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La presentadora protagonizó una movida tarde de compras en Madrid

La tarde en la que Mónica Hoyos se creyó ´Pretty Woman´

Junio 29, 2009

Sorprendió, incluso enrojeció, la actitud que Mónica Hoyos tuvo con los dependientes de una tienda de moda en Madrid. Allí compró unos harapos en rebajas que se convertirán en regalos para sus amistades.

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Madrid. Cuatro de la tarde del pasado viernes. Mónica Hoyos, que recientemente ha sido relacionada con el periodista Pipi Estrada, decide entrar a una conocida tienda de la ciudad para adquirir unas prendas en rebajas. Con aire extravagante, la peruana creyó estar en uno de los establecimientos de la milla de oro de Madrid y pidió ayuda a una dependienta para que le sujetara el bolso mientras ella deambulaba, algo desorientada, por la tienda. Mónica agarró un sombrero de paja que descansaba sobre una estantería y lo colocó sobre su rizada cabellera. Se quitó las gafas de sol, las entregó a una trabajadora y se interesó por más de un modelito plastificado que resultaba de lo más espantoso: “Me gusta este, ¿me lo acercas al mostrador?”, repetía incansablemente. A pesar de que los dependientes no daban crédito a lo que estaba sucediendo, la situación adquirió una comicidad entrañable cuando Hoyos comentó que era poco habitual verla por boutiques de calibre semejante: “alguna vez he ido a la de la Moraleja, pero si tuviera que repetir el nombre de la firma ahora mismo, quedaría en ridículo ¿sabes?”, espetó. Tres cuartos de hora más tarde, Mónica Hoyos decidió pasar por caja. La mirada de la empleada que la atendió todavía permanecía teñida de rojo incredulidad. La presentadora abandonó a su suerte el sombrero que llevaba puesto y sacó su billetera para abonar la cuenta. Resultó insoportable esa especie de divismo encorsetado que llevó a la carcajada nerviosa al resto de los clientes del local, entre los que se encontraban el periodista Diego de la Viuda, más que acostumbrado a lidiar con famosos del montón -y no tanto- en saraos y entrevistas, y una de las ex de Joaquín Cortés. Suerte que el martirio terminó cuando Mónica arrastró el tacón hasta la puerta de salida y las oscuras gafas volvieron a cubrir sus grandes ojos tristes
Por Saúl Ortiz