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"La reina no fue porque asistieron los príncipes de Asturias", argumentan en Zarzuela

Las claves de por qué faltó la mantilla blanca de doña Sofía en la entronización de Francisco I

Marzo 21, 2013

Nunca antes faltaron don Juan Carlos y doña Sofía a este evento (desde Pablo VI no hay coronación), de un nuevo Papa durante su reinado
¿Será parte de esa “Operación príncipe” de la que hablan algunos y que pretendería no restar protagonismo alguno a los príncipes de Asturias en los actos a los que acuden? 


Era la ceremonia de entronización del nuevo papa Francisco I, y en la plaza de San Pedro un mar de trajes, velos y mantillas negras de las 123 representaciones extranjeras solo quedaba roto por las mantillas blancas de la reina Paola de Bélgica y de la gran duquesa Maria Teresa de Luxemburgo. Pero si algo se echaba de menos era la mantilla blanca de doña Sofía, cuya ausencia en Roma parece incomprensible tanto por la marcada espiritualidad ecléctica de nuestra reina, que nunca ha faltado a estos actos, como por ser ella la reina católica de España y por representar con su persona esa posición sin duda preeminente e histórica que la corona de España siempre ha tenido ante la Santa Sede.

Nunca antes faltaron don Juan Carlos y doña Sofia a la entronización (desde Pablo VI no hay coronación), de un nuevo Papa durante su reinado, pero por razones de orden simbólico su presencia era particularmente importante en este caso (excusable en el caso de don Juan Carlos por razones de salud), por tratarse del primer Papa que es hijo de esa Compañía de Jesús tan intrínsecamente española por haber sido fundada por Ignacio de Loyola, y por ser este también el primer pontífice llegado de la América Hispana, de aquellos territorios que el papa Alejandro VI (aquel incestuoso Borgia), concedió a la corona de Castilla por el tratado de Tordesillas allá por 1494.

Zarzuela, no sabe, no contesta

Ausencia incomprensible que la jefatura de prensa del palacio de la Zarzuela no explica más allá de un lacónico doña Sofía no fue porque fueron los príncipes de Asturias, que no dice nada y que nos vuelve a dejar con el interrogante, especialmente habida cuenta de la gran necesidad que la casa real española tiene en estos momentos de realzar su imagen tanto dentro como fuera de España. ¿Se trataría de falta de voluntarismo por parte de la reina?, ¿será parte de esa “operación príncipe” de la que hablan algunos y que pretendería no restar protagonismo alguno a los príncipes de Asturias en los actos a los que acuden?, o ¿quizá nadie pensó en las razones de orden simbólico que arriba apuntamos y que hacen de esta una ocasión sin duda singular para nuestra cultura hispana?

Por otra parte, no sería esta la primera ocasión en la que doña Sofía, ya fuese sola o en compañía de los príncipes de Asturias, haya representado a España en grandes ceremonias de esta naturaleza. Pero sean cuales sean los motivos, su ausencia no ha quedado cubierta por el más bajo perfil de la princesa de Asturias, apenas tocada con una mantilla sin teja corta o larga (dicen algunos que se pidió a las señoras que fuesen sin peineta), que en las imágenes parece tener un rango igual al de la princesa heredera Máxima de Holanda, que pronto será reina de un país de confesión luterana, o al de la princesa Charlene de Mónaco que en nada evoca a la difunta Grace Kelly.

Una pobre representación de la corona de España en una ceremonia no tan brillante y acaso un tanto improvisada, en la que los expertos no entienden el extraño protocolo en el vestir (pasando por alto la falta de gusto de la presidenta Argentina), y en la que ha sorprendido la escasa representación de muchas familias reales católicas en otro tiempo reinantes como los Habsburgo de Austria, o la casa real de Baviera. Ni siquiera vimos allí a los muy católicos duques de Braganza, los jefes de la casa real de Portugal que en un par de semanas abrirán en el Soto de Viñuelas el baile de gala de la Orden de Malta en España.

Y tampoco hicieron acto de presencia Luis Alfonso de Borbón, representante del catolicismo un tanto ultramontano de los legitimistas franceses, y la reina Fabiola de los Belgas tan afecta a la liturgia cristiana (dicen que a su cuñado el rey Alberto no le gusta llevarla con él). Todo se redujo a los reyes de Bélgica, los grandes duques de Luxemburgo (con su hijo el príncipe Félix), los príncipes Aloys y Sofía de Liechtenstein, los príncipes de Mónaco, el príncipe Nicolás de Liechtenstein y su esposa la princesa Margarita de Luxemburgo, y la reina Isabel de Inglaterra se hizo representar por sus primos los duques de Gloucester que disfrutaron el acto sacándose fotos a sí mismos.

Entre la multitud se vio al príncipe Manuel Filiberto de Saboya, y quien ofició de gentilhombre del nuevo Papa y conductor de la personas reales fue el príncipe Mariano Hugo de Windisch-Graetz, esposo de la archiduquesa Sofía de Habsburgo (sobrina de la reina doña Sofía). Pero en este año de desaciertos la casa real española tampoco parece haber sabido mantener en alto su prestigio centenario ante la Santa Sede, prestigio que sin embargo si le es reconocido por el grueso de la prensa internacional que en Roma puso sus ojos con especial atención en los príncipes de Asturias cuando, por fin, un hispanoamericano, y un jesuita, llega al trono de San Pedro.

Ricardo Mateos