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Falso romance con Francisco Rivera

La mano que mece la cuna de Patricia Rato

Abril 24, 2011

Es él, con la misma pinta señorial de siempre pero con la brutalidad emergiendo de su mirada. Es inconfundible hasta en la noche cerrada: su frondosa y canosa cabellera, sus gestos toscos, sus cicatrices malvadas.

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Patricia Rato sigue siendo víctima de una fábula que se escribe muy a su pesar. Se empecinan en relacionarla sentimentalmente con Francisco Rivera. Les fotografían con maledicencia, haciendo ver que la suya no es la amistad pura y noble que dicen. Insisten en que mantienen encuentros en la media noche, que sus cuerpos se entrelazan en una batalla de sentimientos. Afirman, incluso, que Patricia está loca de amor, que bebe los vientos por él. Lo último, la publicación de unas instantáneas de la pareja caminando con semblante cortés. Nada más. No hay besos ni caricias, tampoco gestos delatadores o simples arrumacos. No obstante, el rumor circula con velocidad cuasi pasmosa, al tiempo que los protagonistas adoptan una postura de solemne tranquilidad, demostradora de que no mienten. Ella le agradece su ayuda desinteresada y le describe como un ser especial, mágico, un amigo más. Él, con hechuras inmensas, increíblemente feliz al demostrar que puede ser amigo sin ser amante. De hecho, Rivera mantiene con los tres vástagos de la Rato una amistad casi paternal, a pesar de que quisieron emparejarle con la hija mayor, una calcomanía de la Marisol más tierna y encantadora: “Francisco es un hombre estupendo, lleno de fuerza, que me ha ayudado en los momentos más difíciles, pero con quien sólo mantengo una amistad. ¿Cómo voy a estar yo con él si nos queremos como amigos?” repite con franqueza una cansada Patricia Rato, que en pocas semanas se estrenará como entrevistadora en la prestigiosa revista ‘Telva’.
 
El ensordecedor ruido del exterior, no evita que Patricia quiera seguir divirtiéndose. Tras su separación matrimonial, empieza a vivir la vida que le robaron. Es fuerte, cercana y con una sensibilidad a prueba de bombas. Por eso no es difícil pensar que es plenamente consciente de la mano que mece su cuna. Sabe quién se ha encargado de filtrar, incluso durante su contencioso, que mantenía un idilio incandescente con el hijo de Carmina Ordóñez. Patricia no duda. Es él, con la misma pinta señorial de siempre pero con la brutalidad emergiendo de su mirada. Es inconfundible hasta en la noche cerrada: su frondosa y canosa cabellera, sus gestos toscos, sus cicatrices malvadas. Él calla, prefiere mantenerse en ese escondite del que ya ha sido descubierto. Le delatan cuando se da la espalda. No sabe que quién cree su mayor aliado es su peor enemigo, a pesar de que incluso compartan gustos, aficiones y hasta profesión. Más de uno sigue frotándose los pliegues ante un descubrimiento que le ha dejado, por arte de birlibirloque, con la estrategia rota. ¡Ay!
 
Por Saúl Ortiz