Menú Portada
Isabel Pantoja llenó hasta la bandera en sus dos conciertos en Valencia

La voz de España vuelve a sonreír

Febrero 10, 2008

La cantante Isabel Pantoja se subió de nuevo a los escenarios tras varios meses de descanso. Su mirada vuelve a brillar como lo hacía en sus mejores tiempos. POR SAUL ORTIZ

pq__ip.jpg

Sólo pasaban dos minutos de las nueve de la noche cuando Isabel Pantoja se subió al escenario del Palau de la Música por segunda noche consecutiva. Más de mil quinientas personas aguardaban con un ensordecedor aplauso para escuchar, tras meses de silencio, a la voz de la tonadilla. Llenó el escenario como nunca, movió la bata de cola como ninguna otra artista sabe hacerlo y agradeció en varias ocasiones a sus seguidores que no dejaron de corear su nombre durante toda la noche. Pantoja vestía un colorido traje de gitana, peineta roja y flor en el cabello, e interpretó como bienvenida el mítico “Francisco Alegre” con el que consiguió arrancar la segunda ovación cerrada -de las más de 15 que hubo durante la noche- de un público indudablemente entregado: la vitoreaban como a una Virgen, la aplaudían como a una estrella, la imploraban como a una diosa. Y mientras movía con ímpetu la bata de cola, las constantes interrupciones del gentío sirvieron para demostrarle que, pese a los infortunios de lo cotidiano, siguen a su lado: “después de verte esta noche, uno ya se puede morir tranquilo”, “en ningún museo hay tanto arte como el que tienes tú”, “viva la madre que te parió” le gritaban incansablemente. Resultó más que emotivo el momento en el que, a modo de capote, Isabel empuñó el mantón que cubría sus brazos e hizo varios pases de toreo, quizás recordando la entrañable figura del que fue su gran amor.
Sí al amor
Y tras la mítica copla, Pantoja se desgarró el alma interpretando un “pena, penita, pena” que logró levantar de sus asientos a casi todos los asistentes. No es de extrañar, pues Maribel fue más Pantoja que nunca. Incluso se agarró los volantes de su traje y demostró que el arte corre por su sangre. Isabel se cambió de vestuario hasta en tres ocasiones, coincidiendo con los bloques en los que se dividió su espectáculo. Enfundada en un vestido rojo, el cabello suelto y los hombros descubiertos, la cantante apareció por segunda vez en el escenario al mismo tiempo en que los claveles caían rendidos a sus pies. Isabel entonó algunos de los boleros de su último trabajo discográfico y convirtió el auditorio en un auténtico festival cuando decidió arrancarse a cantar a capella las “Cinco farolas” que un día hizo famosas Conchita Piquer. No estaba previsto, pero salvó la actuación con sobresaliente. Clamó al cielo, y hasta desencajó, cuando cambió la letra de una de las estrofas de la canción “Así fue”: “Perdona si te causo dolor, perdona si te digo yo adiós. Cómo decirle que te amo, si me ha preguntado… le he dicho que sí, le he dicho que sí” -pronunció para sorpresa del público antes de terminar el segundo bloque. Poco después de las diez y media de la noche, Isabel apareció en el escenario por tercera vez. Con un vistoso traje de lunares, Pantoja protagonizó la parte más desgarrada de la noche. Cantó flamenco, e incluso sorprendió gratamente con una versión rumbera del bolero “Bésame mucho” que llegó hasta emocionar. Pero, sin embargo, el momento más emotivo de la noche arribó cuando, sentada en una silla, cantó “como en mi casa del Rocío” el ya legendario “Procuro Olvidarte”. Pese a que era la última canción del repertorio, ante la insistencia de la gente congregada, que no dejaba de gritar “otra, otra, otra” la tonadillera se vio obligada a interpretar la “Salve Rociera”, no sin antes pedir a sus fans que se levantaran y que entonaran con ella la emotiva canción. Con tan singular estampa, la cantante puso la guinda a un inolvidable concierto que se alargó algo más de dos horas. Como artista no hay otra igual. Genio y figura, hasta la sepultura. Va por ti, maestra.
Entregada a sus seguidoras
Poco después de la actuación y tras despojarse de los vestidos de la gala, Isabel y yo nos fundimos en un entrañable abrazo, fruto de la amistad que nos une. Encontré a una Isabel absolutamente vital, pletórica, eufórica. Inconmensurable. Su mirada vuelve a sonreír al mismo tiempo en que lo hacen sus finos labios. Arropada por sus familiares más cercanos (incluso de la pequeña Chabelita, convertida ahora en una guapa adolescente-) Isabel derrochó simpatía y amabilidad durante nuestra conversación. Me alegré al notarla feliz, con ganas de seguir luchando y mirando de frente: como una triunfadora. Más tarde, y antes de marchar a cenar al restaurante de Jesús Barrachina, uno de los más codiciados de Valencia, Isabel no dudó en firmar varios autógrafos y en dejarse fotografiar en compañía de varias seguidoras. Incluso se ocupó y preocupó por que una de sus fans, postrada en una silla de ruedas, pudiera saludarle. Demostró, una vez más, que sigue siendo una artista.