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Fue enterrado ayer en la más estricta intimidad, sin que sus viejos compañeros socialistas estuvieran con él

Miguel Boyer, el gran ideólogo económico de Felipe González y el ministro de la beautiful people, que perdió su batalla política por el amor de una mujer, Isabel Preysler

Septiembre 30, 2014

Dicen que su relación fue en un encuentro “casual” en las famosas lentejas de Mona Jiménez, un ágape que esta periodista hispana peruana, cuyo nombre verdadero es Ana María Jiménez Vásquez de Velasco, organizaba en su domicilio madrileño de Capitán Haya


Miguel Boyer Salvador ha sido un protagonista más que notorio en la reciente historia de España. Físico, economista, estudioso de la filosofía y de la ciencia, e ideólogo de la política. Una personalidad relevante en el gran zócalo del último medio siglo en el que muchos de sus compañeros de partida, que también contribuyeron a construir la transición democrática española, ya han desaparecido. Sin embargo, la vida y biografía de Boyer está marcada por la historia de su familia, por el poder de sus antepasados, por su linaje y su tradición ideológica.

Una familia, la de los Boyer, cuyas reminiscencias heráldicas se remontan en primer lugar a un apellido francés de ciertos orígenes holandeses, que significa “carnicero” en francés, y que se instalaron en Granada hacia 1860, huyendo de Napoleón III. Pero es por la vía materna (Carlota Salvador Sainz de Vicuña) donde la estirpe de Miguel Boyer acredita una alcurnia más acomodada y pudiente. Los Salvador son una conocida familia riojana de muy larga tradición política. Por sus venas corre sangre que se remonta desde el político liberal Práxedes Mateo Sagasta hasta al propio Amós Salvador y Rodrigáñez, ingeniero y político riojano, de gran personalidad intelectual y pública, quien más peso histórico y político tiene en el linaje de su bisnieto. Este ocupó la cartera ministerial de varios departamentos durante seis ocasiones, bajo los gobiernos de Sagasta, Moret, Canalejas y Romanones. Por ejemplo, las de Agricultura, Fomento, Instrucción Pública y Bellas Artes, y en dos ocasiones la de Hacienda (1884 y 1905-1906), una cartera que luego con el paso de los años volvería a ocupar su biznieto Miguel. Fue además gobernador del Banco de España desde julio de 1916 hasta junio de 1917.

Estos condicionantes en su ambiente familiar jugaron siempre un papel muy importante en su devenir, tanto en su inicial educación, como en su posterior vocación política, y en su posterior paso en 1988 a la esfera privada de la mano de Los Albertos para presidir Cartera Central, el gran banco privado español que querían apoyar los socialistas. La operación fue finalmente un fiasco y en círculos empresariales se decía que el hombre que había devaluado la peseta al llegar al poder diez años antes, acababa de ser a su vez “devaluado”. Desde entonces su estrella profesional se fue apagando lentamente. Era como un embajador sin galones. En 1995 decidió abandonar este grupo empresarial, percibiendo por ello una importante indemnización de las que por entonces eran sus jefas, las hermanas Koplowitz.

El ministro de la beautiful people

Por esas fechas, la beautiful people a la que pertenecía era una verdadera casta, un grupo cerrado de poder, con numerosas ramificaciones familiares. Un grupo que dominó España en los últimos cuarenta años del siglo XX. Todos contaban con sobradas cualificaciones profesionales y se situaron en los puestos más altos de la Administración del Estado y en las presidencias de las empresas privadas. Sus influencias, su savoir faire, su operatividad política les otorgaba un halo de notoriedad frente a los que ellos, con desdén, definían como “indocumentados”. Boyer siempre mantuvo una relación muy intensa y extensa con la beautiful people, aunque intermitente en ocasiones. Su fuerte carácter, agrio y altivo, le llevaba a dejar de lado estas relaciones temporalmente, aunque nunca el intervalo de descanso duraba mucho tiempo. Fue a raíz de las múltiples separaciones matrimoniales de los miembros del clan y de los escándalos del caso Ibercorp, con algún destacado alto cargo pisando la cárcel, cuando surgieron los contratiempos y las primeras desavenencias. Una casta donde Isabel Preysler se introdujo en los años ochenta de la mano de Miguel Boyer con firmeza y sagacidad filipina.

Isabel y Miguel, un amor clandestino

Y es que el amor no entiende de colores. A comienzos de los años ochenta, las nuevas y fluidas relaciones sentimentales de nuestros políticos pillaron por sorpresa a la sociedad española. Miguel Boyer fue uno de esos ministros socialistas que cambió la chaqueta de pana y el traje de vestir por el atuendo de play boy. Fue una de las historias erótico-políticas que más ríos de tinta hizo correr. Ocurrió en la primavera de 1982, en una España que quería salir de la televisión en blanco y negro, cambiar los célebres Seat 600 por un vehículo más veloz, pasar página a los planes de desarrollo y sustituir las películas de Alfredo Landa por las de Ingmar Bergman. En ese contexto de apertura, Miguel Boyer e Isabel Preysler sellaron el inicio de su relación.

