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El estilista, que se precipitó al vacío, creía ver fuego en todos los sitios

La extraña fijación de Daniel El Kum

Junio 22, 2009

Decidió acabar con sus miedos lanzándose por una de las ventanas de su casa madrileña. No podía más con el temor de que sus días terminarían devorados por las llamas de un fuego que, según él, le perseguía por hoteles, aviones y restaurantes.

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Nueve de la noche. Un Madrid atrapado por el calor amenazaba con tormenta veraniega. Daniel El Kum, estilista del fallido ‘Supermodelo’ y amigo de Ana Obregón, decidió poner el punto final a su vida precipitándose al vacío al incendiarse su casa. Preso de los nervios, no pudo soportar la presión, y decidió arrojarse por una de las ventanas de su casa. Totalmente desnudo, fuentes cercanas al caso estudian la posibilidad de que fuera él quien provocara las llamas para demostrar que, tal y como había repetido hasta la saciedad, el fuego le perseguía por todos los lugares, incluso en hoteles y aviones. Para muchos, no hay lugar a dudas. Cuentan, y no acaban, que hacía tiempo que el estilista navegaba por las calles del desequilibrio. En más de una ocasión había protagonizado escenas similares en su apartamento de Madrid que parecían premonición. No sólo en su propia casa, pues los azafatos de un avión todavía no se han olvidado de la tarde en la que Daniel empezó a vociferar que se estaba quemando en vida. Demasiados hábitos insanos. Además, me cuentan que era más que habitual que tuviera enfrentamientos con el resto de vecinos, incluso con los camareros de un bar cercano a su domicilio. Todavía recuerdan la noche en la que El Kum entró en el bar completamente desnudo, se sentó en una silla y pidió un café. La escena no pudo ser más escandalosa, pues cuando los empleados le hicieron ver que sus modos no eran los adecuados, Daniel montó en cólera y empezó a decir que las llamas habían devorado su casa. Su desgarrado llanto hizo que llamaran a los bomberos, quienes acudieron con una rapidez inusual. Falsa alarma. Se lo había inventado, quizás porque tenía fijación enfermiza con el fuego. No fue la única vez en la que se metió en problemas. Era usual que saliera a su balcón y lanzara objetos (sillas, televisiones, cacerolas) para intentar que nadie paseara por debajo de su casa. Tenía miedos y dudas. Por eso discutía con fervor con un joven con el que convivía a temporadas. Los chillidos y los golpes se escuchaban desde el otro lado del edificio. Sin embargo, sorprende que nadie diera la voz de alarma antes de sucederse tan dramático final. Ahora ya es demasiado tarde.
 
Por Saúl Ortiz