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Sentencia favorable

Lydia Bosch, pletórica: “Estoy muy feliz”

Octubre 24, 2010

El amor le hizo adoptar una personalidad que no le correspondía. Es probable que el arquitecto aprovechara su debilidad para amoldarla a su imagen y semejanza. Era otra. Hasta ahora. Lydia vuelve a sonreír con la dulzura que le caracteriza. A su rostro ha retornado la solera que nunca debió borrarse. Transmite vitalidad, lucha, entereza, estabilidad. Contagia una apacibilidad que gusta y enternece: “estoy muy feliz”, dice cuando responde a las incontables llamadas que está recibiendo. Algunas de sus célebres amistades, como una Luisa Martín que ha demostrado su desinteresado cariño, tampoco disimulan su excitación. Han tomado consciencia de que su consuelo ha valido para algo.

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Se ha escrito el último renglón en cuanto a la separación de Lydia Bosch y Alberto Martín. Hace ya algún tiempo que iniciaron un procedimiento legal para formalizar una separación que ha resultado más que tormentosa. Lydia ha sido la gran beneficiada. Susana Moya, prestigiosísima abogada de familia, no puede ocultar su placidez ante una nueva victoria en los tribunales. Este no era un caso más. Aquí había una clarísima víctima y un verdugo danzarín. Por eso resulta todavía más complaciente y tranquilizador que la justicia le haya dado la razón. Era lógico. La fiscalía del caso también se puso del lado de la actriz poco después de conocer los vericuetos del polémico asunto. Susana ha sido un gran apoyo para Bosch durante el amargo proceso. Tanto, que cuando el pasado viernes recibió su informativa llamada, estuvo al borde del colapso. Lydia ha llorado mucho más de lo que algunos creen. Su sensibilidad es incuestionable. Y más cuando durante los ocho años de matrimonio se ha desvivido por su marido y sus hijos. Puede decirse que Alberto la introdujo en una burbuja totalmente hermética de la que apenas podía salir. Renunció a apetecibles proyectos televisivos, abandonó amistades y, sobre todo, dejó de crecer.
El amor le hizo adoptar una personalidad que no le correspondía. Es probable que el arquitecto aprovechara su debilidad para amoldarla a su imagen y semejanza. Era otra. Hasta ahora. Lydia vuelve a sonreír con la dulzura que le caracteriza. A su rostro ha retornado la solera que nunca debió borrarse. Transmite vitalidad, lucha, entereza, estabilidad. Contagia una apacibilidad que gusta y enternece: “estoy muy feliz”, dice cuando responde a las incontables llamadas que está recibiendo. Algunas de sus célebres amistades, como una Luisa Martín que ha demostrado su desinteresado cariño, tampoco disimulan su excitación. Han tomado consciencia de que su consuelo ha valido para algo.
La actriz es una buena madre. De eso no cabe duda. De ahí a que la guardia y custodia de los pequeños sea suya. El padre se deberá ceñir a un régimen de visitas que le permitirá disfrutar de los niños los miércoles y jueves sin pernocta y dos fines de semana al mes. Se demuestra, de esta forma, que los menores viven en un clima adecuado, algo que Alberto Martín cuestionó durante el procedimiento. El informe pericial psicológico realizado a los mellizos concreta que no están sometidos a ningún estrés familiar, más bien todo lo contrario. En cuanto a los asuntos económicos, Lydia percibirá 6.500 euros mensuales como pensión alimenticia, más el cincuenta por ciento de los gastos extraordinarios y la mitad de los gastos de la propiedad en la que vive al cuidado de sus hijos. Así mismo, Alberto Martín deberá indemnizar a su ex mujer con 350.000 euros en concepto de dedicación a su matrimonio. Un apunte que ha emocionado, más si cabe, a una Lydia que hubo un tiempo en el que pensó que Alberto no tenía doblez.
Se equivocó. Perpleja se quedó el día en el que el amor se fue por la ventana. El arquitecto se negó rotundamente a entregarle la mitad de los activos de la sociedad, Maboq, que inscribieron poco tiempo después de pasar por la vicaría. Esgrimiendo motivos inenarrables, Martín se opuso a que Bosch recuperara todos los ingresos que había realizado a su sociedad y que respondían a los honorarios percibidos por sus incontables trabajos durante la década de los noventa. Muchísimos millones de pesetas que Lydia transfirió, confiando en la palabra de honor del hombre que la traicionó. Por siempre jamás.
Por Saúl Ortiz 
saul@extraconfidencial.com