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La reina doña Sofía centra toda la atención y todos los honores en la boda real de Belgrado

Octubre 10, 2017
Doña Sofía en Belgrado

El viernes pasado, y mientras el príncipe Pedro de Borbón-Dos Sicilias, duque de Calabria, viajaba a Barcelona para tomar parte al día siguiente de la multitudinaria manifestación por la unidad de España organizada por Sociedad Civil Catalana, su tía, la reina doña Sofía, se convertía en el personaje central de la primera boda real celebrada en Serbia desde el lejano 1922 cuando el entonces rey Alejandro I contrajo matrimonio con la princesa María de Rumania. Nada  más natural habida cuenta de que el padre del novio, el príncipe Alejandro, jefe de la casa real de Serbia y ahijado de la reina Isabel de Inglaterra, es uno de los sobrinos más queridos de doña Sofía por ser nieto del rey Alejandro I de Grecia.

Siempre al pie del cañón y queriendo dejar claro ante el exterior que puede salir con toda tranquilidad de España después de los días tan convulsos vividos en Cataluña, ya en la mañana del sábado la reina emérita entraba en la catedral ortodoxa de San Miguel Arcángel de Belgrado del brazo del príncipe Alejandro desatando el interés de la prensa local en medio de los casi 800 invitados. Todo un signo de deferencia por parte de la casa real de Serbia que quiso dar realce a esta boda en su pequeño país con su presencia de  la reina de España en un evento al que no quisieron faltar la princesa heredera Victoria de Suecia(que fue testigo del novio), la duquesa viuda de Calabria (madrina del novio), la princesa Isabel de Liechtenstein, los príncipes Guillermo y Sibila de Luxemburgo, el príncipe Amín Aga Khan (hermano del Aga Khan), la princesa Elizabeth y el príncipe Miguel de Yugoslavia y la princesa Adelaida de Orleans.

Unas raíces reales muy españolas

La novia, Danica, hija del reconocido pintor serbio Cile Marinkovic, conoció a su ahora esposo en una cena en el palacio real de Belgrado, habla español, se confiesa una amante del arte, la literatura, los viajes y la naturaleza y ha pasado la mayor parte de su vida en París. El novio, Felipe de Serbia, nació en Fairfax, en el estado norteamericano de Virginia, es el segundo de tres hermanos, y tiene fuertes vinculaciones con España país que conoce a la perfección pues sus padres se casaron en 1972 en el palacio sevillano de Villamanrique de la Condesa, propiedad de su abuela la princesa Esperanza de Borbón, en presencia de los entonces príncipes de España, don Juan Carlos y doña Sofía.

Y es que su madre, la princesa María Gloria de Orleans-Braganza, es prima hermana del rey emérito y la actual esposa de Ignacio Medina y Fernández de Córdoba, duque de Segorbe y cuñado de Natty Abascal. Ambos han compartido una formación muy cosmopolita y, aunque por el momento residen en Londres, viajan continuamente a la nación de sus ancestros donde el príncipe Alejandro es tremendamente popular y cuenta con un estatus semi oficial en un país que quiso llamar de vuelta a sus viejos príncipes al igual que ha sucedido en Rumania, Montenegro y  Albania. Según el novio, nos gusta ir a los musicales y al teatro, la naturaleza y llevar un ritmo de vida saludable. Cuando estamos en Belgrado nuestra vida gira en torno a la familia, los amigos, las cenas continuadas y la buena conversación.

Una boda poco vistosa pero con ausencias notables como las de otras familias reales de los Balcanes

Los vistosos actos de la boda real comenzaron en la noche del viernes con una gran recepción seguida de cena para 400 personas en el palacio real de Belgrado, en la que se sirvieron trucha fría, filete de ternera y helado de chocolate. Al día siguiente, la ceremonia del matrimonio, amenizada con la presencia de niños vestidos con trajes regionales, fue celebrada por el rito ortodoxo con imposición de vistosas coronas y sin grandes lujos ni signos externos de ostentación, pero despertó un enorme interés tanto popular como entre la prensa local que estuvo tan presente dentro de la catedral que no dejó espacio para la emoción. Danica no lució ninguna tiara familiar y llegó vestida con un traje nada favorecedor de la diseñadora local Roksanda Illinic, mientras que las damas principales llegaron de largo y con guantes destacando la elegancia de la duquesa de Segorbe, de azul cobalto y con valiosos zafiros, y los tonos grises de doña Sofía y de la princesa Katherine de Serbia. Tras la ceremonia los novios partieron en un coche vintage camino del palacio Blanco de Belgrado, residencia de su padre el jefe de la casa real de Serbia que en la noche ofreció una gran cena seguida de baile en el mismo palacio.

Una boda, en suma, poco vistosa y en la que ha llamado poderosamente la atención la ausencia de representantes de todas las otras familias reales de los Balcanes (Rumanía, Grecia, Bulgaria, Montenegro y Albania). Algo que quizá se explica por complejas razones políticas a pesar del alto grado de parentesco existente entre todos ellos. Pero doña Sofía, a quien no conciernen razones políticas sino puramente familiares y de afecto, no ha querido dejar de dar el brazo a su sobrino Alejandro cuya vida no ha sido nada fácil y cuyos buen hacer y notables esfuerzos en Serbia le han ganado un altísimo prestigio en su país en el que es enormemente respetado.

Ricardo Mateos