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Hija del anciano rey Miguel y sobrina en segundo grado de doña Sofía

La princesa Irene de Rumania junto con su esposo, el ex sheriff del condado de Coos John Walker, procesados por un negocio ilegal de peleas de gallos

Marzo 18, 2014

Ya en los años 40 del siglo pasado la sagaz infanta Eulalia se quejaba de lo que ella denominaba la “dégringolade” (la venida abajo), de las familias reales, y nada más aplicable a nuestros tiempos en los que frente a tanta disolución de un mundo sin retorno sólo los príncipes alemanes intentan mantener la vieja endogamia de grupo cada día más insostenible. Los mismos príncipes que ya han dejado a doña Letizia, a quien consideran particularmente antipática, por imposible y que en estos días se entretienen comentando con fruición la próxima gran boda del año (parece que se casa un hijo de la princesa Birgitta de Suecia), se sorprenden de la estrepitosa ruina de los príncipes de Ysenburg-Büdingen (la princesa tiene que ocuparse personalmente de la limpieza de su enorme castillo medieval), o se escandalizan con la detención en Escocia de la princesa Theodora de Sayn-Wittgenstein-Berleburg por haber llamado homófobos y pedófilos a los policías locales y por haber hecho comentarios racistas animando a dar muerte a los musulmanes durante una fiesta en el campus de la Universidad de Saint Andrews.

Más triste es el caso de la princesa Irina de Rumania, hija del anciano rey Miguel y sobrina en segundo grado de doña Sofía, que unos meses atrás fue detenida en el Estado de Oregon (EE.UU), acusada de dirigir junto a su esposo, el ex sheriff del condado de Coos John Walker, un negocio de peleas de gallos en su rancho de Hermiston. Según la Justicia norteamericana, la pareja habría organizado al menos 10 peleas de gallos (a cuyas patas se amarraba alambre de espino) entre abril de 2012 y abril de 2013 ganando unos 2.000 dólares diarios, en una propiedad en la que, tras un registro, también se encontraron 24 plantas de marihuana, 24 revólveres y numerosa munición. Tanto la princesa como su segundo esposo esperan juicio aunque ya se han declarado inocentes, mientras la hija del primer matrimonio de ella, Angelica Kreuger, define a su madre como una persona “ingenua, poco sociable y que no sabe identificar el lado malo de las personas” a quien su marido, que ejerce un gran poder sobre ella, hizo creer que podía convertirse en una hippy. La princesa y su esposo se exponen a una sentencia de 5 años de cárcel y a una multa de 187.000 euros.
 
El príncipe y sus viajes en solitario         </span>
 
Mientras la vieja realeza se vende al capital o se entrega a las más peregrinas interpretaciones de la realidad mientras el príncipe de Asturias, cuyo reciente paso por Chile ha dejado muy buena impresión de su persona según nos cuentan desde aquellas tierras, intenta poner coto en España a esa misma “dégringolade” de la que hablaba su tía tatarabuela. Su agenda está más apretada que nunca con actos todos los días de esta semana, pues ayer lunes estuvo en solitario en Sevilla para asistir a un acto universitario, fiel a su deseo de estrechar los lazos de la corona con Cataluña él y doña Letizia regresan a Barcelona para asistir a un concierto organizado por la cada día más activa Fundación Príncipes de Gerona, y el jueves vuelve a viajar en solitario por dos días a Galicia. Mientras, doña Sofía marcha hoy a Guatemala en un nuevo viaje de cooperación y el rey intensifica sus audiencias en el palacio de la Zarzuela.
Lejos de querer dar una imagen frívola la familia real siempre ha marcado distancias frente a lo que alguna lengua afilada denominó como “Borbones del Corte Inglés”, y de ahí que no podamos esperar presencia alguna de los hijos de los reyes en las próximas dos grandes bodas borbónicas del año: la de Alfonso de Borbón y Yordi, hijo de la ubicua musa de la moda Marisa (Yordi) de Borbón con la modelo Eugenia Silva (que pronto parirá a otro Alfonso de Borbón), y la de su prima hermana Olivia de Borbón, hija del duque de Sevilla, con el empresario Julián Porras que el propietario del madrileño restaurante de moda “Boggo”. 

Ricardo Mateos