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No acudió ningún miembro de la familia real española

La sencilla boda de Jaime de Borbón Parma, representante del Carlismo español

Octubre 6, 2013
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Por fin se casó ese solterón que era el príncipe Jaime Bernardo de Borbón-Parma, hijo de don Carlos Hugo y de la princesa Irene de Holanda. Días antes, los cuatro hermanos Borbón-Parma, que siempre se mantienen muy unidos, asistían en la ciudad italiana de Piacenza a las ceremonias que ellos celebran cada año en las tierras de lo que en otro tiempo fue su ducado italiano (no faltó esa gran inteligencia familiar que es su tía la princesa María Teresa). Ceremonias religiosas en la Iglesia de La Stecatta, y también de creación de nuevos caballeros y damas de las órdenes dinásticas, que culminaron con una cena de gala en el bello castillo de los Grazzano Visconti. Allí tuvo lugar la presentación formal en sociedad de la ahora esposa de don Jaime, a quien su cuñado el duque Carlos Javier ha concedido el título de condesa de Montizón que tiene hondas vinculaciones históricas con el viejo carlismo español y que viene a unirse al título de conde de Bardi que ya ostenta su esposo.

Como ya viene siendo habitual entre las familias reales, reinantes o no, este no ha sido un matrimonio de rango igual pero la elegida, la húngara Victoria Cservenyák, reúne esos requisitos que siempre fueron importantes para los Borbón-Parma: cultura, inteligencia, formación universitaria, y una conexión verdadera con la vida real. Con su título de abogada ha trabajado en el despacho Allen & Overy de Nueva York, y en la actualidad es asesora del Radobank Group. Pero don Jaime no se le queda atrás, pues tiene una sólida formación y desde hace ya bastantes años trabaja en calidad de diplomático para el gobierno holandés, siendo en la actualidad Enviado Especial para Recursos Naturales por cuenta del Ministerio de Asuntos Exteriores.           

La familia real holandesa, al completo

La sobria boda civil se celebró el pasado 3 de octubre en Duurstede, y fue seguida dos días después por la ceremonia religiosa celebrada en la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de la ciudad de Apeldoorn tras la cual hubo una recepción en el palacio de Het Loo cedido por el primo hermano del novio, el rey Guillermo Alejandro. A pesar del todavía reciente trágico fallecimiento del príncipe Friso, a quien don Jaime se encontraba especialmente unido, ningún miembro de la familia real holandesa quiso faltar pues allí estaban tanto la princesa Beatriz como la princesa Mabel, viuda del príncipe Friso, vestida de luto riguroso.

Siempre conscientes de su calidad de representantes del Carlismo español, los Borbón-Parma han puesto gran atención en hacer las cosas de forma adecuada en este matrimonio sencillo y alegre en el que la novia lució traje de Claes Iversen y diadema de espigas de diamantes de la familia real holandesa. La gran ausente fue la esposa del duque Carlos Javier, que ese mismo día entró en el hospital para dar a luz a su segundo hijo. Como era lógico esperar nadie representó a la familia real española, que en estos momentos continúa con su acertada política de unidad y de esfuerzo por atender a numerosos actos públicos para levantar el prestigio de la institución.

400 aniversario de la familia Romanov

Pero si algo ha llamado mucho la atención en estos últimos días, ha sido la peculiar celebración del 400 aniversario de la dinastía Romanov que en días pasados se celebró en la ciudad Ucraniana de Livadia, allí donde en otro tiempo el zar Nicolás II y los opulentos grandes duques rusos tenían sus fabulosos palacios estivales. La anfitriona fue esa madrileña que es la gran duquesa María Wladimirovna, y a la cita no faltaron los duques de Braganza, el príncipe Leka de Albania con su eterna novia Elia Zaharia, el rey Fouad de Egipto, la princesa María Gabriela de Saboya, algunos archiduques de Austria, príncipes de Yugoslavia, y príncipes de Leiningen, y varios primos de la reina doña Sofía como los príncipes Ludwig de Baden o el conde Hans Veit de Toerring-Jettenbach.

Pero sobre todo sorprendió la ausencia total de los otros miembros de la familia Romanov,cuya existencia la inefable gran duquesa María se empecina en no reconocer. Un encuentro radicalmente distinto de aquella otra fastuosa celebración que en 1913 reunió en el palacio de invierno de San Petersburgo a toda la familia imperial rusa, y a toda la gran nobleza zarista, en un gran baile de disfraces de lujo inigualable al que todos acudieron con maravillosos trajes del siglo XVI y en el que las damas lucieron piedras preciosas del tamaño de huevos de paloma.

Mucha es, sin duda, la realeza venida a menos en estos tiempos por exigencias de la historia y del guión, pero ninguno de los presentes en Livadia habría tenido la osadía de esa extraña pareja que conforman Alberto y Charlene de Mónaco, que sin empacho alguno se han llevado a la omnipresente Corinna de Sayn-Wittgenstein-Sayn a su viaje de estado a Rusia (los Sayn-Wittgenstein-Sayn deben de estar horrorizados). Una bofetada del peor gusto para la impecable doña Sofía, que habría hecho rechinar los dientes a aquel príncipe Alberto I de Mónaco que fue tan íntimo amigo de la familia real española a comienzos del siglo XX.

Ricardo Mateos