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Fue notoria la exclusión de los no reinantes como los ex reyes Constantino de Grecia y Simeón de Bulgaria, o la ex emperatriz Farah de Irán

La mayestática entronización de los nuevos reyes de Holanda

Mayo 1, 2013
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Tras 120 años de reinado de mujeres que han oficiado de madres simbólicas (Emma, Guillermina, Juliana, y Beatriz) para el pueblo holandés, el martes pasado los Estados Generales de los Países Bajos renovaban una vez más su histórico vínculo con la Casa de Orange, como vienen haciéndolo desde el siglo XVII, pero en este caso en la persona de un rey varón que ha decidido tomar para sí el nombre de Guillermo Alejandro como signo de renovación. Todo un conjunto de ceremonias sin duda alguna sobresalientes, que por esa magia de la que las monarquías saben revestirse cada vez menos ha atraído la mirada del mundo hacia un pequeño país amenazado por las aguas del mar. Una magia que parecía imposible en estos albores del inquietante siglo XXI, pero que ha encarnado en ese mayestático paseo de los nuevos reyes Guillermo Alejandro y Máxima caminando a paso regio y apoyados el uno en el otro tomados de la mano desde el palacio real hasta la Nieuwe Kerk de Ámsterdam. Él de frac, sin uniforme militar, con la orden dinástica del León de Holanda, y portando sobre los hombros como signo de majestad el histórico manto de armiño bordado con los leones de los Orange. Ella, de azul intenso, el color de fondo del escudo de armas de los reyes de Holanda, con magnífica tiara de valiosísimos diamantes y zafiros procedente de la refulgente cueva de Alí Babá de los Orange. Y es que algo hacía recordar aquellos perfectos cortejos de la corte de los zares, antepasados directos de Guillermo Alejandro, pero en una pulcra y muy bien medida combinación de lo antiguo y de lo moderno, de sencillez y de boato, de una renovación vieja y nueva de los vínculos de una familia histórica con su pueblo.

Sólo para las familias reinantes

Allí estaban todos los Orange. La reina saliente, Beatriz, sencilla y dando paso a su hijo sabedora de que desde ahora el suyo es el segundo plano propio de una princesa. Una reina que ha sabido ser madre y que, voluntariamente, eligió caminar a la cabeza del vistoso cortejo junto a Mabel Wise, la esposa de su muy enfermo hijo el príncipe Johann Friso, que a pesar de no ser princesa de Holanda supo encarar esa particular deferencia y eligió vestir una muy acertada combinación de negro, como manifestación de pesar, con una única manga blanca en señal de júbilo. Detrás, la princesa Irene,esa mujer inteligenteque vive entregada a sus terapias alternativas, a sus fundaciones de ayuda en África, y a su particular diálogo profundo con la naturaleza. Seguían la princesa Margarita y su esposo Maurits van Vollenhoven, y la princesa medio ciega, Cristina. Cerraban el cortejo los príncipes de Borbón-Parma, que no son dinastas en Holanda pero representan el cada día menos significativo carlismo español, los príncipes Maurits, Bernhard, Pieter Christian y Floris de Orange-Nassau (hijos de la princesa Margarita), y finalmente Bernardo, Nicolás y Juliana Guillermo, también excluidos de la sucesión al trono holandés por el matrimonio de su madre la princesa Cristina. Sin olvidarnos de la futura reina de Holanda, la ahora princesa de Orange Catalina Amalia, y de sus hermanas Alexia y Ariane, que jubilosas hacían guiños de complicidad a su abuela la ahora princesa. Toda la familia extendida de la ya ex reina Beatriz, aunque en esta ocasión ya no fueron llamados a la fiesta sus primos alemanes los príncipes de Lippe, en una ceremonia de carácter fundamentalmente oficial diseñada únicamente para las familias reales todavía reinantes con exclusión de notorios no reinantes como los ex reyes Constantino de Grecia y Simeón de Bulgaria, o la ex emperatriz Farah de Irán en otros tiempos siempre invitados a los grandes eventos de la casa real holandesa.

Mezcla de sobriedad y de fasto

Nada restó brillo a la ocasión en una acertada mezcla de sobriedad y de fasto, con las damas vestidas de acuerdo a los diferentes actos: la vistosa cena de gala de la noche anterior refulgente de brillos y de diamantes, el emotivo acto de instalación del nuevo rey, el paseo en barca por los canales de Amsterdam, y la cena posterior organizada por el Primer Ministro holandés. Máxima vestida alternativamente de rojo vivo y de azul con los enormes diamantes y zafiros rusos de los Orange, la princesa de Asturias impecable con la diadema de hojas de diamantes que el gobierno español regaló a doña Sofía para su boda, Matilde de Bélgica en su papel de princesa perfecta,  Mette-Marit de Noruega particularmente fachosa, Sofía de Liechtenstein con tiara de agujas de diamantes, la imponente jequesa Mozah de Qatar, la duquesa de Cornualles con su tiara de diamantes procedente de la India, la princesa Sarah de Brunei con gigantesca tiara sobre su velo azul índigo, y hasta la más recién llegada, Stéphanie de Luxemburgo que se mostraba más tímida en tan refulgente compañía. Faltó inexplicablemente Charlene de Mónaco (de viaje en Sudáfrica para un acto de su fundación humanitaria), y se echó de menos a la delicada y siempre deprimida princesa Masako del Japón que sólo hizo acto de presencia en el día de la entronización luciendo  un conjunto de color suave tocado con un vistoso broche de diamantes. Sorprendió la presencia de un único soberano reinante, Alberto de Mónaco, aunque él es un mero príncipe sin tratamiento de Majestad, y si brillaron con luz propia los príncipes de Asturias. Don Felipe que en acto de deferencia hacia el nuevo rey prefirió trocar el Toisón de Oro español porla banda anaranjada de la orden del León de Holanda. Y Doña Letizia que siempre se muestra especialmente adecuada y significativamente regia en estas grandes ocasiones fuera de España. Ambos contribuyeron a levantar la maltrecha imagen de la casa real de España.

En tiempos difíciles para las monarquías europeas esta entronización holandesa nos ha congraciado con el sentido, para muchos obsoleto, de la realeza con mayúsculas de la mano de la monarquía más cara de Europa (cuatro veces más costosa que la española en un país sustancialmente más pequeño) y de una familia, los Orange, cuya inmensa fortuna es inestimable (un enorme portafolio de acciones y participaciones en las compañías más poderosas del mundo) que nadie ha osado jamás cuestionar o investigar. Ni siquiera la reina Isabel de Inglaterra, soberana sin par, osó pedir al nuevo rey de Holanda una simbólica renuncia a sus derechos al trono británico como número 889 en la singular línea de sucesión al trono de Inglaterra.  

Ricardo Mateos