Dicen que su relación fue en un encuentro “casual” en las famosas lentejas de Mona Jiménez, un ágape que esta periodista hispana peruana, cuyo nombre verdadero es Ana María Jiménez Vásquez de Velasco, organizaba en su domicilio madrileño de Capitán Haya. Tres años después, Boyer llegó abandonar a su familia de siempre (la doctora Elena Arnedo y sus dos hijos Laura y Miguel) y comprobó rápidamente cómo su carrera política se veía truncada por el amor de una mujer, como cantaba Julio Iglesias. Su nombre: Isabel Preysler Arrastia, la reina de corazones, la musa de la porcelana. Un secreto a voces que convulsionó la vida pública y política española de los años ochenta. Su matrimonio les convirtió en auténticas estrellas de los medios de comunicación, transformando cualquier cosa que dijeran, hicieran o padecieran en noticia relevante. Una historia de amor que convulsionó la vida pública y política española de los años ochenta. Hoy, tras su muerte, ya nadie duda que el amor entre Isabel y Miguel se convirtió en una relación sólida y consolidada. Transcurridos más de 32 años desde que se conocieron y, a pesar de todas las vicisitudes e incertidumbres vividas, seguían completándose el uno al otro.

Alfonso Guerra y José María Ruiz Mateos, sus principales enemigos

Fue ya en 1982, en plena incursión de Miguel Boyer en la esfera política formando parte del gabinete de Felipe González, cuando su figura comenzó a suscitar entre muchos de sus compañeros socialistas sentimientos de estupor y recelo. Boyer se convirtió en el principal arquitecto de la política económica de España tras la guerra civil y la dictadura del general Franco. Sus dos años y medio como superministro de Economía, Hacienda y Comercio en el primer gobierno socialista de la democracia marcaron su devenir. Sus conflictos con el vicepresidente Alfonso Guerra y con el empresario José María Ruiz Mateos, nada más iniciar su relación con Isabel Preysler, sellaron con fuego su etapa ministerial y los años posteriores. Los ataques se iniciaron como si se tratara de una auténtica batalla militar. Se disparó contra la pareja Boyer-Preysler a discreción. Fueron objeto de actuaciones que, incluso, bordearon la agresión física. Se convirtieron durante la segunda mitad de los años ochenta y primera de los noventa en el pim pam pum de los españoles, con el silencio cómplice e impunidad del gobierno del PSOE. Estas actitudes afectaron al comportamiento de Boyer, llevándolo a adoptar una posición de desdén y cansancio frente a los enemigos.

Su acercamiento posterior a las tesis de la derecha, a las proclamas del candidato del PP, José María Aznar, fue la gota que rompió la balanza. Este cambio radical de pensamiento, hizo que el secretario de organización de la Federación Socialista Madrileña (FSM), Jorge Gómez, también presidente de la agrupación madrileña socialista de Chamartín en la que militaba Boyer, declarara ante los medios de comunicación que “la mayor parte de la militancia socialista está deseando que Miguel Boyer se marche del partido. De no ser así, los órganos competentes del PSOE tienen que tomar las medidas oportunas”. Anunciaba así la incoación de un expediente contra el ex ministro por sus declaraciones de apoyo al Partido Popular. Pero no hubo lugar a ello pues Boyer se anticipó. Y en abril de 1996 abandonaba definitivamente su partido, el PSOE, tras más de treinta años de militancia. Y lo hacía amargado, con una dura y colérica misiva: “(…) Y no les remito el carné porque, aunque he pagado puntualmente las cuotas, descuidé enviar mi foto y recogerlo. Sólo conservo el carné de los años de la clandestinidad, con el número 19 de la Federación Socialista Madrileña, que no pienso devolver porque me trae recuerdos de los años difíciles en que éramos tan pocos”. Fue la última batalla librada contra sus enemigos dentro del PSOE, siempre encarnados en el sector guerrista. Desde entonces se refugió en el calor de los suyos: su mujer Isabel Preysler y su hija Ana. Sus casi únicos amigos hasta su muerte, que ayer se produjo por una embolia pulmonar.

La hemorragia cerebral le hundió en vida

Pero fue la hemorragia cerebral que sufrió Miguel Boyer la noche del 27 de febrero de 2012 la que le hundió definitivamente en su lecho en vida. Desde entonces el poder casi omnímodo del ex ministro socialista ya había desaparecido. Su enfermedad lo había confinado en su famosa mansión de Puerta de Hierro. La soledad de Isabel y Miguel era muy palpable. Se esbozaba en cada movimiento de la filipina, en su cuerpo, en su rostro, en su apagada sonrisa, en su triste mirada, en su extrema delgadez, dando muestras evidentes del estado de inquietud que rodeaba desde hace meses a la familia. Una rehabilitación, la de Miguel Boyer, dura, económicamente costosa y de resultados muy inciertos, como así ha sido. Pero la entrega y empeño de Isabel Preysler ante la adversidad ha sido total, en el tránsito hacia un camino difícil y tortuoso que le aguarda en el futuro más próximo. Esta reflexión permanente le hace ahora vivir sus horas más amargas en su devenir como persona. Boyer ya no estará más a su lado para asesorarla, como también hizo con los principales dirigentes socialistas de los años setenta y ochenta, entre ellos sus viejos amigos Isidoro (nombre en clave de Felipe González) y Andrés (el de Alfonso Guerra), quienes no acudieron a visitar su capilla ardiente.

Juan Luis Galiacho

 Autor del libro “Isabel y Miguel: 50 años de la historia de España”

Editorial La Esfera de los Libros