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Con numerosos antecedentes por atracos a bancos, narcotráfico y diversos delitos violentos, Virgilio Cenzano acabó sus días calcinado en el interior de un vehículo en un camino rural de Gerona.

Los ajustes de cuentas del crimen organizado: Los Mossos creen que una mafia sudamericana está detrás del asesinato, hace 11 años, de Cenzano y de la desaparición de su cómplice, Viladrich

Marzo 16, 2014
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Aunque en su documentación figuraba como profesión la de agente comercial, Virgilio Cenzano Mulá era un atracador profesional de Bancos natural de Manresa (Barcelona). El 22 de marzo de 2003, cuando contaba con 46 años de edad, su cadáver apareció calcinado dentro de su coche en el camino de la ermita de Caulés, en la localidad gerundense de Vidreres.

En los archivos policiales figura como fecha de su “bautismo de fuego” el mes de febrero de 1985, cuando Cenzano fue detenido por la Policía por primera vez, durante un atraco frustrado a una sucursal del Banco Urquijo Unión de Valencia, tras un tiroteo con la Policía en el que falleció uno de los asaltantes, y después de mantener a varios empleados como rehenes durante cinco horas. Fue condenado a 30 años de cárcel e ingresó en el centro penitenciario de Quatre Camins de Barcelona. En agosto de 1990, Virgilio Cenzano obtenía su primer permiso penitenciario, lo que aprovechó para fugarse, aunque volvía a ser detenido en junio de 1991 por la Guardia Civil después de un atraco a un banco en la localidad de Calaf. Al igual que seis años antes, los agentes entablaron un tiroteo con los atracadores, y Cenzano recibió un balazo en una pierna.
 
Fuga con la ayuda de dos cómplices
 
El viernes 28 de junio de 1991, este delincuente, custodiado por dos guardias civiles, acudía a la Clínica barcelonesa de Quirón para un examen de su herida en la pierna. Cuando el preso y dos agentes entraban en un ascensor del Centro, otros dos individuos armados con una pistola, un revólver y una escopeta de cañones recortados comenzaron a forcejear con los guardias, se escucharon dos disparos y huyeron con Virgilio Cenzano.
 
Completaron la fuga gracias a una cuarta persona que les esperaba en el exterior de la Clínica. La escapada no le duró mucho a Virgilio, que era detenido un mes más tarde en la localidad francesa de Perpiñán en una operación conjunta de las Policías española y gala. También era arrestado uno de sus cómplices, el marroquí Mohamed Benhaddou, y era descubierto un escondite en el que los atracadores guardaban pistolas, revólveres, escopetas y rifles. El atracador regresó a prisión donde terminó de cumplir condena.
 
La última cita del ‘camello’ Viladrich
 
En octubre de 2002, Joan Viladrich Esteve, de 39 años, vecino de Gerona, antiguo alcohólico y narcotraficante, desaparecía misteriosamente.  El día 27 de ese mes, Viladrich recibió una llamada telefónica tras la que empezó a dar muestras de gran nerviosismo, y le dijo a su pareja que tenía que ir a una cita con un hombre a las 10 de la noche en el Hotel Altamira de Fornells de la Selva. Poco después de esa hora, telefoneó a su compañera para decir que se le había presentado una urgencia y que llamaría más tarde, pero no se volvió a saber nada de él. Un empleado del Hotel confirmó que, aquella noche, Joan Viladrich había abandonado el local acompañado de otro hombre. Su coche apareció en el aparcamiento del Hotel, con las puertas abiertas pero sin las llaves.
 
La compañera del desaparecido rastreó las llamadas realizadas por su novio y localizó el último número de teléfono marcado antes de evaporarse. Según la mujer, la persona que descolgó cuando llamó a ese número era Virgilio Cenzano, quien, después de amenazarla, le dijo que Joan había hecho algo muy gordo y que había gente que le buscaba para matarlo. Las comunicaciones cesaron el 22 de marzo de 2003, el mismo día en que fue descubierto el cuerpo calcinado del atracador en Vidreres.
Deudas y castigos ejemplares
 
Durante la búsqueda de Viladrich, los Mossos d’Esquadra contactaron con un amigo de éste, quien dijo no saber nada del desaparecido, pero les pidió una fotografía suya para hacer unas gestiones tendentes a su localización. En otra situación sorprendente de este caso, esa fotografía apareció posteriormente en la guantera del vehículo empleado por un grupo de rumanos para realizar un atraco. Entretanto, la compañera sentimental de Joan Viladrich decía tener conocimiento de la existencia de una red de tráfico de drogas que operaba en la ruta Barcelona – Andorra – Galicia – Inglaterra, y que podría estar vinculada a todo lo que estaba pasando.
 
En abril de 2003 aparecían los cadáveres calcinados de dos ciudadanos gambianos, tiroteados, dentro de un vehículo, en una zona boscosa de Viladeses, en Gerona. Los investigadores no descartan que todas las muertes, así como la desaparición de Viladrich, estuviesen relacionadas, y que todos los implicados mantuviesen contactos con una peligrosa organización criminal que los ha ido eliminando por diferencias, venganzas o ajustes de cuentas. A día de hoy, los Mossos d’Esquadra están convencidos de que Cenzano fue víctima de una venganza llevada a cabo por una mafia de narcotraficantes sudamericanos y que, tanto su muerte como la de Joan Viladrich, obedecería a que ambos se habían quedado con una partida de droga valorada en unos 300.000 euros. El cuerpo de este último nunca ha aparecido.
 
José Manuel Gabriel