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Ambos hombres, fichados en Irlanda como narcotraficantes, fueron secuestrados en Orihuela y enterrados bajo el cemento de una nave industrial

La mafia irlandesa y el Levante español: se cumple una década de los asesinatos de Shane Coates y Stephen Sugg

Enero 28, 2015
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Una de estas bandas, conocida como los Westies, tenía su base de operaciones en la zona de Blanchardstown, al noroeste de la capital irlandesa, y estaba dirigida por Shane Coates, de 31 años, y Stephen Sugg, de 27. Cuando las cosas se pusieron demasiado feas, Coates y Sugg, emigraron con sus ganancias a la costa levantina española.

La localidad alicantina de Torrevieja se convirtió en uno de los puntos considerados como seguros por decenas de malhechores irlandeses, desde donde comenzar a reconstruir sus negocios de cocaína y hachís a salvo de los ajustes de cuentas que seguían produciéndose en Dublín y de las investigaciones de la Garda, la policía irlandesa, cada vez más especializada en perseguir a este tipo de delincuentes. Así también lo creían los dos líderes de los westies, pero estaban muy equivocados.

La noche del 31 de enero de 2004, Coates y Sugg desaparecieron a las puertas de la urbanización de lujo Orihuela Costa, en Torrevieja, donde residían, cuando supuestamente iban a cerrar un negocio de drogas. Las desapariciones fueron denunciadas por sus novias españolas. Cuando la Guardia Civil, el Cuerpo Nacional de Policía y la Garda ponían en marcha una investigación conjunta, ya los cadáveres de los dos irlandeses yacían bajo dos metros de cemento y arena en una nave industrial de la localidad de Catral, a 15 kilómetros de Torrevieja. Antes de enterrarles, les habían maniatado, torturado, cosido a balazos y envuelto en plásticos. Los primeros disparos los recibieron en la boca.

La detención de Fat Tony

Los cuerpos no fueron descubiertos hasta el 18 de julio de 2006, casi dos años y medio después de su desaparición, merced a una confidencia obtenida por la Garda en Dublín y que fue comunicada inmediatamente a la Guardia Civil. Los agentes encontraron la tumba improvisada en la nave y detuvieron a otro irlandés, el voluminoso Tony Armstrong, conocido como Fat Tony, de 36 años, que era quien había alquilado el recinto industrial en el polígono de San Juan, en Catral, poco antes de que Coates y Sugg desapareciesen, y contaba con antecedentes por atraco en su país de origen.

Armstrong, que llevaba años residiendo con su familia en la urbanización Los Balcones de Torrevieja, y donde había regentado un restaurante, fue imputado como sospechoso del doble asesinato, pero pasó muy poco tiempo en prisión porque no había pruebas que le incriminasen directamente en los hechos. La Policía española consideraba que las dos víctimas habían comenzado a emplear en España las tácticas intimidatorias que tanto éxito les dieron en su país para hacerse con un buen pedazo de la tarta del negocio de la droga, hasta que se cruzaron en el camino de una banda rival más poderosa y expeditiva. Soluciones irlandesas para problemas irlandeses.

El soplón anónimo y la falta de pruebas

En 2009, el juzgado de Orihuela que instruía el caso demandó formalmente a la policía de Irlanda información sobre la persona que les había facilitado la ubicación de la fosa de Catral y sobre cómo esta persona, a su vez, lo había sabido. Los irlandeses no estaban por la labor de quemar a su fuente, y simplemente explicaron que el número de gansters irlandeses exiliados en la costa mediterránea española se había incrementado en los últimos años de manera notable, lo que obligó a la Garda a mantener una presencia permanente y discreta en la zona, recabando información sobre centenares de criminales, narcotraficantes y antiguos paramilitares.

Tras la negativa de la Garda a revelar la identidad del informante, la juez consideró que no había suficientes elementos como para imputar a nadie el doble crimen y proseguir las indagaciones. En mayo de 2010, el juzgado archivaba el caso y levantaba la imputación de Tony Armstrong por falta de pruebas. El doble asesinato de Shane Coates y Stephen Sugg quedaba, de momento, impune y al amparo de la ley del silencio de la mafia.

José Manuel Gabriel