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El día en el que Joaquín Cortés y Carla, su nuevo amor, disfrutaron de una noche llena de sensaciones

La velada más ardiente de Joaquín Cortes

Octubre 22, 2008

Sobre los escenarios no tiene rival. Tampoco parece tenerlo sobre las tablas del amor en las que resulta victorioso en cada combate. Desde hace un tiempo saborea los besos de una apuesta argentina con la que sale a cenar cuando la vida aprieta.

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Estos días son definitivos en el conflicto que Joaquín Cortés mantiene con Katie Asumu, su ex secretaria y supuesta madre de su única hija. Un juicio que esclarecerá los verdaderos motivos que llevaron a la Asumu a denunciar pública, y judicialmente, al bailarín del gesto amargo. Sea cual sea la decisión del juez, lo cierto es que la vida de Cortés es un auténtico vaivén de sentimientos en el que, de nuevo, hay lugar para la pasión.
 
Viernes noche. Pleno centro de Madrid, Joaquín y Carla degustan un solomillo con setas y anacardos, bañados por un par de botellas de vino tinto y algunos panecillos ya mordisqueados. La pasión se apoderó de sus cuerpos y Joaquín no dudó en demostrar que por sus venas circula sangre latina. Besos que, acompañados de una interesante conversación, pusieron en el ojo del huracán a la pareja que era observada, desde la clandestinidad, por el resto de comensales. Ella, una joven argentina de curvas vertiginosas, le susurraba al oído y le confesaba haber tenido un novio adivino durante cinco años. Él, acostumbrado a recibir carantoñas de mocetonas buscadoras de fama rápida, asistía con cautela a sus comentarios: “Pero yo soy mejor, ¿verdad?” le preguntaba con cierto desasosiego el apuesto bailarín. “Claro, si no fuera así, no estaría contigo”, le contestó la modelo. Subida a unos tacones de incontables centímetros, Carla se deshizo de uno de ellos y jugueteó hasta la extenuidad como buscando respuestas. Joaquín estaba radiante y sonreía sin ton ni son. Cerca de la una de la madrugada, tras dejar una cuantiosa propina que alumbró los ojos del camarero, abandonaron el local y se marcharon, en un llamativo todoterreno, a disfrutar, quién sabe si en la intimidad, del final de la noche.
 
Por Saúl Ortiz