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Jaime de Marichalar llora por lo mismo que su mujer sonríe

La Infanta Elena es vecina de Luis Eduardo Aute y Luis Solana

Noviembre 18, 2007

Es la noticia del año. La separación temporal de los Duques de Lugo sorprendió a propios y a extraños, a pesar de que hay quien ya había augurado que su matrimonio fracasaría antes de llegar a fin de año. Tras varios días de absoluto alboroto mediático, las aguas vuelven a su cauce.

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Mientras don Jaime de Marichalar permanece instalado en el domicilio conyugal, la Infanta Elena se ha mudado a un casoplón unifamiliar situado en la colonia de Fuente del Berro, en pleno barrio de Salamanca, una de las zonas más caras de la ciudad de Madrid. La vivienda consta de 250 metros habitables, un pequeño jardín, dos baños completos, piscina particular, garaje, amplia terraza y alicatados de lujo. Un chalé valorado en más de 1.200.000 euros al que Don Jaime de Marichalar podrá acercarse tantas veces le apetezca para visitar a sus tres hijos.
Además, doña Elena tendrá de vecinos al cantautor Luis Eduardo Aute y al ex director de Telefónica, Luis Solana. Ambos residen en la colonia a la que se ha trasladado la aristócrata. Quién sabe si podrían llegar a compartir tiempo de ocio y aficiones, ahora que la Infanta tiene pensado retomar viejas amistades del pasado que le ayuden a reconstruir su vida. Lo cierto es que sus ojos empiezan a brillar con una intensidad tan insólita como delatadora. Por eso no es de extrañar que haya quien piense que su corazón ya tiene otro huésped. Al menos, el cambio de imagen, su eterna sonrisa y la tersura de su piel sirven como claros indicios.

Reinventar el futuro real

Y mientras doña Elena está dispuesta a reinventar su futuro, el Duque de Lugo parece no creer que la relación se haya resquebrajado por completo. Me cuentan que el empresario no tiene problemas en reconocer que atraviesa un momento delicado, que le provoca incesantes llantos y desasosiego. Tiene la ilusión de que sólo sea una crisis temporal, aunque tal y como contó en exclusiva el pasado martes la periodista Joana Morillas, firmaron un contrato hace cuatro años en el despacho de un prestigioso jurista que bien podría invalidar esa tan esperada reconciliación.
Pese a todo, don Jaime todavía mantiene intactas las fotografías que cuelgan de las paredes de su amplio despacho madrileño. Unas emotivas instantáneas que sirven como recorrido por los más de doce años de relación sentimental y a las que Marichalar tiene gran apego. Ha sido incapaz de desprenderse de ellas y guardarlas en el baúl de los recuerdos. No sólo le han servido en tiempos de crisis y reflexión, sino en los momentos en los que ha percibido que su matrimonio se descomponía irreparablemente.
Gusta, sorprende e incluso emociona que, entre las múltiples fotografías, el Duque destaque una en la que aparece besando tiernamente a su todavía esposa. La escena es de lo más conmovedora, pues don Jaime de Marichalar agarra por la espalda a una Infanta Elena que, sentada en un poyo, se reclina sobre el hombro de su marido para sellar su amor en un dulce beso. Un retrato que se realizó hace muy poco tiempo, menos del que algunos podrían imaginar.


El Duque también suelta “perlitas”

Don Jaime de Marichalar es tan histriónico en su vestimenta y complementos como, en ocasiones, en los comentarios sobre asuntos concernientes a la homosexualidad o al feminismo. Un duque que, de haber pronunciado ciertas palabras, parecería ciertamente retrógrado, abrumadoramente intolerante y de enrevesados ideales que crisparían a quienes luchan por libertades individuales, progresismo social e igualdad entre sexos.
Todavía se recuerda con asombro, perplejidad e incomprensión, algunas de las palabras con las que se refirió a los homosexuales durante una reunión con un gran número de personas: “No son ni carne ni pescado”, espetó ante el estupor del resto de los comensales. Afirmación carcamal, irrespetuosa e inaceptable, sólo comparable al desatino –¡ay!, rarezas del ser- de una Ana Botella comparadora de frutas y sexualidad. Lo de la ahora concejala sonó a sainete humillador del que todavía no he escuchado disculpa alguna. Todo pasa y nada queda.

Por Saúl Ortiz