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La ONCE presidida por Miguel Carballeda fulmina a sus vendedores habituales por incumplir los mínimos de venta e impone sanciones por faltas como “descubrir” una rotura en un pantalón (y IV)

Enero 17, 2017

Las sanciones podrán ser la suspensión de empleo y sueldo de siete a treinta días, traslado a otro puesto o zona de venta, fuera de la localidad, y dentro del ámbito del mismo Centro Directivo, sin derecho a la compensación prevista dispuesta en el Convenio Colectivo, traslado forzoso fuera del Centro Directivo, también sin derecho a compensación; o en último caso, el despido. En el año 2010, la Organización Nacional de Ciegos Españoles contaba con un total de 21.054 vendedores, y hoy con 19.200 vendedores, lo que representa una caída del 10%. En marzo del pasado año Miguel Carballeda declaraba a la fundacioncaser.org: “Vender cupón a pie de calle ha sido el mejor máster de toda mi vida”.

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Diez días naturales son los que la Organización Nacional de Ciegos Españoles, presidida por Miguel Carballeda, otorga como plazo exiguo de gracia a sus trabajadores para alegar las faltas que -a criterio de la ONCE-, cometen en el ejercicio de sus competencias. Diez días naturales fueron de los que dispuso el vendedor malagueño A.O.G. para defenderse, como gato panza arriba, de las faltas descritas en el artículo 69.1 del XV Convenio Colectivo de la ONCE y su personal. Y es que con uñas y dientes es la única manera rebelarse contra las sanciones que penden como la espada de Damocles sobre la cabeza de los vendedores de cupones: suspensión de empleo  y sueldo de siete a treinta días; traslado a otro puesto o zona de venta, fuera de la localidad, y dentro del ámbito del mismo Centro Directivo, sin derecho a la compensación prevista dispuesta en el Convenio Colectivo; traslado forzoso fuera del Centro Directivo, también sin derecho a compensación; o en último caso, el despido. Conviene no obviar una característica que comparten los agentes vendedores de la ONCE: la diversidad o discapacidad. Recordar también que la Administración no pierda los valores que debieran marcar todas sus acciones: el sentido común, la coherencia y la igualdad.

Las faltas, de diversa índole que pesan sobre A.O.G. tienen que ver íntimamente con el incumplimiento de varios puntos de un Convenio Colectivo leonino y abusivo. Concretamente, el número 15, relativo al ejercicio en curso y que  establece que los trabajadores no pueden tener ventas mensuales por debajo de 210 euros por jornada de trabajo: “El artículo 67.c.8 del Convenio Colectivo califica como falta muy grave […] la venta sistemática por debajo del Mínimo Mensual de Ventas fijado en el artículo 47 del XV Convenio Colectivo de la ONCE, durante un período de dos meses consecutivos”. El modus operandi de la ONCE sigue el mismo protocolo. En estos casos se envía una carta -a modo de advertencia- y se reclama al vendedor “una mayor atención en su trabajo”. De lo contrario, se “adoptarán las medidas disciplinarias por falta muy grave previstas en el vigente Convenio”. En el caso de A.O.G. este plazo ya ha sido agotado y la sanción parece inminente.

La excusa: Baja rentabilidad a “causas voluntarias imputables”

Pero, ¿por qué? El mayor de los problemas parece la polémica rentabilidad. La carta dirigida a A.O.G. habla de que el vendedor “mantiene sistemáticamente” unas cifras de venta por debajo del mínimo establecido. En septiembre de 2016 A.O.G. habría realizado una venta de 3.905,50 euros siendo la venta mínima obligatoria de 4.130,93 euros, mientras que en octubre sus ventas fueron de 2.200 euros en lugar de los 2.520 euros exigidos. En total, el vendedor sancionado habría incumplido el mínimo en 24 de las 33 jornadas laborales de los dos meses. Sin dudarlo ni un segundo, ONCE atribuye  esta baja rentabilidad a “causas voluntarias imputables” a l vendedor al que le achacan la “manifiesta y reiterada desobediencia a las instrucciones impartidas por sus superiores”. También se le culpa de no cumplir con los horarios, no ofrecer los diferentes productos a los clientes y no explotar adecuadamente su zona de influencia. La carta emplea términos tan duros como los que siguen “queda demostrado que usted no es un vendedor proactivo, ni lo intenta, tampoco colabora en ninguna acción comercial de carácter extraordinario, no mantiene una imagen adecuada ni personal ni de empresa, y no tiene buena relación con sus compañeros ni con sus superiores”.

