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Este es el insólito relato de aquellos hechos tal y como el propio Luis me los narró durante una cena distendida en compañía de un par de amigos

Luis Aragonés y la leyenda del tiempo: fue quien descubrió a Camarón de la Isla

Febrero 3, 2014
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Luis Aragonés descubrió a Camarón de la Isla. No bromeo, es rigurosamente cierto. Pueden bailarme las fechas porque no atesoro la memoria privilegiada del Sabio, pero lo esencial de esta historia está aquí según su propio y asombroso relato. A modo de antecedentes, voy a recordar cómo conocí personalmente a Aragonés porque también dice algo sobre la calidad humana de la persona. Ocurrió a finales de abril o comienzos de mayo de 2008 (la Eurocopa estaba prácticamente a la vuelta de la esquina), en una cafetería cercana al Hotel Marriott de Madrid (entonces creo que todavía se llamaba Mirasierra Suites), el mismo hotel donde se concentra habitualmente el Real Madrid antes de sus partidos. Supongo que la Federación Española de Fútbol disponía de alguna instalación allí porque Luis comentó que se había pasado el día en el Hotel analizando vídeos y también pensaba ocupar parte de la noche estudiando los movimientos tácticos de los rivales de España a partir de grabaciones de partidos recientes.

El caso es que entré en la cafetería en compañía de mi amigo Carlos con intención de picar algo después de haber dado una vuelta por el barrio. Nada más entrar saludamos a Jesús Paredes, vecino de la zona de muchos años y fiel escudero, como preparador físico, de Aragonés en la Selección y en los equipos entrenados por éste durante sus últimas andanzas por los banquillos. Luis, que estaba sentado frente a él y a quien no habíamos reconocido por hallarse de espaldas a la puerta, se incorporó, vino hacia nosotros y, con un fuerte apretón de manos, dijo:

“Soy Luis y me gustaría que se sentasen con nosotros”

“Soy Luis, y me gustaría que ustedes se sentasen con nosotros, si son tan amables, porque con Jesús ya lo tengo todo hablado y quiero cambiar un poco de registro. Además, se nos ha ido la mano pidiendo jamón y ahora no podemos con todo esto”, señalando un suculento plato de ibérico sobre la mesa. No era cosa de decir que no; que el seleccionador nacional de fútbol te invite a cenar con él –sin conocerte de nada-, a un mes vista de la Eurocopa era algo que no hubiésemos podido imaginar unos minutos antes.

De entrada, cómo no, le abordé sin miramientos por la polémica exclusión de Raúl de la Selección (uno es periodista las 24 horas del día y la ocasión la pintaban calva, para qué negarlo), y Luis –al contrario de lo que yo pensaba-, no me dio largas; es más, me respondió durante unos minutos muy cortésmente pero sin revelarme nada que yo ya no supiera o que no se hubiese publicado. “Los detalles de este tema –me dijo para terminar- quedan para el señor Raúl y para mí. Para nadie más”.

Seguramente Luis vio el cielo abierto cuando mi amigo Carlos dejó caer, con bastante gracia, que él no era muy futbolero y que el tema de Raúl no se encontraba entre sus prioridades vitales.

“Perfecto, vamos a otra cosa” -dijo El Sabio sonriendo y, mirándome a los ojos, me preguntó: “¿Quién ha sido para usted el mejor cantaor de flamenco de la Historia?” Seguramente él ya sabía de antemano mi respuesta ya que, aunque no soy precisamente un entendido del flamenco, mi generación siempre ha respetado y admirado como una institución del cante a quienes ustedes están pensando:

“Para mí, sin duda, José Monje Cruz, el Camarón de la Isla, respondí lleno de curiosidad porque el míster hubiese sacado ese tema tan atípico. Y tengo que reconocer que lo que vino a continuación me dejó en principio descolocado e incrédulo y después, hondamente sorprendido. “Pues yo descubrí a José “, me dijo sin parar de sonreír. “Luis Aragonés es la persona que descubrió a Camarón y que lo trajo a Madrid. Me da igual si ustedes me creen o no, pero esa es la realidad y, si quieren, les cuento cómo fue aquello”.

Genio y figura hasta la sepultura

¡Como para no querer escucharlo! En resumen, la cosa fue de la siguiente manera: a finales de los años 60 (Luis, con su impresionante memoria, recordaba la fecha exacta, pero yo no, así que he tenido que cruzar algunos datos para estimar que probablemente sería en el año 1968), el Atlético de Madrid acudió a Cádiz para disputar el Trofeo Ramón de Carranza, que organiza la entidad cadista cada verano. Al término de un partido, Aragonés fue recogido por unos amigos gaditanos que le llevaron a cenar a San Fernando, concretamente a La Venta de Vargas, donde cantaba un muchacho que se había convertido en el orgullo de la Comunidad y que respondía al nombre de José, aunque le apodaban “Camarón” por su pelo rubio y su tez pálida.

Cuando Luis Aragonés llevaba unos minutos escuchándole cantar, se levantó de la mesa y preguntó dónde había un teléfono para llamar a Madrid, concretamente a su gran amigo Manolo Caracol, toda una institución del flamenco y que regentaba en la capital el reputado tablao Los Canasteros, por el que –dicen-, había que pasar obligatoriamente si se quería ser alguien en el complicado mundo del flamenco de alto nivel en aquellos años:

Manolo, estoy en San Fernando escuchando a una auténtica joya. Hay un chaval aquí que canta como le da la gana. Sabes que si no mereciera la pena, no te llamaba, pero es que esto…”

“No se hable más. Tráetelo para Madrid y lo probamos” –fue la respuesta de Manolo Caracol, sabedor del olfato innato de Luis para descubrir el talento dentro y fuera de los campos de fútbol.

“Cómo canta el cabrón del niño”…

Y así se forjó el comienzo de una de las más grandes leyendas del flamenco. “Tenías mucha razón, Luis. Cómo canta el cabrón del niño” –repetía Manolo cuando volvía de las discográficas en busca de un contrato para su pupilo, que no tardaría en llegar. Con Camarón llegaría luego la revolución del flamenco, la fusión de los palos con ritmos de jazz, blues y rock, el mestizaje de instrumentos, Paco de Lucía, Tomatito…. Y Luis Aragonés estuvo allí para hacerlo posible, como tantas otras cosas.

Cuando el Sabio terminó su relato, hacía rato que habíamos acabado con todo el jamón. Estábamos estupefactos y maravillados, y queríamos más, más historias sobre Camarón o sobre lo que fuera. Porque Luis, además de ser capaz de recordar los más mínimos detalles y de conocer miles de anécdotas y hechos curiosos, era un narrador extraordinario. Pero no puedo ser. El Sabio de Hortaleza se levantó, nos volvió a estrechar las manos con fuerza y se despidió:

“Lo siento, pero me voy. Tengo que ganar una Eurocopa”.

Minutos después, cuando nos aproximamos a la barra para abonar las consumiciones, el camarero puso cara de extrañeza: “No, no –nos dijo-. Don Luis ya dejó todo pagado antes de marchar. Están ustedes invitados”. Detalle de todo un fuera de serie, detalle de toda una leyenda.

José Manuel Gabriel