo sentado entre Von Ribbentrop y Von Brauchist y Hitler entre Serrano Súñer y Espinosa de los Monteros. Según el Barón de Torres, intérprete español, se reanudó la conferencia hacia las diez y media de la noche. Franco se despidió a la una menos cinco para dirigirse en su tren a San Sebastián

JULIO FERNANDEZ