En las alegaciones, que A.O.G. ha enviado como una carta desesperada, el vendedor afirma que la minoración de la productividad no es imputable a su persona ya que “no basta tomar como referencia las ventas mínimas exigible por Convenio para los meses de Septiembre y Octubre  y partiendo de tal referencia sacar mis ventas mensuales totales y si son inferiores, concluir en que incurro en falta de rendimiento”. Por ello, dice A.O.G. que la ONCE le otorga injustamente, como obligación contractual, “la necesidad de vender unas cantidades determinadas, existan o no clientes que las compren”. Del mismo modo acompaña que existen más trabajadores que tampoco alcanzan los mínimos que el Convenio determina, sin que ello haya supuesto incoación de expediente disciplinario alguno. Respecto al desaprovechamiento de su zona de influencia, al vendedor se le imputa como falta el no estar en las inmediaciones del hospital cercano al quiosco y el desatender a los posibles clientes que transitan en las cercanías del quiosco. “¿Cómo puedo estar en dos sitios a la vez?”, clama A.O.G.

Entre todas las quejas que la ONCE expone como faltas destaca una que alude a la imagen e incluso a la higiene del vendedor. Tras ser realizado un seguimiento exhaustivo de sus jornadas, el día 2 de septiembre el inspector descubre que A.O.G. “tiene un agujero de unos tres centímetros en la tela del pantalón en la zona de la entrepierna” por lo que se le llama la atención. Cuatro días después se advierte en el seguimiento que la imagen del vendedor “no mejora” a pesar de tener un pantalón diferente al del día 2. La consideración sobre la higiene del vendedor puede llegar a zaherir: “desde fuera de la ventanilla se percibe mal olor que al entrar en el quiosco se confirma que se debe al mal olor corporal de usted”. Como cualquier persona con dos dedos de frente, A.O.G. se defiende del incidente de la rotura del pantalón alegando que “puede pasarle a cualquiera y en cualquier momento y lugar, y el hecho de ponerlo en un pliego de cargos denota una inquina personal”.

¿Pretende la ONCE desembarazarse de sus vendedores?

La ONCE nace el 13 de diciembre de 1938 con el objetivo social de dar protección y amparo a las personas ciegas que hay en España. Para el cumplimiento de sus fines, el Estado puso en manos de esta organización el denominado cupón pro-ciegos con el que se cumplían dos objetivos contenidos en sus estatutos: dar empleo como vendedores de cupón, a las personas ciegas que se afiliaban a la entidad, por un lado, y obtener recaudación con la venta de este juego de azar para el cumplimiento del resto de sus fines, por el otro. Sin embargo, gracias a la modificación legislativa aprobada por Consejo de Ministros el 25 de septiembre de 2009, la ONCE puede comercializar sus productos sin sujetarse a su red de vendedores con discapacidad, sino poniéndolos en el mercado a través del llamado Canal Físico Complementario (CFC), compuesto por estancos, gasolineras, bares y otros establecimientos, a los que se les abona directamente comisión sobre lo vendido. El principal problema de la medida es que la ONCE, con este derecho recogido en sus Estatutos, niega la venta a personas ciegas en favor de establecimientos comerciales, lo que provoca que lo que era concebido como finalidad social, evolucione a ritmo vertiginoso hacia el negocio.

Según la Memoria de gestión del año 2010, en el que se implantó la venta externa a través del Canal Físico Complementario, la ONCE contaba con un total de 21.054 vendedores, todos ellos bajo contrato indefinido. A día de hoy, la ONCE cuenta con 19.200 vendedores, lo que representa una caída del 10%. Hablamos de unos contratos que defienden jornadas completas con un bruto mensual de 698 euros, y medias jornadas con un salario de 350 euros al mes. Cantidades pírricas que muchas veces son ofrecidas a ciegos y demás discapacitados a sabiendas de que son ellos mismos quienes renunciarán al trabajo. Historias como la de A.O.G. hacen más creíble la hipótesis que sostiene que la ONCE quiera quitarse de en medio a sus vendedores habituales del cupón en favor del CFC. La labor social que fue el embrión de la ONCE, se desvanece.

Y eso que en marzo del pasado año Miguel Carballeda declaraba a la fundacioncaser.org: “Vender cupón a pie de calle ha sido el mejor máster de toda mi vida”.

Doinel Castro