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Los restos del anciano, residente en un caserío de Galdácano (Vizcaya), aparecieron en septiembre de 1999 en el monte.

La familia de Víctor Etxebarría, desaparecido el día de Navidad de 1997, acusa de su asesinato a un vecino

Diciembre 30, 2013
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El de Víctor Etxebarría Loroño es uno de los casos abiertos más rápidamente olvidados por la opinión pública y también –a decir de la familia-, por las Fuerzas de Seguridad encargadas de su resolución. Este anciano desapareció el día de Navidad de 1997. Fue visto saliendo de la Iglesia tras la misa de 12 y ya no regresó al caserío de Usánsolo, donde vivía, en la localidad vizcaína de Galdácano, donde se iba a celebrar una comida familiar. A pesar de su avanzada edad, 80 años, Víctor estaba perfectamente lúcido, y era una persona muy puntual, por lo que sus tres hijos se alarmaron cuando pasaban las horas y el anciano no regresaba.

Se interpuso una denuncia por desaparición, y los vecinos explicaron a los agentes que habían visto por última vez a Víctor Etxebarría a la una y media de la tarde de aquel 25 de diciembre a 10 minutos de su casa. Después de tomar declaración a familiares y vecinos durante un día entero, una unidad especializada de la Ertzaintza, formada por un centenar de agentes, apoyados por helicópteros y perros de rastreo, peinó las cercanías del caserío, alcantarillas y pozos, aunque sin encontrar ningún indicio sobre la localización de Víctor. La familia planteó la hipótesis de un secuestro, pero no había móvil aparente. Tras finalizar la operación de búsqueda oficial, voluntarios del Grupo de Montaña Ganguren de Galdácano organizaron batidas por el municipio y sus cercanías, durante cuatro meses, pero tampoco encontraron pista alguna.

La visión de la pitonisa

Los familiares acudieron entonces a diversos medios de comunicación y a cualquier persona que pensaban podría ayudarles. Entre ellas se encontraba una vidente, quien les garantizó que no se iba a aprovechar de su situación, ya que es sabido que en este tipo de circunstancias suelen florecer personajes sin escrúpulos dispuestos a llevarse un buen dinero a costa del dolor de familias desesperadas. La pitonisa les dijo que su padre se encontraba entre dos robles, junto a una casa con ventanas verdes, lo que coincide con el punto donde aparecerá finalmente el cadáver de Víctor Etxebarría, veintiún meses después de su desaparición. La vidente fue más allá, y explicó que Laura Orue, una joven que estaba también desaparecida por esas fechas, estaba encerrada y a punto de ahogarse. El cuerpo de Laura fue hallado después por unos voluntarios enterrado en una fosa.

El 19 de septiembre de 1999 se levantó la veda del jabalí, y decenas de cazadores tomaron los montes de Galdácano en busca de presas. Una de estas partidas encontró el cuerpo de Víctor Etxebarría Loroño. Había pasado un año y 9 meses desde su desaparición. Los restos humanos, casi un esqueleto, aparecieron entre unos matorrales, junto a un arroyo, en una zona que había sido peinada en su día por la Ertzaintza, a un kilómetro y medio del caserío familiar. El cadáver estaba desnudo de cintura para arriba y desprovisto de distintas posesiones, como el reloj, el bastón, la chaqueta o uno de sus zapatos.

El vecino sospechoso

La autopsia, las pruebas de ADN y el análisis policial-científico de los restos se prolongaron por espacio de cuatro meses, al cabo de los cuales la Ertzaintza confirmó que pertenecían al anciano desaparecido, pero avanzó también que el fallecimiento había sido por causas naturales, ya que los forenses designados por el juzgado no habían encontrado indicios de violencia. La familia, por el contrario, sigue convencida de que Víctor fue asesinado, dado el abrupto terreno donde apareció su cuerpo, en un pinar de muy difícil acceso situado en un enclave rural conocido como La Cantábrica, sin senda de entrada, y por la incógnita abierta por la falta de sus pertenencias. Es más, los familiares aseguran que el anciano fue asesinado por un vecino del barrio, pero se resisten a hacer público su nombre porque no tienen pruebas materiales contra él.

José Manuel Gabriel