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Los guardaespaldas de la aristócrata la emprenden a empujones y faltas de respeto

La Infanta Elena, sobre su divorcio: “Bien, va bien”

Febrero 17, 2009

Descubrimos a la Infanta Elena degustando albóndigas caseras y pimientos de piquillo en una sidrería madrileña. Allí la aristócrata fue preguntada por su vida. A la salida, empujones y faltas de respeto tiñeron la noche de surrealismo. Nueve y media de la noche. Un sorprendente Madrid primaveral asoma por las zonas más céntricas de la ciudad. Calle Fuencarral. Restaurante Sidrería La Camocha. Un batiburrillo de personas esperan apaciblemente para cenar mientras cuchichean y la señalan en silencio. Es ella.

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La misma. Es su trenza inconfundible. La Infanta Elena tiene una copa de vino tinto sobre la mesa. No está sola. María Zurita, su prima carnal y una de sus mejores amigas, la acompaña. Un camarero les acerca unos platos caseros. Albóndigas cocinadas y una generosa ración de pimientos del piquillo hacen salivar a las aristócratas. Doña Elena parece contenta y divaga frívolamente con su prima. La conversación gira en torno a su hermano, su vida e historias cotidianas que, de vez en cuando, le despiertan sonoras carcajadas. De repente, la huesuda mano de María se pierde en el bolso. Del interior extrae una blackberry de última generación en cuya pantalla se ve reflejada una fotografía del Príncipe Felipe. Al verla, la Infanta sonríe tiernamente. Como una amiga cualquiera, Zurita muestra un mensaje de texto que le hace gesticular sobremanera. Parece que el contenido resulta sorprendente para Doña Elena y pide leerlo con serenidad.  Está abstraída del mundanal ruido y no le importa haberse convertido en la atracción de la noche.
Son las diez de la noche. Las copas de vino de la casa se rellenan por última vez. No tuvieron excesivas dudas al elegir el caldo y parecen paladearlo como auténticas sumiller. Minutos más tarde, uno de los empleados les acerca la cuenta. Paga María Zurita. No asciende a más de quince euros. Cuando les traen el cambio, La Infanta deja un euro de propina que sonroja al personal. Un euro mondo y lirondo que giró sobre el plato hasta llegar a la caja registradora. Se tomaron su tiempo, respiraron profundamente, hicieron la señal para que los guardaespaldas que las vigilaban desde el otro lado les siguieran y salieran por la puerta.
Allí, mientras la Infanta Elena se colocaba una carísima chaqueta con cremallera, me acerqué para saludarla. Estaba un tanto desubicada y su mirada chispeaba: “¿Qué tal su vida, señora, qué tal su divorcio? –le pregunté aún sabiendo que seré carne de cañón para los cortesanos que apuntan y disparan- “Bien, va bien”, me respondió. La suya fue una contestación que me dejó prácticamente sin aliento, pues, tal vez, reconoció que está en marcha un divorcio del que se ha hablado hasta la extenuación. “No puedo decir nada más, buenas noches”, puntualizó antes de levantar el brazo para que los miembros de la seguridad me apartaran bruscamente de su camino.
Uno de ellos empuñó el poder con sus brazos y empezó a empujar sin rubor. Impidiéndome el paso. Intentando que no pudiera subir a la acera, aún y pudiendo provocar un accidente. Mientras me arrinconaba, mascullaba palabras en contra del periodismo rosa. Al tercer zarandeo, me golpee contra una farola. Con muy malos modos, exigieron que me identificara hasta en tres ocasiones. Cuando uno de los miembros de seguridad tuvo entre sus manos mi documento de identidad, leyó mis datos y lo tiró apresuradamente al suelo. Para hacerme perder el tiempo y evitar que pudiera seguir caminado. Torció el gesto, esbozó una cruel sonrisa y continuó empujando hasta que me reincorporé. La escena no pudo resultar más patética. El guardaespaldas llegó, incluso, a cerrar la tapa del dispositivo que portaba para grabar la jugada y realizar fotografías.
Su gozo en un pozo, pues las imágenes en las que usaron la fuerza para coartar mi libertad quedarán guardadas para la posteridad. Son seres agresivos, peligrosos y viles que no sólo agreden físicamente, sino que desprecian con inquina a quienes intentan ejercer su derecho a informar. Y mientras la escena adquiría tintes surrealistas, la Infanta Elena paseaba alegremente obviando mis gritos. Hizo caso omiso a lo que estaba sucediendo a menos de cincuenta metros. ¿Hasta qué punto se puede usar la fuerza para salvaguardar la integridad de los miembros de la Casa Real? ¿Siente la Familia Real que los informadores somos elementos externos que atentan contra su seguridad? ¿Por qué la Infanta Elena permitió que uno de sus guardaespaldas agrediera a un ciudadano que portaba su documentación en regla? ¿Dónde está el límite? ¿Y quién lo debe medir?