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FALLECE UNA NOBLE IRREPETIBLE (II)
La duquesa apostó desde fechas muy tempranas por don Juan Carlos cuando su propia clase miraba hacia don Juan de Borbón en Estoril y no dudó el pedir al rey Juan Carlos el permiso prescriptivo para su tercer matrimonio

La verdadera nobleza se apaga con Cayetana de Alba: que difícil producir una fuerza de la naturaleza en dos generaciones seguidas

Noviembre 21, 2014

Uno de sus correligionarios, dos veces marqués, asegura que “Cayetana hizo toda su vida lo que le dio la real gana, y por eso me da pena su marcha, porque ya nada será igual sin ella”
“Pasear con ella era como ir con la Macarena pues todos querían acercarse a ella” nos dice alguien de su entorno
Moderna por antonomasia, y siempre en la vanguardia pues no dudó en declarar que “siempre he tenido éxito entre los hombres, aunque solo sea por la aureola que se creaba en torno a mi persona”
Sobre su vida amorosa han corrido ríos de tinta apuntando nombres como el príncipe Asprenno Colonna, el torero Pepe Luis Vázquez, el duque de Alburquerque, un conde Tolstoy, el príncipe Aly Khan, los actores Arturo Fernández y Paco Rabal, o el bailarín Antonio que osó violar sus más íntimos secretos


Paren rotativas porque se nos ha ido la duquesa, y por duquesa no podemos entender más que Cayetana de Alba, duquesa entre las duquesas, folclórica, torera, bailaora, monárquica hasta las pestañas, gitana, y lo que haga falta, porque como nos declara uno de sus correligionarios dos veces marqués “Cayetana hizo toda su vida lo que le dio la real gana, y por eso me da pena su marcha, porque ya nada será igual sin ella”. Titulada una y otra vez (acumulaba ducados, grandezas de España, marquesados, condados, y vizcondados como monedas de oro), tanto ha sido su renombre que muchos aún no quieren dejar de creer esa falsa leyenda según la cual hasta la reina de Inglaterra tendría que inclinarse sobre ella, y hasta hace unos meses hasta hubo quien quiso hacer de ella reina de una Escocia independiente.

Esa era la Cayetana Fitz-James-Stuart y Silva que se ha apagado entre los muros del palacio de las Dueñas y que siempre se puso el mundo por montera. De ahí una popularidad más que cierta (“pasear con ella era como ir con la Macarena pues todos querían acercarse a ella” nos dice alguien de su entorno), que consiguió que en España hasta se le perdonasen su alto nacimiento, su riqueza de terrateniente en el uso más clásico del término (sus fincas doblan la extensión de Ceuta y Melilla juntas), y el ser la cabeza de una de las más grandes casas nobles históricas del país y, sin duda alguna, la más conocida en el mundo entero.

Una mujer con éxito entre los hombres

Moderna por antonomasia, y siempre en la vanguardia pues no dudó en declarar que “siempre he tenido éxito entre los hombres, aunque solo sea por la aureola que se creaba en torno a mi persona”, sobre su vida amorosa han corrido ríos de tinta apuntando nombres como el príncipe Asprenno Colonna, el torero Pepe Luis Vázquez, el duque de Alburquerque, un conde Tolstoy, el príncipe Aly Khan, los actores Arturo Fernández y Paco Rabal, o el bailarín Antonio que osó violar sus más íntimos secretos. Un carácter liberal capaz de romper moldes del que nos dan cuenta sus tres matrimonios. El primero con el guapo Luís Martínez de Irujo, aquel soltero de oro hijo de los duques de Sotomayor, en una España de posguerra en la que su padre el viejo duque distribuyó medio millón de pesetas entre los pobres de Sevilla para celebrarlo. El segundo con el intelectual pasado por la iglesia Jesús Aguirre, un demócrata de afiliación socialista que padeció en sus carnes el gran vacío al que le sometió la gran sociedad aristocrática de España. Y el tercero con el funcionario Alfonso Díez, para acabar de soliviantar los ánimos de la pacata clase noble para entonces ya habituada a “las tonterías de Cayetana”.

Franco recurrió a ella para agasajar a Jackie Kennedy en Sevilla, pero siempre mirando hacia adelante, hacia el futuro y el progreso de la historia, la duquesa apostó desde fechas muy tempranas por don Juan Carlos cuando su propia clase miraba hacia don Juan de Borbón en Estoril; en la Transición fue demócrata militante en un mundo de clasicismo de salón que temía con horror el advenimiento de un gobierno socialista; y a pesar del caer de los años nunca perdió la comba de los tiempos ni quedó atrapada en convencionalismos añejos. Algo que siempre le ganó sobradas críticas en el seno de la nobleza en el que en realidad mantuvo contadas amistades profundas, pues siempre prefirió buscar amigos y confidentes en otros lugares sin hacer ascos a nadie.

Hizo valer su personalidad antes las parejas de sus retoños

Pero si Cayetana fue algo eso es monárquica hasta lo más hondo, ganándose con ello el cariño de la familia real española (no dudó el pedir al rey Juan Carlos el permiso prescriptivo para su tercer matrimonio), que pierde con ella una gran adalid y un enorme apoyo en un entorno como el de la nobleza que siempre se ha mostrado particularmente crítico hacia ellos. Un grupo social, la nobleza, que paradójicamente pierde con ella su mejor exponente y su más inteligente relaciones públicas, y que ahora queda huérfano de una figura grande capaz de pasearse con la misma libertad por alto y por bajo sin atisbo alguno de esnobismo de clase.

También queda afecta de orfandad la casa de Alba, que tras su fallecimiento pasa a su primogénito, el duque de Huéscar, un buen gestor patrimonial muy consciente de sus deberes como nuevo cabeza de tan gran casa; “un hombre muy bueno, pero serio y un tanto soso”, según nos cuenta quien bien le conoce,que sin embargo no podrá emular a una madre que dejó sentir su fuerte impronta sobre todos sus hijos pues, se cuenta, fue ella quien haciendo valer sus afectos o desafectos por las parejas o cónyuges de sus retoños (Francisco Rivera, Genoveva Casanova, María Eugenia Fernández de Castro o la princesa María de Hohenlohe-Langenburg por citar algunos), influyó notablemente en todas sus vidas. Pero tampoco podrán ocupar su lugar sus hijos menores: Alfonso (un hombre de talante triste que ha recibido fuertes críticas en su cargo de presidente de la Diputación de la Grandeza), Fernando (el soltero eterno), Cayetano (el amigo de la prensa), Jacobo (el editor intelectual), o Eugenia (la “duquesita”). Sin Cayetana la casa de Alba corre el riesgo de caer en el saco indefinido de las familias ducales de la nobleza histórica en las que ya nadie repara, perdiendo su singular idiosincrasia hecha de grandes figuras como ella misma. Pero que difícil producir una fuerza de la naturaleza en dos generaciones seguidas… 

Ricardo Mateos