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Fueron escritas por él con la ayuda de un corrector literario

Manuel Prado y Colón de Carvajal escribió sus memorias, 250 páginas, para justificar y realzar su figura ante la opinión pública

Diciembre 17, 2009

Una copia de las galeradas se hizo llegar al Palacio de La Zarzuela

En “Una Lealtad Real” se reflejan los momentos principales de la vida del Embajador al lado del Monarca español, como sus operaciones en París, Rumania, Iberoamérica y en determinados países árabes

También se cuenta el papel de mediador desarrollado por Prado entre Juan Carlos de Borbón y algunas personalidades políticas y económicas durante la transición



Tras la información publicada por extraconfidencial.com el pasado lunes en la que informamos en exclusiva de las memorias del recientemente fallecido Manolo Prado y Colón de Carvajal, hasta ahora no publicadas, uno de los citados como poseedor del libro, el periodista Carlos Herrera elegido como presentador de la obra, reconocía públicamente este extremo y añadía que, realmente, el texto no decía nada. Un hecho es cierto: las mencionadas memorias, que otras fuentes definen como manuscritos póstumos –incluido el párroco que ofició su funeral en Sevilla-, no se han llegado a editar. Hoy les ofrecemos más detalles. 

Fuentes de absoluta solvencia aseguran que las memorias fueron escritas por el propio Manuel Prado –dicen que con la ayuda de un corrector literario-, y a lo largo del libro se pueden leer frases y giros que ningún escritor profesional hubiera puesto. También aparecen términos coloquiales como “chiquitín”, calificativo con el que Prado conocía al Rey. En “Una Lealtad Real” se reflejan los momentos principales de la vida del Embajador al lado del Monarca español, como sus operaciones en París, Rumania, Iberoamérica y en determinados países árabes.

 

Galeradas a Zarzuela

 También se cuenta el papel de mediador desarrollado por Prado entre Juan Carlos de Borbón y algunas personalidades políticas y económicas durante la transición. Ya en 1995, coincidiendo con el inicio de sus problemas judiciales en los diferentes sumarios que tuvo abiertos durante estos años (caso Grand Tibidabo, Operación Pincinco, Operación Wardbase, grabaciones ilegales…), Prado comenzó a escribir una especie de “memorias políticas” donde también se narraba la conocida “Operación Lolita”, uno de los mayores problemas con el que se encontró Juan Carlos I tras ser coronado Rey el 22 de noviembre de 1975, como fue el sustituir a Carlos Arias Navarro al frente de la presidencia del Gobierno.
 

Quienes leyeron en su día las galeradas (una copia se hizo llegar al Palacio de la Zarzuela), afirman que a lo largo de las 250 páginas sólo se pretendía por parte de Prado justificar y realzar su figura ante la opinión pública. En sus galeradas se pueden leer algunos pasajes donde el embajador ajusta cuentas con algunos destacados miembros del mundo económico, político y social español. Sin embargo, afirman quienes las han leído que no era muy “duro” con ellos, sino que simplemente trataba de limpiar su imagen.

Pasión por sus hijos

Prado, que padecía desde hace ya años una grave enfermedad de cáncer, estuvo casado en primeras nupcias con Paloma de Eulate y Aznar con la que tuvo tres hijos: Manuel, Borja y Teresa. Tanto su ex mujer como sus hijos mantienen hoy en día una gran relación con la Casa Real. Se da el caso que Paloma Eulate y dos de sus hijos, Manuel y Borja, son socios en el negocio infantil que regenta la infanta Elena, la guardería “Micos”, situada en el barrio madrileño de El Viso. Borja Prado, además, es presidente de la conocida multinacional Endesa.

Tras la ruptura de su primer matrimonio, en 1988, “Manolo” –como se le conocía en Zarzuela-, se unió a la empresaria hostelera sevillana Celia García Corona, treinta años menor que él, con la que tuvo otro hijo. El matrimonio vivía en una gran mansión situada en el Paseo de Las Palmeras, de Sevilla, en un edificio propiedad de una de las innumerables sociedades de Prado: Rialar 95.S A..

Pasado para olvidar

Manuel Prado se “licencio” penitenciariamente” de todos los problemas judiciales que le llevaron a la cárcel el 25 de agosto de 2005, cuando se le dio de baja por cumplimiento de condena. Hay que recordar fue condenado en 2004 a dos años de cárcel por falsedad documental en la denominada Operación Wardabe (caso Torras) y a pagar 12.020.242,09 euros más los intereses devengados. Al no pagar ni un solo euro como responsable civil ingresó el 26 de abril de ese mismo año en la cárcel de Sevilla II.
 
Sin embargo, poco duró su periplo penitenciario. Instituciones Penitenciarias le concedió a finales del mes de junio de 2004 el segundo grado penitenciario, sometido a un dispositivo de control telemático, p
or “razones humanitarias” dada su avanzada edad y su precario estado de salud. Durante su estancia en la cárcel de Sevilla II gozó durante de un trato de favor por parte de la dirección del centro. Disfrutó durante unos días de una situación extraordinaria sobre los horarios y las zonas de recreo del recinto penitenciario. Estaba autorizado a trasladarse diariamente a la zona de jardines y viveros de la unidad de mujeres donde podía realizar labores de jardinería.
 
Esa calificación de Prado como un recluso en libertad total chocaba tajantemente con el hecho que en septiembre de 2007 el Tribunal Supremo le confirmaba otra pena más de prisión, la de un año por la apropiación indebida de 1,1 millones de dólares en la operación denominada Pincinco (otra pieza separada del caso Torras). En la sentencia del Supremo aparecían dos votos de calidad, de los magistrados Enrique Bacigalupo y Miguel Colmenero, quienes eran partidarios de exculparle porque entendían que su delito “había prescrito”.

Herencia incalculable

 El 14 de febrero de 2008, la Audiencia de Barcelona le imponía una nueva pena de prisión: tres meses por apropiación indebida en la empresa Grand Tibidado –surgida en 1992 de la fusión entre CNL y Tibidado SA- y en la que ocupaba el cargo de vicepresidente al lado de su eterno socio en muchos irregulares negocios, el financiero catalán Javier de la Rosa. El Tribunal estimó que se había producido un desfalco de 70 millones de euros que dejó sin fondos a más de 10.500 pequeños accionistas. Durante la vista de este juicio, que se celebró en Barcelona, Prado consiguió que el presidente, Rafael del Barco Carreras, le permitiera no acudir a la Sala debido a su estado de salud. Pero aun tuvo que enfrentarse a otra causa pendiente: la responsabilidad por la presunta ocultación a la Hacienda Pública española de percepciones de dinero en Suiza por un importe superior a los 1.900 millones de pesetas en 1992.

Y aunque Prado intentó justificar que su domicilio fiscal estaba en Suiza, la jueza Teresa Palacios no cerró el caso al indicar que “lo cierto es que Manuel Prado y Colón de Carvajal incumplió sus deberes para con la Hacienda Pública española al esconder y eludir la declaración y el pago de las cantidades que le eran debidas a la Agencia Tributaria”. Esta causa fue devuelta por la Audiencia Nacional al Juzgado n º 9 de Sevilla, quien no realizó diligencia alguna para su esclarecimiento.

El empresario y su familia han amasado durante estos años una fortuna que se diluye en una telaraña de participaciones accionariales, fincas y otras propiedades. Un imperio incalculable para los ojos del Fisco, que Manuel Prado y Colón de Carvajal no ha contado en sus memorias “Una Lealtad Real”, que quizá nunca vea la luz a pesar del fallecimiento de su protagonista.

 
Juan Luis Galiacho